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martes, 11 de julio de 2017

Jorge Luis Borges. Voz Viva de América Latina

El único y los otros

I de V
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina, y falleció el sábado 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza, a consecuencia de una complicación cardíaca que incidió en su deterioro físico debido al enfisema pulmonar y al cáncer hepático que padecía, y fue enterrado el siguiente miércoles 18 en el Cementerio de Plainpalais en una ceremonia luctuosa precedida por María Kodama, su viuda y heredera universal de sus derechos de autor. 
     
Héctor Bianciotti, María Kodama y Aurora Bernárdez  en el entierro de
Borges en el Cementerio de Plainpalais, miércoles 18 de junio de 1986.
        La relevancia y trascendencia de la obra de Borges hace que sea un disco de colección el viejo vinilo donde aún se oye su voz diciendo un puñado de sus versos y prosas. Se trata del número 13 de la serie de elepés Voz Viva de América Latina que editaba el Departamento de Voz Viva de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM, gracias a un convenio con la Unión de Universidades de América Latina. La primera edición data de 1968 y de 1982 la segunda y última, objeto de la presente nota. Con el rótulo “Textos de Jorge Luis Borges”, en el cuaderno adjunto al elepé figura la antología de los poemas y prosas que la voz de Borges sigue recitando en el disco (circular eterno retorno y cuasi infinita invención de Morel), precedidos por la “Presentación” que Salvador Elizondo firmó, al término, en “Oberengadin, Suiza, 15 de febrero, 1968”. Ensayo que figura compilado en la “Nueva edición” de Borges y México (Lumen, México, 2012); no obstante, Miguel Capistrán, el chambón antólogo y presentador, no acreditó tal hecho y por ende ignoró la postrera datación, pese a que Borges y México es un compendio misceláneo cuyo objetivo es documentar e ilustrar sobre la recepción y difusión de la obra y presencia de Borges en el país mexicano; es así que con el título “El poeta” y un asterisco al pie, sólo apuntó: “Título original: ‘La poesía de Borges’, en Obras, t. I, El Colegio Nacional, 1994, pp. 39-48.”

 
(Lumen, México, 2012)
       Los 20 poemas y prosas de Borges, recitados sin orden cronológico en las dos caras del elepé, pertenecen a varios de sus libros, cuya datación de las ediciones príncipe puede cotejarse en Jorge Luis Borges: bibliografía completa (FCE, Buenos Aires, 1997), de Nicolás Helft. “El general Quiroga va en coche al muere” y “Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad” a Luna de enfrente (Proa, Buenos Aires, 1925); “Fundación mítica de Buenos Aires” y “La noche que en el Sur lo velaron” a Cuaderno San Martín (Cuadernos del Plata, Buenos Aires, 1929). A Leopoldo Lugones (la onírica dedicatoria del libro), “Borges y yo”, “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-74)” y “Poema de los dones” a El hacedor (Emecé, Buenos Aires, 1960); “Del rigor de la ciencia”, “Cuarteta”, “El poeta declara su nombradía” y Le regret d’Héraclite a Museo, brevísimo poemario integrado a El hacedor; “Poema conjetural”, “Página para recordar al coronel Suárez, vencedor de Junín”, “El Golem”, “Límites”, Everness y “Spinoza” a El otro, el mismo, en Obra poética 1923-1964 (Emecé, 4ª ed., Buenos Aires, 1964); y “Milonga de dos hermanos” y “Milonga de Jacinto Chiclana” a Para las seis cuerdas (Emecé, Buenos Aires, 1965). 
LP: Jorge Luis Borges. Voz Viva de América Latina
(UNAM,
2ª ed., México, 1982)
Detalle de la portada 
  La transcripción de los poemas y prosas que Borges recitó de memoria durante la grabación original (hecha en Argentina por AMB, discográfica de Buenos Aires, cuya fecha de factura no se apunta), reproduce los minúsculos cambios con que los dijo; pero también incluye una serie de anónimos pies de página en los que se citan las palabras y versos definitivos que se leen en el legendario tomo de sus Obras completas. 1923-1972, editadas por Emecé en Buenos Aires, en 1974, mismas que Borges afectuosamente dedicó a su madre, “un grueso volumen único encuadernado y en papel biblia” que doña Leonor Acevedo de Borges conservó en la cabecera de su cama hasta el día de su muerte a los 99 años, sucedida el 8 de julio de 1975. A esto se suma la transcripción de los seis comentarios de Borges que se oyen en el disco, los cuales improvisó durante la grabación.


 
Obras completas. 1923-1972
(Emecé, 14
ª ed., Buenos Aires, 1984)
       
Borges y su madre
         Vale observar, entre paréntesis, que el conjunto de los 20 poemas y prosas, y sus correspondientes comentarios, son los mismos que la Serie El Poeta en su Voz, Colección Visor de Poesía, núm. 428, editó en Madrid, en 1999, en un disco compacto denominado Borges por él mismo (audible en YouTube); pero el homónimo librito que acompaña a éste, no incluye ningún prólogo ni las anotaciones, al pie de poemas y prosas, que figuran en el cuaderno adjunto al elepé editado por el Departamento de Voz Viva de Difusión Cultural de la UNAM. Pero además, según se observa y se deduce de la información datada por Horacio Jorge Becco en el capítulo VI, 
“Discografía”, de Jorge Luis Borges. Bibliografía total 1923-1973 (Casa Pardo, Buenos Aires, 1973), el título del disco compacto editado en Madrid por Visor de Poesía parafrasea el título: Jorge Luis Borges por él mismo, que es un disco de “Alta fidelidad”, de “33 r.p.m.” (33 revoluciones por minuto), editado en Buenos Aires, en 1967, por la citada discográfica AMB; cuya “Segunda edición con nuevos poemas”, editado en “diciembre de 1967” con una Semblanza en estuche de José Edmundo Clemente —subdirector de la Biblioteca Nacional durante la dirección de Borges (1955-1973) y coautor suyo en El lenguaje de Buenos Aires (Emecé,  Buenos Aires, 1963)—, presenta, distribuidos en el “Lado 1” y en el “Lado 2”, los susodichos 20 poemas y prosas de Borges editados en el elepé de la UNAM y en el disco compacto de Visor de Poesía. Luego de enumerar el contenido del “Lado 1” y del “Lado 2” del disco, Becco anotó: “La mayoría de los poemas están precedidos por un comentario del autor.” Y enseguida concluye con una  “Aclaración complementaria: En la primera edición, mayo 1967, se incluían los siguientes poemas, que luego fueron modificados [y excluidos]: Un soldado de Urbina; A un viejo poeta; Baltasar Gracián; El tango; Alusión a una sombra de mil ochocientos noventa y tantos; La noche cíclica; A un poeta menor de la antología.
     No obstante, curiosamente, y pese a que Becco registró las ediciones y reediciones de los libros que Borges publicó en México, en el FCE, en el lapso que comprende su Bibliografía  —con Delia Ingenieros: Antiguas literaturas germánicas (1951, 1965); con Adolfo Bioy Casares: Poesía gauchesca (1955, 2 tomos ); y con Margarita Guerrero: Manual de zoología fantástica (1957, 1966, 1971)—, no dató el elepé editado por la UNAM, en 1968, con el número 13 de la serie Voz Viva de América Latina.
 
CD: Borges por él mismo
(Col. Visor de Poesía, Madrid, 1999)
Contraportada
        Un análisis exhaustivo de los textos que se escuchan en el elepé editado por la UNAM implicaría aventurar (o no) un arduo y fatigoso ensayo globalizador. “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil”, sentencia Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, el primer cuento que escribió tras el legendario accidente sufrido por el autor el día de la Nochebuena de 1938 (se dio un golpe en la cabeza, padeció una septicemia y en medio del delirio de la fiebre temió por su vida y su cordura), publicado por primera vez en el número 56 de la revista Sur (mayo de 1939), luego incluido en su libro El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, Buenos Aires, 1941). Pero si el lector es más ambicioso y erudito, tal vez busque enmendarle las páginas al espléndido Borges, el poeta (Monte Ávila, 2ª ed. corregida y aumentada, Caracas, 1974), libro con nueve ensayos de Guillermo Sucre. O tal vez (y tampoco es tarea fácil) opte por elaborar una serie de minuciosos y maniáticos ensayos, quizá al modo en que procedieron los autores (especie de conjurados tlönistas) reunidos en “Análisis de poemas”, segunda parte de Expliquémonos a Borges como poeta (Siglo XXI, México, 1984), cuya compilación y prólogo se debe a Ángel Flores: “Vanilocuencia”, por Martin S. Stabb; “Jactancia de quietud”, por Guillermo Sucre; “El general Quiroga va en coche al muere”, por Martin S. Stabb; “Insomnio”, por Zunilda Gertel; “Poema conjetural”, por Enrique Carilla; “El Golem”, por Jaime Alazraki; “Límites”, por Roberto García Pinto; “Arte poética”, por Adolfo Ruiz Díaz; “Poema de los dones”, por James Higgins; “De tigres [‘El otro tigre’, Dreamtigers]”, por Manuel Ferrer; y “Heráclito”, por Zunilda Gertel.
Borges, César Fernández Moreno y Emir Rodríguez Monegal
Montevideo, c. 1948
  Pero para la presente nota, baste decir que siempre es grato oír la voz (una voz viva ad infinitum) de uno de los grandes demiurgos y poetas de la literatura en lengua castellana del siglo XX. En Borges. Una biografía literaria (FCE, México, 1987) —con correcciones ex profesas que no se hallan en la primera versión en inglés publicada en Nueva York, en 1978, por Dutton— el uruguayo Emir Rodríguez Monegal bosqueja el “espacio encantado” que Borges creaba al decir sus conferencias con su propia voz (páginas 355-356) —antes un amigo u otra persona las leía por él—, las cuales empezó a dictar con su propia voz y de manera profesional después de que el 4 de junio de 1946 Juan Domingo Perón asumiera el poder en la Argentina, pues debido a ciertas declaraciones y firmas antiperionistas, Borges perdió el infame empleo que tenía desde el 
“8 de enero de 1938 en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, dado que la sórdida burocracia peronista, con tal de humillarlo y obligarlo a lamer el polvo, lo nombró inspector de gallinas, huevos y conejos en un mercado municipal de la calle Córdoba (o en los arrabaleros mercados municipales). Y entre mil y una anécdotas legendarias, Monegal bosqueja una visita que le hizo, en 1956, en la Biblioteca Nacional de la calle México 564, que Borges dirigió entre 1955 y 1973, donde éste, imposibilitado para leer y escribir por sí mismo (sólo veía sombras nebulosas y el color amarillo), se mueve veloz en la penumbra, metiéndose entre recovecos y pasadizos de libros, y localizando las páginas de ciertos títulos, ya grabadas en su memoria de antemano. 
     
Borges en la Biblioteca Nacional
Foto: Sara Facio
        Según apunta Monegal en la página 388 de su biografía, “[...] la completa realidad de Borges, de la persona concreta, no se me reveló hasta el día siguiente, cuando me invitó a recorrer la Biblioteca Nacional. El edificio que Groussac había presidido ya se estaba deteriorando, pero conservaba una cierta grandeza. En ese momento yo no sabía que había sido construido para albergar a la lotería nacional y no reconocí los símbolos obvios en la ornamentación del techo. Entonces Borges me arrastró a un nervioso recorrido, deteniéndonos apenas lo bastante como para saber dónde estaba cada libro que le interesaba. Podía abrirlo en la página deseada y, sin molestarse en leer —en una hazaña de memoria que sólo era comparable a la de su ficticio Irineo Funes— citaba pasajes completos. Recorría aquellos pasillos alineados por libros; rápidamente giraba en las esquinas y se introducía en pasadizos que parecían invisibles, como meras grietas en los muros de los libros; se precipitaba hacia abajo por escaleras que terminaban abruptamente en la oscuridad. Casi no había luz en los pasillos y escaleras de la biblioteca. Procuré seguirle, tropezando, más ciego y más incierto que Borges, porque mi única guía eran mis ojos. En la oscuridad de la biblioteca, él encontraba su camino con la precisión de un acróbata que camina por el alambre tenso. Finalmente, llegué a comprender que el espacio en que estábamos insertos no era real: era un espacio compuesto de palabras, signos, símbolos. Era otro laberinto. Borges me arrastraba, me hacía descender velozmente por escaleras largas y curvas, me hacía detenerme exhausto en el centro de la oscuridad. Repentinamente, una luz aparecía al extremo de otro pasillo. Allí me aguardaba una realidad prosaica. Junto a Borges, me sonreía como un niño tras haber hecho una broma a un amigo, recuperé mi capacidad de ver: el mundo real de luces y sombras, las convenciones que yo estaba entrenado para reconocer. Salí de esa experiencia como quien emerge de aguas profundas o de un sueño, sacudido por la (otra) realidad de ese laberinto de papel.”  

         
El editor José Rubén Falbo, Borges y María Esther Vázquez en la
presentación de Literaturas germánicas medievales (Falbo, 1965)
Buenos Aires, 1965
         Emir Rodríguez Monegal también cita un testimonio que María Esther Vázquez escribió en su libro Borges: imágenes, memorias, diálogos (Monte Ávila, Caracas, 1977), donde ésta —que fue su alumna y amiga de toda la vida, su lazarilla en varios viajes y colaboradora en Introducción a la literatura inglesa (Columba, Buenos Aires, 1965), en Literaturas germánicas medievales (Falbo, Buenos Aires, 1965) y en la colección de literatura fantástica La Biblioteca di Babele, dirigida y prologada por Borges, e impresa en italiano y en Italia (en Parma y Milán) por Franco Maria Ricci (entre 1975 y 1985), y en Madrid, en español, por Jacobo Siruela (entre 1983 y 1988)— esboza las sesiones de dictado —también lo hace en las páginas 214-215 de su biografía Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996)— lo que da idea de lo que eran o pudieron ser los modos en que Borges concebía sus poemas, prólogos y cuentos, ya asistido por su madre, por las anónimas secretarias de la Biblioteca Nacional, o por ciertos reputados amanuenses, tales como María Kodama, Roberto Alifano, Norman Thomas di Giovanni o la propia María Esther Vázquez. Según transcribe Monegal en la página 411: “Borges tiene un insólito modo de trabajar. Dicta cinco o seis palabras, que inician una prosa o el primer verso de un poema, e inmediatamente se las hacer leer. El índice de su mano derecha sigue sobre el dorso de su mano izquierda la lectura, como si recorriera una página invisible. La frase se relee una, dos, tres, cuatro, muchas veces, hasta que encuentra la continuación y dicta otras cinco o seis palabras. En seguida se hace leer todo el escrito. Como dicta con puntuación, hay que leer diciéndosela. Se relee ese fragmento, que acompaña el movimiento de sus manos, hasta que él halla la frase siguiente. He llegado a leer una docena de veces un trozo de cinco líneas. Cada una de esas repeticiones va precedida de las disculpas de Borges que, en cierto modo, se atormenta bastante con esas supuestas molestias que hace sufrir a su escriba. Sucede así que después de dos o tres horas de trabajo se logra media carilla que ya no necesita correcciones.” 


II de V
Vale recordar que el norteamericano Norman Thomas di Giovanni, secretario y traductor de Borges a la lengua inglesa entre 1968 y 1972, fue quien lo animó y auxilió, como entrevistador y amanuense, para que escribiera en inglés las Autobiographical notes, publicadas el 19 de septiembre de 1970 en la neoyorquina revista The New Yorker, e incluidas, con el título An autobiographical essay, en The Aleph and other stories 1933-1969, antología narrativa de Borges editada en Nueva York, por Dutton, en octubre de 1970, y en 1971, en Londres, por Jonathan Cape, cuya traducción al español Borges nunca autorizó para un libro, pese a que sucesivamente sus ensayistas y biógrafos traducían y transcribían fragmentos, y a que el 17 de septiembre de 1974, con motivo de la aparición del tomo de sus Obras completas y del número 1000 del periódico bonaerense La Opinión, éste publicara “una versión castellana sin firmar” proporcionada por Emecé, “un suplemento de 23 páginas” titulado “Las memorias de Borges”. Pero ya antes, en México, en el número 10 de La Gaceta del FCE, correspondiente a octubre de 1971, José Emilio Pacheco había traducido las Autobiographical notes con el título “Borges: Memorias”. Felizmente, María Kodama, su viuda y heredera universal de sus derechos de autor, en 1999, con motivo del centenario del nacimiento de Borges, con el título Un ensayo autobiográfico, autorizó su traducción al español por Aníbal González y su coedición, en Barcelona, por Emecé, Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores; volumen con un prólogo del traductor y un epílogo memorioso de la propia María Kodama, más una rica iconografía en sepia y en blanco y negro que reúne “más de trescientas fotografías y documentos” que son parte del legado de Jorge Luis Borges. 
(GG/CL/Emecé, Barcelona, 1999)
  Un ensayo autobiográfico se suma a los tres libros de ensayos del joven Borges que el viejo Borges nunca quiso reimprimir (los fustiga y llama “libros inmencionables” en la página 60 de sus memorias) y que María Kodama hizo reeditar por Seix Barral. Uno es Inquisiciones (Seix Barral, Buenos Aires, marzo de 1994), cuya edición príncipe de 500 ejemplares, con el sello de Editorial Proa, data de abril de 1925, en el cual hay un texto sobre el Ulises (1922) de James Joyce, donde a pesar de que el joven Borges confiesa “no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran”, afirma categórico: “soy el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce”; y cuyo Bloomsday (bautizado así por el 16 de junio de 1904, el día que Stephen Dedalus y Leopold Bloom realizan “su épico viaje por las calles de Dublín”) desde 1954 se conmemora dos días después de que desde 1987 se conmemora la muerte de Jorge Luis Borges. Los otros dos libros renegados por el autor, y exhumados por su viuda, son El tamaño de mi esperanza (Seix Barral, Buenos Aires, noviembre de 1993), cuya edición príncipe de Editorial Proa data de julio de 1926 y tuvo un tiraje de 500 ejemplares con ilustraciones de Xul Solar; y El idioma de los argentinos (Seix Barral, Buenos Aires, diciembre de 1994), cuya edición príncipe de 500 ejemplares editados por Manuel Gleizer en 1928 con viñetas de Xul Solar, tuvo mejor suerte, pues el ensayo homónimo del sonoro título fue incluido por Borges en los libros de ensayos que compartió con José Edmundo Clemente, subdirector de la Biblioteca Nacional durante los 18 años que Borges la dirigió (y en quien “todas las funciones administrativas recaían”): El idioma de los argentinos, El idioma de Buenos Aires (Peña, Del Giudice-Editores, Buenos Aires, 1952) y El lenguaje de Buenos Aires (Emecé, Buenos Aires, 1963); mientras que el ensayo “‘El truco’ [de El idioma de los argentinos] pasó a integrar las ‘Páginas complementarias’ de Evaristo Carriego a partir de 1955”, el libro de índole biográfica y ensayística que el joven Borges publicó con Manuel Gleizer en 1930; además de que “en los últimos años de su vida [se dice en la postrera y anónima ‘Nota del editor’ de Seix Barral de El idioma de los argentinos], Borges autorizó la traducción al francés de ‘La felicidad escrita’, ‘La fruición literaria’ y ‘El culteranismo’ para la edición de sus obras en la Bibliothèque de la Pléiade”; los cuales son dos volúmenes impresos en París, por Gallimard: el tomo I en 1993 y el tomo II en 1999, ambos editados, prologados y anotados por Jean-Pierre Bernès, quien, también para Bibliothèque de la Pléiade, prologó y anotó en francés la iconografía titulada Album Borges (Gallimard, París, 1999).     

Portada del estuche del Album Borges
(Gallimard, París, 1999)
  Cabe citar el póstumo y segundo volumen de las Obras completas de Borges, editado en Buenos Aires, en 1989, por Emecé —gracias a la autorización de María Kodama—, donde se reunieron nueve libros publicados por el autor entre 1975 y 1985, y donde se conformó el libro La memoria de Shakespeare con cuatro cuentos —no datados con precisión— que Borges había dado a conocer de manera dispersa, pero que sin embargo él no reunió para constituir con ellos un libro: “25 de Agosto, 1983”, “Tigres azules”, “La rosa de Paracelso” y el homónimo del libro. Vale decir que “Tigres azules”, con el título “El milagro perdido”, se publicó en el periódico La Nación, en Buenos Aires, el 19 de febrero de 1978; y con “La rosa de Paracelso” se editó en 1977, en Barcelona, por Sedmay Ediciones, en una plaquette sin paginar titulada Rosa y Azul, con ilustraciones de Alfredo González. “La memoria de Shakespeare” se publicó el 15 de marzo de 1980 en el periódico Clarín, de Buenos Aires, y en una plaquette homónima editada en la capital argentina, en 1982, por Dos Amigos, Col. Valle de las Leñas núm. 1, con ilustraciones de Mirta Ripoll y un tiraje de 36 ejemplares. Y “25 de Agosto, 1983”, con el título “Agosto 25, 1983” y fechado en “Buenos Aires, 1977”, se publicó el 27 de marzo de 1983 en el bonaerense periódico La Nación; y con el título “Veinticinco Agosto, 1983” en el número 2 de La Biblioteca de Babel, colección editada por Siruela, en Madrid, dirigida y prologada por Borges, cuyo rótulo Veinticinco agosto 1983 y otros cuentos, incluye “La rosa de Paracelso”, “Tigres azules”, “Utopía de un hombre que está cansado”, “Borges igual a sí mismo” (entrevista de María Esther Vázquez), “Cronología” y “Aproximación a la bibliografía borgeana”; mientras que la versión italiana en La Biblioteca di Babele apareció en 1980 con el número 19 y el título Venticinque Agosto 1983 e altri racconti inediti. Ya como libro individual, La memoria de Shakespeare fue reeditado en 2004, en Buenos Aires, por Emecé, en una “Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril”, con pastas duras y sobrecubierta ilustrada con un detalle del Retrato Chandos (c. 1610), donde al inicio se dice que “Los textos presentan leves variantes con los publicados en las Obras completas”.

(Emecé, Buenos Aires, 2004)
       Al citado volumen II de las Obras completas de Borges, se añadió el póstumo volumen IV, editado en 1996, en Barcelona, por Emecé, que compila cuatro libros publicados entre 1975 y 1988. Se colige que el volumen III del conjunto de IV es el tomo de las Obras completas en colaboración, cuyo copyright heredó María Kodama y cuya primera edición de Emecé data de 1979, por ello Borges firmó el “Epílogo” en “Buenos Aires, 8 de febrero de 1979”. Vale observar que con excepción de éste ladrillesco volumen de 1058 páginas (que en realidad no es completo), las Obras completas de Borges fueron revisadas y reordenadas por Emecé en cuatro tomos impresos en Buenos Aires, en 2005, en una “Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril”.

     
(Emecé, 5ª ed., Barcelona, 1998)
        Y ya encarrerado el gato, vale comentar que gracias a los oficios y autorizaciones de María Kodama, el lector de Borges del siglo XXI cuenta con otras exhumaciones y misceláneos acopios de la arqueología borgeana. Por ejemplo, Borges en Revista Multicolor. Obras, reseñas y traducciones inéditas de Jorge Luis Borges. Diario Crítica: Revista Multicolor de los Sábados. 1933-1934 (Atlántida, Buenos Aires, 1995), resultado de la “Investigación y recopilación” de Irma Zagara. O Jorge Luis Borges. Textos recobrados. 1919-1929 (Emecé, Barcelona, 1997), con “Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril”, quien con Mercedes Rubio de Socchi cuidó la edición de los siguientes dos títulos: Jorge Luis Borges. Textos recobrados. 1931-1955 (Emecé, Bogotá, 2001) y Jorge Luis Borges. Textos recobrados. 1956-1986 (Emecé, Buenos Aires, 2003). Trilogía que tal vez no sea del todo exhaustiva o total, pues, por ejemplo, en el “Capítulo 26” de Borges, una vida (Seix Barral, Buenos Aires, 2006), Edwin Williamson alude a “Elsa” —poema no recobrado— que Borges escribió en Harvard, en 1967, cuyo leitmotiv es su vínculo con Elsa Astete Millán, con quien entonces recién se había casado a toda orquesta el 21 de septiembre de 1967 en la “elegante iglesia de Nuestra Señora de las Victorias”, en la avenida Santa Fe de Buenos Aires, el cual “se publicó en la primera edición de Elogio de la sombra, 1969, pero fue omitido en las Obras completas, 1974”. Vale añadir que la susodicha mancuerna de editoras de Emecé no fue muy diestra en el cuidado de la edición de los textos que se leen en la valiosa y útil antología Borges en Sur. 1931-1980 (Emecé, Buenos Aires, 1999). 



Elsa Astete Millán y Borges
     


III de V
No obstante, María Kodama, la viuda y flamante heredera de los derechos de autor Borges, no siempre ha sido bien ponderada, según se lee en Borges: la posesión póstuma (Foca, Madrid, 2000), corrosivo y crítico libro-reportaje de Juan Gasparini. Pero también en la citada biografía de María Esther Vázquez, donde bosqueja ciertos intríngulis alrededor de la última enfermedad y muerte del escritor en Ginebra, Suiza, y su entierro en el Cementerio de Plainpalais; por ejemplo, apunta entre las páginas 330-331: “El mismo día del sepelio en Ginebra, apareció en el diario La Nación de Buenos Aires una carta de Norah: ‘Me he enterado por los diarios que mi hermano ha muerto en Ginebra, lejos de nosotros y de muchos amigos, de una enfermedad terrible que no sabíamos que tuviera. Me extraña mucho que su última voluntad fuera ser enterrado ahí, ya que siempre quiso estar con sus antepasados y con nuestra madre en la Recoleta (no en el Cementerio Británico como dice el apoderado). Aunque él esté muerto, los recuerdos de toda una vida nos siguen uniendo.’”
     
Norah y su hermano Jorge Luis Borges
         Y entre otras anécdotas desagradables, María Esther Vázquez habla sobre el previo y apresurado matrimonio de Borges con María Kodama (se casaron desde Europa, por poder, “el 26 de abril de 1986”, “en Colonia Rojas Silva, un poblado del Chaco Paraguayo”, ella con 49 años y él con 86 y desahuciado); sobre el cambio testamentario y el polémico destino de su herencia; sobre el maltrato a la criada Fani (Epifanía Uveda de Robledo) que sirvió a Borges y a su madre durante 38 años; sobre los celos de María Kodama ante la joven Viviana Aguilar, empleada de la librería La Ciudad, que atraía a Borges y por ende quería que fuera su secretaria y lo acompañara “en sus viajes por Latinoamérica”. Y entre otras cosas relata que la viuda de Borges ordenó al editor B. del Carril, de Emecé, extirpar el nombre de María Esther Vázquez del “Poema de los dones” (escrito, dice, en “diciembre de 1958”), pues Borges, que lo incluyó en El hacedor, se lo había dedicado: “Dedicatoria que persistió hasta su muerte”; cosa que los viejos lectores de Borges, que son legión, sí pueden constatar en ediciones y reediciones de varios acopios.

Páginas 118-119 de la antología de Jorge Luis Borges: Obra poética, 1923-1977
(Emecé/Alianza, Col. Alianza Tres núm. 48, 
3ª ed. ampliada, Madrid, 1983)



IV de V
No obstante los numerosos libros que recogen los diálogos y las entrevistas con Borges (incluidas las videograbaciones y los documentales televisivos y fílmicos, algunos localizables en DVD o en YouTube), innumerables lectores del siglo XXI nunca sabrán a ciencia cierta cómo fueron sus charlas, sus pláticas con los alumnos que asistieron a las clases de literatura inglesa y norteamericana que dio, entre 1956 y 1968, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pese a que ya existe un título que compila la transcripción de 25 clases dadas por él, en 1966, en tal casa de estudios: Borges profesor. Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires (Emecé, Buenos Aires, 2000), cuya investigación, edición y notas se deben a los tocayos Martín Arias y Martín Hadis.
(Emecé, Buenos Aires, 2000)
  Nunca, en algún recinto o universidad de Europa, de los Estados Unidos o de Latinoamérica, podrán asistir a sus coloquios, seminarios y conferencias, pese a los libros de tal índole que él publicó en vida: Borges oral (Emecé/EB, Buenos Aires, 1979) y Siete noches (FCE, México, 1980). O a los póstumos, como Arte poética (Crítica, Barcelona, 2000), que reúne seis conferencias sobre poesía (y otras cosas) que Borges dijo (en inglés) en la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts), en su papel de invitado a dictar las Norton Lectures (Charles Eliot Norton Poetry Lectures), correspondientes al ciclo 1967-1968. O El aprendizaje del escritor (Lumen, Buenos Aires, 2014), con “Edición de Norman Thomas di Giovanni, Daniel Halpern y Frank MacShane”, que reúne cuatro charlas que Borges dio (en inglés) en “la primavera de 1971” “a los estudiantes inscriptos en el programa de escritura de la Universidad de Columbia”.

Borges, Octavio Paz y Salvador Elizondo
México, abril de 1981
  Nunca tendrán la privilegiada experiencia de hablar personalmente con él, como fue el temprano caso de Alfonso Reyes, embajador de México en Buenos Aires entre 1927 y 1930, aunque el joven y el viejo Borges siempre lo vieron como un maestro de estilo. Según dice éste en la página 63 de Un ensayo autobiográfico: “solía invitarme a cenar cada domingo a la embajada”. Fruto de tal amistad es el hecho de que Alfonso Reyes financió, en 1929, la edición del citado Cuaderno San Martín, el tercer poemario del joven Borges, precisamente en el número 2 de la Colección Cuadernos del Plata, donde también, por mediación de Borges, en 1929 se publicó Papeles de Recienvenido, miscelánea de Macedonio Fernández (otro de los maestros de su juventud tras su regreso familiar a Buenos Aires el 24 de marzo de 1921 luego de siete años en Europa, cuya legendaria tertulia, sabatina y nocturna, confluiría en la confitería La Perla, en la esquina de Rivadavia y Jujuy, en el barrio del Once), de la cual dice en la página 59 de Un ensayo autobiográfico: “yo mismo intervine, recopilando y ordenando los capítulos”.

Macedonio Fernández
(1874-1952)
  Nunca podrán realizar el viaje que emprendieron muchos de los lectores y entrevistadores que, para oír al oráculo, llegaron al departamento B del sexto piso de la calle Maipú 994 (que fue el domicilio de Borges y su madre desde 1947 hasta la muerte de ambos) o a la calle México 564, donde está la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, que Borges dirigió durante 18 años, entre 1955 y 1973, donde dictó poemas, ensayos, prólogos y cuentos suyos, y donde impartió cursos de literatura y formó un círculo de estudio del anglosajón y del islandés antiguo. Y en cuyo mes de diciembre de ese último año, en compañía de Claude Hornos de Acevedo, viajó a México para recibir en la Capilla Alfonsina la primera entrega del Premio Alfonso Reyes. 

Borges, José Emilio Pacheco y Claude Hornos de Acevedo
México, diciembre de 1973
  Nunca cultivarán con él el “diálogo socrático”, especial vivencia intelectual a la que el Borges ciego y sabio era proclive y que por las latitudes mexicanas sostuvo con notables escritores: Octavio Paz, Salvador Elizondo, Juan José Arreola, Juan García Ponce, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Carlos Montemayor, entre otros.


Juan José Arreola y Jorge Luis Borges
México, diciembre de 1973



V de V 
En el poema en prosa “Borges y yo” se lee una determinante cifra gnoseológica (y se oye en el disco con la voz de Borges): “Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)”. Casi resulta tautológico decir que mucho del Borges hombre (el de carne y hueso) quedó en el Borges literario (“No sé cuál de los dos escribe esta página”, dice al término en su falaz y deliberada confusión parecida a la del “Poema de los dones”: “Groussac o Borges”) y que sin el primero no se explica el segundo. Así, se tiene la certeza de que la inextricable voz que eternamente habla en el elepé es la voz de Borges y su doble (el otro, él mismo), y que sus textos (con elementos de su autobiografía personal, íntima, fantástica y metafísica) conllevan la pátina de una laberíntica e incesante permutación y desdoblamiento de su individualidad, única en el universo. Es la voz del viejo Borges que ve lejana la voz del joven Borges de la “Fundación mítica de Buenos Aires”: “Lo releo y me parece escrito por otra persona, por una persona que no me es antipática, pero que, ciertamente, no es el Borges que está hablando ahora”, dice en el elepé. Pero está allí en la primera persona, en la fugaz impronta de Hipólito Yrigoyen (“político radical” en cuya campaña a la presidencia de la república el joven Borges de 1928 participó creando “un comité de jóvenes intelectuales”); en la manzana fundacional: el barrio de Palermo, que fue el mítico barrio de su infancia: el barrio de la casa art noveau de dos plantas y un par de patios (calle Serrano 2135), donde estaba la biblioteca paterna de “ilimitados libros ingleses”, “un jardín con una alta bomba de molino” y una verja con lanzas —que fue el ámbito de los juegos con su hermana Norah— “y al otro lado del jardín un terreno vacío”; casa no muy distante del Zoológico de Palermo, donde solía ir, llevado por su madre, a observar al tigre y dibujarlo. Y el ámbito del redescubrimiento y fervor de Buenos Aires tras el regreso de Europa el 24 de marzo de 1921 (aún impregnado de la bruma del ultraísmo); el ámbito de la tutela de Macedonio Fernández, de las legendarias esquinas rosadas, de los compadritos (“famosos por sus peleas a cuchillo”), del idioma de los argentinos, de la biografía de Evaristo Carriego, escrita con el apoyo de los tres mil pesos del segundo Premio Municipal de Literatura que obtuvo con Cuaderno San Martín, que además le sirvieron para comprar, “de segunda mano”, su querida edición de 1911 de la Encyclopædia Britannica, que él siempre conservó en su casa. La voz que en 1960 escribe, y recita en la dedicatoria de El hacedor, que llega en un sueño hasta un rincón de la Biblioteca Nacional para obsequiarle a Leopoldo Lugones su colección de versos y prosas, pese a que éste se había suicidado en 1938, el año que murió su padre y el año del accidente que desencadenó su voz narrativa, que es la erudita voz que en “El acercamiento a Almotásim” reseña la inexistente novela policíaca de un abogado hindú y sus contactos con el mito del Simurg, dizque leído en “el venerado Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar”, místico persa del siglo XIII, y la voz de los grandes cuentos reunidos en Ficciones (Sur, Buenos Aires, 1944) y en El Aleph (Losada, Buenos Aires, 1949); “son, supongo, mis dos libros principales”, dice en la página 78 de Un ensayo autobiográfico
     
Jorge Luis Borges
(1899-1986)
        Es la voz de “El suicida” que termina diciendo: “Borraré la acumulación del pasado./ Haré polvo la historia, polvo el polvo./ Estoy mirando el último poniente./ Oigo el último pájaro./ Lego la nada a nadie.” La voz del “Buenos Aires” tan íntimo y personal, que “Es, en la deshabitada noche, cierta esquina del Once en la que Macedonio Fernández, que ha muerto, sigue explicándome que la muerte es una falacia.” Es la voz que en el instante de morir, en sus poemas épicos, traza el coraje y el valor de ciertos héroes legendarios de la historia argentina: “El general Quiroga va en coche al muere”, donde El Tigre de los llanos, el caudillo Juan Facundo Quiroga muere asesinado (diciembre de 1835) por una caterva de gauchos (incluso atraviesa el umbral del infierno); la del “Poema conjetural”, donde Francisco Laprida, asesinado por los montoneros de Aldao el 22 de septiembre de 1829, hace una introspección sobre lo que implica su muerte. Panteón de héroes que en el elepé incluye el memento mori de un par de sus ancestros: “Página para recordar al coronel Suárez, vencedor de Junín”, donde el bisnieto, además de cantar las hazañas y el coraje de su bisabuelo materno, es el médium que da voz a la voz del coronel Suárez que habla desde el más allá; y “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-74)”, quien se deja matar guerreando en la batalla, mientras Fanny, su joven esposa: Frances Anne Haslam (1842-1935) —la abuela inglesa de quien el niño Georgie aprendió el inglés (sin saber aún que el modo con que hablaba con ella era el inglés)— aún estaba embarazada del que sería el padre del renombrado escritor: Jorge Guillermo Borges Haslam (1874-1938), abogado, maestro de psicología, aficionado a la filosofía y escritor amateur que escribió El caudillo, una novela que pocos han leído, impresa en 1921, en edición de autor, en Palma de Mallorca.
      Es la voz del Borges que se perpetúa en los Borges de sus ficciones (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El Aleph”, “El Zahir”, “El otro”, etcétera). La voz que solía ocultarse bajo la máscara de las reseñas y bibliografías apócrifas y de las falsas atribuciones, como ocurrió con los textos del citado Museo, brevísimo poemario en El hacedor, que reúne seis textos breves con sus respectivos quiméricos pies, originalmente publicados así por Borges en Anales de Buenos Aires, revista que dirigió entre 1946 y 1948. 
   
Borges en la Capilla Alsonsina
México, diciembre de 1973
Foto: Rogelio Cuéllar
        Uno de ellos, Le regret d’Héraclite, además de la alteridad, de la mágica virtud de transfigurarse en otros a través de la literatura (nadie desciende a las mismas aguas), implica el infructuoso y eterno anhelo ser amado por la inasible y evanescente mujer ideal: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca/ Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”; en la misma medida en que un fragmento de “El Zahir” implica a todos los hombres ante lo insondable: “si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo”; o en la exultación límite ante el inefable hallazgo infinitesimal y cosmogónico: “En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cátaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que esa tarde sentí”, dice la voz de Borges en un pasaje revelador de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, lo que también se aprecia en un fugaz fragmento de un pie de página del mismo cuento, precisamente cuando la voz alude el efluvio y la comunión erótica y la imaginaria posibilidad de ser William Shakespeare (y por ende: Borges y los otros, entre ellos la infinita y laberíntica serie de los consabidos y diminutos nanohomúnculos umbelíferos: los mil y un Borgitos habidos y por haber): “Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare.” 


Jorge Luis Borges. Voz Viva de América Latina. Elepé donde se oye la voz de Borges recitar y hablar. Más un cuaderno de 16 páginas con los poemas, prosas y comentarios del recital y una serie de anónimas notas al pie; conjunto precedido por la presentación de Salvador Elizondo. Serie Voz Viva de América Latina núm. 13, Departamento de Voz Viva de Difusión Cultural de la UNAM. 2ª edición. México, 1982.


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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Cinco esquinas

Lamer los zapatos que los patean

Editada por Alfaguara, la primera edición mexicana de la novela Cinco esquinas apareció en “marzo de 2016”, lo cual coincidió, de manera publicitaria y celebratoria, con el 80 aniversario de Mario Vargas Llosa, su autor, pues nació en Arequipa, Perú, el 28 de marzo de 1936.
Primera edición en México: marzo de 2016
      El novelista y Premio Nobel de Literatura 2010 preludia su libro con una declaración de principios que reza: “Cinco esquinas es una obra de ficción en la que, para la creación de algunos personajes, el autor se ha inspirado en la personalidad de seres auténticos, con los que, además, comparten nombre, aunque a lo largo de toda la novela son tratados como seres de ficción. El autor ha asumido en todo momento libertad absoluta en el relato, sin que los hechos que se narran se correspondan con la realidad.” En este sentido, Mario Vargas Llosa se cura en salud para utilizar y contar lo que se le antoje (y como se le antoje) y para que de manera inapelable no se le objete que en la histórica caída de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos (y en el encarcelamiento de ambos) no “fue clave” la supuesta revelación periodística que se narra en su novela. Revelación que dizque se destapa en un semanario populachero, de índole escandalosa y amarillista, que se edita en una Lima asediada por la violencia, los apagones, los secuestros, la delincuencia común, la abundante pobreza, el terrorismo de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, el toque de queda, la represión, y el sanguinario y genocida manejo de los mass media que orquesta y manipula “el todopoderoso Doctor”, nada menos que “el jefe del Servicio de Inteligencia” de la dictadura, de quien la vox populi dictamina: es “el que manda y hace y deshace”, pese a que Fujimori sea el presidente.  
 
Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa,
una pareja de película.
         No obstante los crímenes y actos delictivos que se aluden y se narran, Cinco esquinas es un divertimento, una novela lúdica, gozosa, ligera, amena, salpimentada con episodios pornoeróticos y no exenta de peruanismos, modismos y vulgarismos (entertainment químicamente puro, fácilmente adaptable y explotable por la churrería cinematográfica hollywoodense o no); con un cariz, no de alta literatura, sino de literatura popular, que recuerda el tremendismo de los radioteatros que urde Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor (Seix Barral, 1977). De sobra es consabido que Mario Vargas Llosa es un consumado maestro de la intriga y del suspense, de modo que esto lo despliega, entreteje y dosifica desde la primera a la última página, que concluye con un final ambiguo y abierto a la especulación del lector.  
  Dividida en veintidós capítulos con rótulos y numerados con romanos, los sucesos que se narran en Cinco esquinas se ubican entre las postrimerías del régimen de Fujimori y tres años después (cuando gobierna “el cholo Toledo”, y el chino Fujimori y el Doctor ya están en la cárcel, y también los líderes terroristas: Abimael Guzmán, cabecilla de Sendero Luminoso, y Víctor Polay, cabecilla del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). Los hechos centrales giran en torno al chantaje y la coacción monetaria que Rolando Garro, el repulsivo y fétido director de Destapes (un pobretón semanario amarillista que exhibe y explota las zonas oscuras del mundillo de la farándula y del espectáculo) intenta endilgarle al ingeniero Enrique Cárdenas, “uno de los hombres más poderosos del Perú”, cuya riqueza ha acumulado en el ámbito de la minería. “Las fotos de Chosica”, una veintena de imágenes de una orgía clandestina ocurrida hará unos dos años y medio, son el arma con que el gacetillero pretende chantajear y hacer fortuna. Enrique Cárdenas se niega a “invertir” en Destapes y con insultos pone de patitas en la calle a Rolado Garro; quien días después de publicar las fotos en su semanario aparece asesinado “en Cinco Esquinas, uno de los barrios más violentos de Lima, con asaltos, peleas y palizas por doquier”; por lo que parece “normal” que el cadáver de Garro luzca numerosas puñaladas en el cuerpo y el rostro destrozado a pedradas.
   Ante la opinión pública de Lima y del Perú, el ingeniero Enrique Cárdenas figura como el rico y poderoso que mandó a matar al periodista Rolando Garro. Paradójicamente, Julieta Leguizamón, alias la Retaquita, oscura redactora estrella de Destapes, también cree esto y lo denuncia ante las autoridades; es decir, no infiere ni logra entrever la mano negra y asesina del Doctor. Presunto responsable del asesinato de Rolando Garro, el ingeniero Enrique Cárdenas es detenido por la policía y encerrado en una cárcel, primero en un separo solitario y luego en una hedionda y hacinada celda colectiva en la que predominan y dominan los homosexuales de baja ralea; donde de un modo inverosímil lee una filosófica sentencia versificada escrita con corrección y no con las infalibles y consabidas faltas de ortografía: “Y cuando esperaba el bien,/ Sobrevino el mal;/ Cuando esperaba la luz, vino/ La oscuridad”.
   Paralelo al dilema del ingeniero Enrique Cárdenas, Marisa, su bellísima esposa gringa, y Chabela, la no menos bella esposa de Luciano Casasbellas, su enriquecido e influyente abogado y su mejor amigo desde chicos, inician, favorecidas por el toque de queda, una cachonda y subrepticia relación lésbica (que a la postre se trasforma en triángulo sexual).
   A través de tres hombres camuflados de civil, el temible Doctor hace llevar a la Retaquita, encapuchada, hasta su búnker oculto en Playa Arica, donde le anuncia y ordena que va a trabajar para él y que Destapes reaparecerá con ella de directora. Lo cual implica, además de la bonanza económica que le permitirá dejar su minúsculo agujero en Cinco Esquinas y cambiarse a una casa amueblada en Miraflores, que ella hará lo que él mande para desacreditar a opositores políticos y críticos del régimen y que no dejará de meter las narices en la bacinica mediática, es decir, en lo que se publique en el semanario: “Fíjate tú misma cuánto quieres ganar como directora. Nosotros nos veremos poco. Yo quiero aprobar el número armado antes de que vaya a la imprenta y yo pondré los titulares.” Y además de advertirle que tendrán “una comunicación semanal, por teléfono, o, si el asunto es delicado, a través” del capitán Félix Madueño (quien hace trabajos secretos, cruentos y sucios para el Doctor), le reitera y recalca su imperativa amenaza (de muerte): “Pero no olvides la lección: yo perdono todo, salvo a los traidores. Exijo una lealtad absoluta a mis colaboradores. ¿Entendido, Retaquita? Hasta pronto, pues, y buena suerte.”
   Vale observar que “apenas unos mesecitos” después del asesinato de Rolando Garro, meses en los que la Retaquita ha cumplido con obediencia perruna las imperativas órdenes del Doctor y ya vive en Miraflores, ella, en calidad de directora de Destapes, con enorme inverosimilitud, decide darle vuelta a la tortilla y traicionar a su patrón, “jefe del Servicio de Inteligencia de Fujimori”, pese a que de primera mano sabe que no le tiembla la sanguinaria manaza para ordenar, ipso facto, el asesinato encubierto de los colaboradores que lo traicionan. En este sentido, con la confabulación del fóbico, tontorrón y frágil fotógrafo de Destapes (autor de las fotos de la orgía de Chosica) y de una vulnerable redactora del semanario, jugándose el pellejo, preparan un número especial, donde, además de la apología del supuesto periodismo de Rolando Garro y de supuestamente redimir su imagen y memoria y de relatar su cuestionable proceder ante el ingeniero Enrique Cárdenas, hacen la crónica del asesinato del ex director de Destapes ordenada por el Doctor, de la calumniosa inculpación de tal crimen, supuestamente realizado por un anciano pobrísimo y amnésico (Juan Peineta, otrora sensiblero y popular declamador de poemas e infausto cómico en “Los Tres Chistosos”, programa de América Televisión), y donde además la Retaquita narra cómo grabó las inculpatorias conversaciones que tuvo con el “jefe del Servicio de Inteligencia”; material (37 grabaciones) que fue entregado a la Fiscalía de la Nación y al Poder Judicial con el objetivo de que “el asesino de Rolando Garro sea juzgado y sentenciado merecidamente por su luctuoso proceder”. Cosa que, según la novela, se logró, además de incidir en la caída del Doctor y del chino Fujimori. Es decir, lo inverosímil también radica en que los curtidos y serviles esbirros del siniestro Doctor no hayan espiado a la Retaquita ni detenido la impresión del semanario ni confiscado el tiraje y su distribución, ni que la hayan cacheado con rigor y por ende ella pudo grabarlo a sus anchas, pues solía esconder la pequeña grabadora entre los pechos. A esto se añade que el Doctor no haya respondido ipso facto; es decir, no ordenó el asesinato inmediato de la Retaquita y sus colaboradores (simulando un atraco, por ejemplo), ni provocó ningún incendio en Destapes ni hizo colocar alguna estruendosa carga explosiva que peliculescamente hiciera polvo el conjunto. 
    Así que tres años después de las fotos de Chosica, la Retaquita, siguiendo los pasos de su mentor, heroína y oronda ahora tiene su propio programa televisivo: La hora de la Retaquita, de la misma índole vulgar, populachera, amarillista y chismográfica que cultivaba Rolando Garro, al que, también increíblemente, se ha vuelto aficionado (y admirador de la diminuta e intrépida “periodista”) nada menos que el riquísimo ingeniero Enrique Cárdenas, supuestamente culto, libertino en secreto, refinado y coleccionista de arte en sus ámbitos íntimos y domésticos, y pese a que la denuncia de ella lo privó de la libertad e hizo vivir y experimentar terribles horas de pánico, angustia y desesperación en la cárcel, y un inconfesable y bochornoso episodio en la celda colectiva plagada de nauseabundos y mafiosos homosexuales.
     
El Premio Nobel y la Reina de Corazones,
estrellas del periodismo rosa.
         Cabe observar que del capítulo uno al diecinueve la novela Cinco esquinas desarrolla la serie de las historias de una manera progresiva y alterna; y sólo en el capítulo veinte, “Un remolino”, Mario Vargas Llosa hace uso de un recurso narrativo que, muchas veces, ha utilizado con maestría y mayor complejidad: de un modo polifónico y fragmentario en un mismo párrafo (y párrafo tras párrafo) intercala voces, lugares y tiempos; es decir, narra diálogos, hechos y episodios que se suceden entre sus distintos personajes. El capítulo veintiuno esboza, literalmente, el contenido de la citada “Edición extraordinaria de Destapes”. Y la pregunta que titula al capítulo veintidós (el último): “¿Happy end?”, implica el susodicho final ambiguo y abierto a la especulación del lector, relativa al trasfondo e intríngulis del referido triángulo sexual (y quizá algo más o no).

Mario Vargas Llosa, Cinco esquinas. Alfaguara. 1ª edición mexicana. México, marzo de 2016. 320 pp.



domingo, 2 de octubre de 2016

La noche de Tlatelolco



                 
Un fantasma recorre México: 
el fantasma del 2 de octubre


                                                                                                           In memoriam Luis González de Alba  


Tlatelolco, octubre 2 de 1968
El viernes 27 de septiembre de 2014 murió, por el cáncer, Raúl Álvarez Garín, legendario luchador social y visible político de izquierda, quien, como alumno del Instituto Politécnico Nacional, fue delegado de Consejo Nacional de Huelga del Movimiento Estudiantil de 1968 y como tal fue detenido la trágica noche del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y hecho preso en el Palacio Negro de Lecumberri. Pese a que Raúl Álvarez Garín es autor del libro La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del movimiento estudiantil del 68 (Editorial Ítaca, 2002), todo indica que entre la extensa y creciente bibliografía sobre el Movimiento Estudiantil de 1968, el libro de Elena Poniatowska: La noche de Tlatelolco, cuya primera edición data de “febrero de 1971”, es el más emblemático, el más reeditado, el más popular, y tal vez el más trágico, espeluznante y doloroso que incide en la llama viva de un hecho fehaciente y contundente: la masacre del 2 de octubre no se olvida, su tétrico fantasma recorre México, está vivo en la luctuosa, histórica y democrática memoria colectiva del país.
El miércoles 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, ya pasadas las 17:30, poco después de que desde el tercer piso del edificio Chihuahua los oradores en la tribuna dieran por concluido el mitin y de que anunciaran que, debido a la presencia militar en la zona, no se haría la manifestación al Casco de Santo Tomás del IPN (tomado por el ejército desde el 23 de septiembre), se vieron en lo alto unas luces de bengala e inició el asedio y los disparos, cundió el terror, la refriega y la estampida de la gente (“aproximadamente diez mil personas”: jóvenes, adultos, adolescentes, niños, mujeres, ancianos). Los soldados y policías de civil y guante y blanco (el Batallón Olimpia) salieron de apartamentos del Chihuahua y de su camuflaje entre la multitud; detuvieron a los estudiantes de la tribuna y bloquearon los accesos al edificio. Hubo tal gritería, tal turbulencia de masas y tal confusión entre los destacamentos armados que fue ineludible el cruce de balas entre los de guante blanco, los militares, los granaderos, los policías y los francotiradores.
Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, a la cabeza
El Movimiento Estudiantil de 1968 tenía apenas dos meses y pico de haberse gestado in crescendo (con amplias adhesiones y repercusiones sociales en todo el país y protestas en el extranjero), debido a la constante represión policíaca y militar (exacerbada con la toma de CU el 18 de septiembre), a los asesinatos, y a las detenciones y secuestros de alumnos, maestros, militantes de izquierda y gente ajena, y a la relevante incapacidad política de las autoridades (empezando por el presidente Gustavo Díaz Ordaz y el secretario de gobernación Luis Echeverría Álvarez) para establecer el diálogo público, los acuerdos en torno a los 6 puntos del pliego petitorio y por ende la paz. Lo ocurrido y los testimonios del libro sugieren que la matanza y el encarcelamiento masivo estaban planeados para tal día y en ese lugar, pues el 12 de octubre iniciarían los XIX Juegos Olímpicos y había que descabezar el movimiento y evitar que los disturbios estudiantiles (dizque de una conjura internacional comunista) continuaran durante éstos. 
(Era, 37ª edición, México, 1980) 
       Mercedes Olivera, antropóloga, lo resume: “obviamente todo estaba preparado, el gobierno sabía lo que iba hacer. Se trataba de impedir cualquier manifestación o brote estudiantil antes y durante las Olimpiadas. Las luces de bengala fueron la orden de tirar y se disparó de todas partes y los supuestos francotiradores —y te lo digo, porque los que estuvimos allí y lo vimos podemos decirlo con toda conciencia sin temor a equivocarnos— los francotiradores eran parte de la organización gubernamental.”
La noche de Tlatelolco es un libro fragmentario, polifónico, colectivo, de ahí que se subtitule Testimonios de historia oral; pero fue Elena quien compiló, matizó y urdió el conjunto durante dos años. Hay en él trozos de entrevistas (muchos con terribles testimonios de asesinatos, torturas y vejaciones); panfletos transcritos de pancartas, de volantes, de pintas y de los coros durante las manifestaciones y mítines; versos de poemas; capitulares y fragmentos de artículos publicados en periódicos y revistas; pasajes de actas militares; declaraciones en contra, declaraciones a favor; voces anónimas; saldos de muertos, de heridos, de humillados y violentados en lo más elemental de sus libertarias garantías individuales y en lo más esencial de sus derechos humanos.
Elena Poniatowska
(foto: Rogelio Cuéllar)
       De nobiliario origen polaco, Elena nació el 19 de mayo de 1932 en París, pero hizo de México su patria, sus entrañas más entrañables donde nació y creció como periodista y narradora. De ahí que si su libro es de Todo México, también es muy suyo, muy de sus intimidades más íntimas. Ella lo dedicó “A Jan”, cuyas fechas de nacimiento y muerte, “1947-1968”, representan al joven asesinado el 2 de octubre o durante el Movimiento Estudiantil, pese a que se trata de su hermano “Jan Poniatowski Amor, estudiante de la Preparatoria Antonio Caso”, muerto en un accidente automovilístico el 8 de diciembre, en cuya segunda aparición afirma: “EL PRI no dialoga, monologa.”
También incluyó un par de pasajes, críticos y reflexivos, de dos cartas que el astrónomo Guillermo Haro, su marido, le envió desde Armenia, una el “22 de julio de 1970” y la otra el “28” del mismo mes. Y un fragmento de su madre Paula Amor de Poniatowski donde habla de los muchachitos que vio el 13 de septiembre de 1968 durante la Marcha del Silencio que fue del Bosque de Chapultepec, frente al Museo Nacional de Antropología, al Zócalo (“300 mil personas”).
       Si tal testimonio es desde afuerita, el de Luis González de Alba, alumno de Filosofía y Letras de la UNAM y delegado del CNH (Consejo Nacional de Huelga) —fallecido a los 72 años el 2 de octubre de 2016, es desde dentro y más crítico que el pasaje parecido que se lee en su libro Los días y los años (Era, 1971): 

Cabeza de Vaca, Hernández Gamundi y Luis González de Alba,
tres líderes del Consejo Nacional de Huelga detenidos
“El helicóptero seguía volando casi al ras de las copas de los árboles. Finalmente, a la hora señalada, a las cuatro, se inició la marcha en absoluto silencio. Ahora no podrían oponer ni siquiera el pretexto de las ofensas. En el CNH habíamos discutido muchísimo. Unos delegados decían que de hacerse la manifestación no podría ser silenciosa porque le quitaría combatividad. Otros, que nadie guardaría silencio. ¿Quién se siente capaz de controlar y llevar callados a varios cientos de miles de muchachos escandalosos acostumbrados a cantar, gritar y echar porras en cada manifestación? ¡Es una tarea imposible y si no lo logramos el CNH mostrará debilidad! Por eso los más jóvenes llevaron esparadrapo en la boca. Ellos mismos lo eligieron: los unos a los otros se pusieron la tela adhesiva sobre los labios para asegurar su silencio. Les dijimos: ‘Si alguno falla, fallamos todos.’
Marcha del Silencio
Septiembre 13 de 1968
        “Salíamos apenas del Bosque, habíamos caminado sólo unas cuadras cuando las filas comenzaron a engrosarse. Todo el Paseo de la Reforma, banquetas, camellones, monumentos y hasta los árboles estaban cubiertos por una multitud que a lo largo de cien metros duplicaba el contingente inicial. Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos... Pasos, pasos sobre el asfalto, pasos, el ruido de muchos pies que marchan, el ruido de miles de pies que avanzan. El silencio era más impresionante que la multitud. Parecía que íbamos pisoteando toda la verborrea de los políticos, todos sus discursos, siempre los mismos, toda la demagogia, la retórica, el montonal de palabras que los hechos jamás respaldan, el chorro de mentiras; las íbamos barriendo bajo nuestros pies... Ninguna manifestación me ha llegado tanto. Sentí un nudo en la garganta y apreté fuertemente los dientes. Con nuestros pasos vengábamos en cierta forma a Jaramillo, a su mujer embarazada, asesinados, a sus hijos muertos, vengábamos tantos años de crímenes a mansalva, silenciados, tipo gángster. Si los gritos, porras y cantos de otras manifestaciones les daban un aspecto de fiesta popular, la austeridad de la silenciosa me dio la sensación de estar dentro de una catedral. Ante la imposibilidad de hablar y gritar como en otras ocasiones, al oír por primera vez claramente los aplausos y voces de aliento de las gruesas vallas humanas que se nos unían, surgió el símbolo que pronto cubrió la ciudad y aun se coló a los actos públicos, a la televisión, a las ceremonias oficiales: la V de ‘Venceremos’ hecha con los dedos, formada por los muchachos al marchar en las manifestaciones, pintada después en casetas de teléfonos, autobuses, bardas. En los lugares más insólitos brotaba el símbolo de la voluntad inquebrantable, incorruptible, resistente a todo, hasta a la masacre que llegó después. Aún reciente Tlatelolco, la V continuó apareciendo hasta en las ceremonias olímpicas, en las manos del pueblo.”
Primera edición en Lecturas Mexicanas
Segunda Serie número 41
(Ediciones Era/SEP, 1986)
Los días y los años
1ª edición en Lecturas mexicanas, 2ª Serie núm. 41
(Ediciones Era/SEP, 1986)
Contraportada
       La noche de Tlatelolco abre con 49 fotos en blanco y negro que dan visos de varios episodios que van de la confusa bronca del 22 de julio de 1968 en la que se mezclaron pandilleros (“Los ciudadelos” y “Los arañas”) y alumnos de la preparatoria Isaac Ochotorena y estudiantes de la Vocacional 2 del IPN (Instituto Politécnico Nacional), y que a la postre significó, dada la arbitraria golpiza emprendida por los granaderos, el inicio de la represión (exacerbada entre el 23 y el 26 de julio) y por ende del Movimiento Estudiantil. Y se culmina con una imagen nocturna en la que se observa a un grupo (hombres, mujeres, niños y jóvenes) de pie y arrodillados frente a veladoras y ofrendas mortuorias, en cuyo pie se lee: “El 2 de noviembre, día de los muertos, depositamos cempasuchitl y veladoras en la Plaza de las Tres Culturas... Muchos soldados nos vigilaban pero pronto se prendieron miles de veladoras y surgieron gentes de entre los árboles que comenzaron a rezar por sus hijos masacrados el 2 de octubre en Tlatelolco...”
Niño asesinado en la Plaza de las Tres Culturas
Octubre 2 de 1968
       Entre el conjunto de fotos, si bien hay algunas muy dramáticas y violentas, como la de los cadáveres en la morgue o el niño muerto aún en el suelo, contrastan dos: una es la del par de alegres jóvenes de blanco dándole a una campana de Catedral y que ineludiblemente remite al 13 de agosto de 1968, cuando la multitudinaria manifestación (unas “150 mil personas”) llegó por primera vez al Zócalo, pero también a la del 27 de agosto (“más de 400 mil personas”); dice el pie: “¡Entramos al Zócalo! ¡Estaban repicando las campanas de catedral! Dos estudiantes de medicina subieron con el permiso del padre Jesús Pérez y también encendieron todas las luces de la fachada. Todo el mundo aplaudía sin parar.”
Iglesia de Santiago Tlatelolco
Octubre 2 de 1968
La otra resulta un artero, masivo y cruento golpe de bayoneta o de bala expansiva, muy semejante a los golpes y proyectiles con que, según testimonios que se leen en el libro, se hirieron y mataron a jóvenes, a mujeres, a niños y ancianos durante la larga noche que duró el sitio y el acoso de la Plaza de las Tres Culturas y de los edificios circunvecinos. Se trata de una panorámica en la que desde lo alto se ve a una multitud frente a la antigua Iglesia de Santiago Tlatelolco;  el pie de Elena Poniatowska consigna: “Junto a la vieja Iglesia de Santiago Tlatelolco, se reunió confiada una multitud que media hora más tarde yacería desangrándose frente a las puertas del Convento que jamás se abrieron para albergar a niños, hombres y mujeres aterrados por la lluvia de balas...”
La “Primera parte” de La noche de Tlatelolco se titula “Ganar la calle” y la “Segunda” es homónima del libro y por ende los testimonios ponen mayor énfasis en lo ocurrido durante la masacre del 2 de octubre, pero también en ciertas secuelas inmediatas, como la angustiosa y desesperada búsqueda de los hijos (incluso niños) y la situación y el destino de los prisioneros, particularmente en el Campo Militar Número 1 y en el Palacio Negro de Lecumberri. Y se concluye con una breve “Cronología basada en los hechos a que se refieren los estudiantes en sus testimonios de historial oral”, la cual va del lunes 22 de julio de 1968 al siguiente jueves 31 de octubre, y que se puede completar con la información, los análisis y la bibliografía con la que ahora se cuenta 48 años después, incluida una vista al Memorial del 68 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, ubicado en la histórica Plaza de las Tres Culturas. 
    
    

Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral. Iconografía en blanco y negro. Ediciones Era. Ejemplar 1019 de la 37ª edición. México, marzo 24 de 1980. 288 pp.

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     Vale añadir que en agosto de 2012 Ediciones Era publicó una Edición Especial de La noche de Tlatelolco, con un “Prólogoex profeso de Elena Poniatowska, un nuevo y mejor diseño y mayor tamaño, 104 fotos en blanco y negro (con buena resolución) distribuidas a lo largo de las páginas (más dos postreras páginas de “Créditos de las fotografías”) y la ampliación de la “Cronología” hasta el viernes 13 de diciembre de 1968.
(Era, México, agosto 20 de 2012)


 
(Contraportada)


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Enlace a Tlatelolco, las claves de la masacre (2003), documental de Carlos Mendoza.
Enlace a Masacre de Tlatelolco (2010), documental dirigido por Roberto Latorre.