Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de julio de 2017

Los ojos de Davidson

 Podemos confundirlos con el universo

Con el número 11 de Ars brevis, colección de Ediciones Atalanta, en noviembre de 2006, en Barcelona, se terminó de imprimir el libro Los ojos de Davidson, antología de cinco cuentos del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), con traducción al español de José Luis López Muñoz y prólogo de Alberto Manguel: “Casandra en Inglaterra: la visión profética de H.G. Wells”. 
   
Colección Ars brevis núm 11, Ediciones Atalanta
Barcelona, noviembre de 2006
        El primero de los cuentos: “Los ojos de Davidson”, alguna vez fue traducido por Jorge Luis Borges (1899-1986), pues con el rótulo “Los distantes ojos de Davidson” el 19 de mayo de 1934 apareció, en Buenos Aires, en el número 41 de la Revista Multicolor de los Sábados, del diario Crítica. Además de que Ediciones Atalanta no acredita de qué libro o libros tradujo José Luis López Muñoz, en las páginas interiores no se precisa (ni en una nota ex profeso ni en el prólogo ni entre paréntesis ni al inicio ni al final de cada cuento) el año de la publicación de cada uno (en alguna revista o periódico) ni a qué libro original pertenecen. La vaga excepción es el quinto relato: “El país de los ciegos”, pues además de que Alberto Manguel algo refiere y comenta en su prólogo (“Wells publicó una primera versión del cuento en 1904”, “Treinta y cinco años más tarde cambió el final”), en las postreras páginas de la narración se anuncian, intercalados con precedentes rótulos en cursiva, los dos finales del cuento concebidos por H.G. Wells. El primer rótulo reza: Lo que sigue es la conclusión original de “El País de los Ciegos” publicada en la edición de SM [sic] de abril de 1904. Y el segundo: Lo que sigue es el final revisado del relato, escrito y publicado por Wells en 1939.
   Ante esto, lo que a priori descuella es la danza de las fechas acuñadas por ciertos antólogos en español y en otros idiomas (especie de diosecillos bajunos que simulan poseer los omniscientes y ubicuos ojos del universo y por ende dizque pueden señalar con su “infalible” dedo flamígero dónde está la microscópica y seminal fisura o el punto nodal y exacto del pedúnculo umbelífero). 
 
Colección El ojo sin párpado núm. 2 (vol. II), Ediciones Siruela
Madrid, marzo de 1987
        Por ejemplo, en el segundo tomito de Cuentos fantásticos del siglo XIX, la celebérrima antología de Italo Calvino editada por Siruela, en Madrid, en marzo de 1987, se lee, con traducción de G. Mion, la primera versión de “El país de los ciegos” datada en 1899. Y en la antología prologada y anotada por Juan Antonio Molina Foix: Álter ego. Cuentos de dobles, editada por Siruela en Madrid, en 2007, con el número 245 de la serie Libros del Tiempo, entre los datos curriculares de Wells el antólogo fecha “El país de los ciegos” en 1895. 
   
Colección Libros del Tiempo núm. 245, Ediciones Siruela
Madrid, 2007
            Al inicio de “El primer Wells” —ensayo reunido en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952)—, Borges apunta que Oscar Wilde llamó a H.G. Wells: “Un Julio Verne científico”. El fantástico cuento “Los ojos de Davidson”, que narra la voz de un tal Bellows, podría ubicarse, si se quiere, bajo tal etiqueta, pero sin un grumo peyorativo ni para encasillarlo allí de manera ortodoxa o por lo siglos de los siglos. Todo lo contrario. El aparente sonambulismo o trastorno psíquico o alcohólico ocurrido a Sidney Davidson hará unos “tres o cuatro años” en el laboratorio principal del Harlow Technical College, en la capital británica, quizá tenga su mejor y más probable explicación en las hipótesis e indagaciones científicas del decano Wade en torno a la Cuarta Dimensión, a las “diferentes clases de espacio” y a la “existencia de una curva en el espacio”. Según el decano Wade (cuya hipótesis evoca los tácitos e implícitos experimentos con la galvanización y la electricidad del filósofo naturalista Victor Frankenstein) “parecer ser que Davidson, al agacharse entre los polos del gran electroimán, recibió algún impulso extraordinario en sus células retinales gracias a un cambio repentino en el campo de fuerza provocado por el relámpago.” Pero lo que resulta un hecho irrefutable es que Davidson, “durante tres semanas”, vivió al unísono en dos espacios-tiempos totalmente contrapuestos en el globo terráqueo. En un espacio-tiempo su cuerpo y su mente estaban en Londres, pero sin que sus ojos pudieran ver absolutamente nada. Y en el otro espacio-tiempo sus ojos y su intelecto estaban en una pequeña ínsula de las Islas Antípodas (“a doce mil kilómetros” de distancia). Si en Londres era de día, en la isla era de noche. Davidson, sin verlos y tropezándose, podía conversar con sus colegas en Londres (su amigo Bellows, el profesor Boyce, el decano Wade), o con su padre o con su novia (hermana de Bellows), y narrarles lo que sus ojos veían en el otro lado del planeta. Es decir, mientras su cuerpo deambula o es conducido en Londres y no ve absolutamente nada (ni siquiera su nariz), su raciocinio y sus ojos están, viven y observan en la agreste y lejana isla. Pero además, de manera sincronizada, siente su corporeidad en la ínsula al unísono de los desplazamientos de su cuerpo en Londres; de modo que sus vivencias en el islote llegan a ser opresivas y pesadillescas. Por ejemplo, cuando está “hundido hasta el cuello en un banco de arena”, cuando vive una tormenta, y cuando paulatinamente desciende bajo las aguas del mar (observando el cielo nocturno y la fauna marina) y está a punto de ahogarse.
    En el preludio del fin de esas desconcertantes tres semanas, Davidson empezó a ver en Londres a través de un agujero. Los agujeros se fueron multiplicando; y casi recuperado se casó con la hermana de Bellows. Y la prueba fehaciente de que sus ojos y su inteligencia estuvieron en ese islote del archipiélago de las Islas Antípodas la tuvo “Unos dos años después de su curación”, cuando Sidney Davidson conoció y charló con un tal Atkins, “teniente de navío de la marina británica”, quien le mostró fotografías del “viejo Fulmar”: que resultó ser, luego de un breve cotejo, el auténtico barco que los ojos de Davidson veían en esa solitaria y distante isla habitada por pingüinos. De ahí que casi al inicio del relato, Bellows diga sobre la inusitada experiencia vivida por su amigo y cuñado: “Nos hace soñar con las más extrañas posibilidades de comunicación en el futuro, con pasar en el otro lado del mundo cinco minutos interpolados, o (sin saberlo) con ser observados por otros ojos en nuestras operaciones más secretas.” 
   
H.G. Wells en 1901
        El segundo cuento antologado: “Bajo el bisturí” (1896), fue reunido por H.G. Wells en su libro: The Plattner Story and Others (London, Methuen & Co., 1897). La voz narrativa es la de un británico radicado en Londres que sufre, desde hace más de un año, de un doloroso padecimiento en el hígado (de ahí su prolongada depresión) y por ende es intervenido quirúrgicamente, en su casa, por un par de cirujanos, pese a su miedo a morir durante la operación. Los médicos, para anestesiarlo, le dan a oler cloroformo. Pero en lugar de sumergirse en la inconsciencia sigue lúcido y, semejante a un invisible ojo avizor en lo alto, observa su cuerpo tendido en la cama y el procedimiento de los médicos, e incluso sus pensamientos. De modo que mira la secreta rivalidad y las íntimas controversias mentales de Mowbray y Haddon, el par de cirujanos; y el instante en que éste, horrorizado, corta la vena porta y corre la sangre y el paciente supone que lo mataron. Pero en vez de morir, sigue lúcido y aún más. Según dice: “Mis percepciones eran más precisas y rápidas que cuando estaba vivo; los pensamientos me pasaban por la cabeza con increíble rapidez pero con total precisión. Sólo puedo comparar su intensa claridad con los efectos de una dosis razonable de opio.”
    El paciente tiene la certeza de que es inmortal. Y partir de ahí, al unísono de sus preguntas y conjeturas, realiza un extraordinario y asombroso viaje interestelar (y aún más lejos), como si su intelecto y sus ojos (un ente mental) lo hicieran en una prodigiosa y veloz nave invisible que se desplaza y viaja con la inconmensurable velocidad de un pensamiento que puede ir y venir instantáneamente por todos los rincones y recovecos del universo. Pero es el viaje de un individuo solitario que de antemano, se deduce, ha observado la bóveda celeste con un telescopio, mapas, diagramas y libros. De modo que refiere, en su velocísimo y constante alejamiento, el nombre de los planetas, de las estrellas, de las constelaciones, etcétera. Ya muy remoto de la “harapienta cinta de la Vía Láctea”, muy lejos del Sistema Solar del que es oriundo, arriba a un “espacio sin estrellas”, a un “vacío del Más Allá” al que está siendo arrastrado, donde “la oscuridad, la nada y el vacío” lo rodean por todas partes. Según dice: “Pronto el insignificante universo de la materia, la jaula de puntos en la que mi ser había tenido su comienzo, iba empequeñeciéndose convertido ya en disco giratorio de luminosa brillantez, y enseguida reducido a un diminuto disco de luz borrosa. Un poco más y quedaría convertido en un punto antes de desaparecer por completo.”
   El límite de ese extraordinario viaje por lo insondable e infinito del cosmos (matizado con sus observaciones, hipótesis e interrogantes de carácter ontológico y gnoseológico, cuyos detalles y episodios mira con los invisibles ojos de la mente y le parece que han durado una eternidad) se sucede cuando arriba a una zona fronteriza y fantasmagórica que semeja el preludio de la constatación de cierta deidad y del incontestable origen y logos del cosmos. No obstante, en vez de ocurrir esto, comienza a tener atisbos de su infinitesimal individualidad postoperatoria en Londres, y del hecho de que ese rapidísimo viaje por el universo, que parecía tan eterno, tan insondable y no menos ignoto y enigmático que el firmamento, ha transcurrido en el término de una hora.
   
H.G. Wells en 1943
        “El astro” (1897), el tercer cuento antologado, fue recogido por H.G. Wells en su libro Tales of Space and Time (New York, Doubleday and MacCure Co., 1899). Narrado por una omnisciente y ubicua voz narrativa, los acontecimientos globales e interplanetarios que se relatan en “El astro” se ubican en el futuro: es decir, “a comienzos del siglo XX”, precisamente a partir de que “El primer día del año nuevo, de manera casi simultánea, tres observatorios astronómicos anunciaron que la trayectoria del planeta Neptuno, el más lejano de todos los que giran alrededor del Sol, sufría perturbaciones.” No obstante, “en diciembre”, un tal Ogilvy ya “había llamado la atención sobre una supuesta disminución” en la velocidad de Neptuno y en la aparición en él “de una débil y remota manchita de luz”.
      Si bien la amplitud de la mirada y perspectiva de la omnisciente voz narrativa abarca la finitud y el “desmesurado aislamiento del Sistema Solar”: “El Sol, con las motas que son sus planetas, con su polvo de asteroides y sus impalpables cometas, nada en una inmensidad vacía que resulta casi inimaginable”, el pesadillesco meollo del relato se centra, in crescendo, en la visual y pormenorizada narración de los desastres y cataclismos globales que en todos los rincones y latitudes del planeta Tierra causa el veloz y paulatino acercamiento de un inesperado y desconocido astro que previamente choca contra Neptuno. Para fortuna de los supervivientes, “la última etapa” de la trayectoria de ese forastero y ultralumínico astro no fue una estruendosa y trágica colisión con la Tierra, sino “su precipitada caída” en el Sol. 
    Desde luego que hubo sensacionalistas periódicos que hablaron de milenarismos finiseculares; es decir, hubo gente y gacetilleros que habían creído que se avecinaba el sonoro fin del mundo. Y, al parecer, entre las muchedumbres de supersticiosos e incrédulos que siguieron con su rutina diaria, sólo un infinitesimal profesor de matemáticas en Londres, algo drogadicto y megalómano, habló ante sus alumnos de sus cálculos matemáticos sobre la trayectoria del “nuevo astro” y sus catastrofistas vaticinios se propagaron por todos los recovecos del orbe a través del telégrafo. Según “la profecía del matemático”: paralelo al acercamiento del “nuevo astro” y del posible choque contra la Tierra, en todo el mundo se sucederían “Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, maremotos, inundaciones y un aumento sostenido de la temperatura hasta un límite imprevisible”. No se equivocó. Y con posteridad al recalentamiento planetario, la voz narrativa reporta que “a medida que disminuían las tormentas, los hombres advirtieron que por todas partes los días eran más calurosos que antaño, el Sol más grande, y que la Luna, reducida a una tercera parte de su antiguo tamaño, tardaba ochenta días en completar cada uno de sus ciclos.” 
     Y además de otros notables cambios sociales y geográficos sucedidos en el planeta Tierra, quizá lo más sorprendente (o lo que le da una vuelta de tuerca al relato) es el reporte de las observaciones de los astrónomos marcianos (“porque hay astrónomos en Marte”), en cuya perspectiva (y límites cognoscitivos) se advierte una intervención armamentística hecha desde El planeta rojo, ignorada por los astrónomos terrícolas (al parecer dirigida contra el desconocido “nuevo astro” que se estrelló contra Neptuno, cuya ultralumínica explosión en el blanco pudo haber sido la “débil y remota manchita de luz” aparecida en Neptuno que el tal Ogilvy observara con el telescopio): “Si se considera la masa y la temperatura del misil lanzado a través de nuestro sistema solar” —escribió uno de los astrónomos marcianos—, “sorprenden los escasos daños sufridos por la Tierra, que ha estado a punto de ser alcanzada por el astro. Todas las características distintivas de los continentes y de las masas marítimas permanecen intactas y, de hecho, la única diferencia parece ser la reducción del tamaño de las manchas blancas (supuestamente de agua helada) en torno a los polos.”
 
Los ojos de Davidson (Atalanta, 2006)
Contraportada
       “El huevo de cristal” (1897), el cuarto relato de la antología, también fue recogido por H.G. Wells en su citado libro Tales of Space and Time (Cuentos del Espacio y del Tiempo). Junto a la susodicha primera versión de “El país de los ciegos”, “El huevo de cristal” es uno de los cinco cuentos de H.G. Wells antologados y prologados por Jorge Luis Borges en La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, en cuyo prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” 
   
La Biblioteca de Babel núm. 11, Ediciones Siruela
Madrid, 1984
          Un amigo del investigador “Jacobo Wace, profesor ayudante en el hospital de Santa Catalina”, en Londres, y responsable de ineludibles “tareas docentes”, es la voz narrativa que evoca, comenta y relata la breve historia del inusitado y desaparecido huevo de cristal. Ese peculiar y raro objeto estuvo expuesto, “hasta hace un año”, en el vetusto, desvencijado y polvoriento escaparate de una tiendecilla, “Cerca de Seven Dials”, cuyo rótulo rezaba: “C. Cave, naturalista y anticuario”. Según el narrador, “El contenido del escaparte era curiosamente heterogéneo. Comprendía varios colmillos de elefante, un juego incompleto de piezas de ajedrez, algunas cuentas y armas, una caja con ojos de cristal, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por las polillas (uno de ellos sostenía una lámpara), un armario pasado de moda, un huevo de avestruz o algo parecido ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y un acuario vacío, extraordinariamente sucio. Había además, en el momento en que comienza esta historia, una masa de cristal labrada hasta adquirir la forma de huevo y pulida con esmero.”
    Un patético matiz dickensiano trasmina y envenena la conducta, los rasgos físicos y la interacción de los miembros de ese empobrecido núcleo familiar que habita y pulula en la casa y en la contigua tiendecilla del anticuario señor Cave, situada en un populoso barrio de Seven Dials. Su robusta y voluminosa mujer y sus dos hijastros lo menosprecian y maltratan (el hijastro tiene 18 años y la hijastra 26); y sólo cavilan en el beneficio que puede brindarles las desmesuradas cinco libras por la venta del huevo de cristal ofrecidas por un par de inesperados clientes (un clérigo y un joven oriental), en particular su esposa, aficionada a la bebida, quien fantasea, por ejemplo, con comprarse “un vestido verde de seda” y “un viaje a Richmond”. En contrapartida, el anticuario señor Cave resulta un inofensivo e infeliz bonachón y buenazo; cuyos románticos, carcomidos y evanescentes viejos sueños, además de reflejarse en lo erosionado y polvoriento de la achacosa y casi abandonada tiendecilla, se condensan y focalizan en la enervante pasión que adquiere, casi como una alucinación psicotrópica, a través de lo que mira, recostado en la oscuridad, en el huevo de cristal (casualmente adquirido a “un tratante de curiosidades” “forzado a desprenderse de sus existencias”), pues Cave “veía en él cosas singulares”; es decir, el anticuario señor Cave observa dentro del huevo imágenes estables y en movimiento, como si se tratase de una mágica y misteriosa bola de cristal de algún brujo dominador de hechizos, encantamientos y vaticinios. Por ende, ya poseído y abandonado a esas placenteras sesiones oculares y sensitivas, el señor Cave “Apenas se ocupaba de su negocio y estaba siempre preocupado, pensando sólo en el momento de regresar a su puesto de observación.”
    Precisamente, para eludir que su despreciable y obesa mujer y sus odiosos hijastros le vuelvan a quitar el huevo de cristal y lo vendan, el señor Cave lo oculta en las habitaciones del profesor Wace, “en la calle Westbourne”. Es allí donde entre ambos se establece una elemental y básica complicidad y por ello se comunican las necesarias confidencias para que, con apoyo de la metodología científica del profesor Wace y de sus anotaciones, deduzcan que el panorama que Cave observa dentro del huevo de cristal (arquitectura, habitantes alados, fauna, flora, bóveda celeste) corresponde a una zona del planeta Marte y que al unísono, a través del huevo de cristal, desde allá se observa el planeta Tierra. Es decir, según las observaciones de la mancuerna, en ese territorio marciano hay veinte mástiles distribuidos en distintos puntos de altura y en lo alto de cada uno hay un huevo de cristal idéntico al que posee el anticuario señor Cave. Según reporta la voz narrativa, “De cuando en cuando, una de las grandes criaturas voladoras se acercaba a uno de ellos, plegaba las alas, enroscaba varios de sus tentáculos alrededor del mástil y miraba fijamente el cristal durante unos minutos, en ocasiones hasta un cuarto de hora. Y una serie de observaciones, realizadas por indicación de Wace, convencieron a los dos de que, en el mundo objeto de su estudio, el cristal en cuyo interior miraban se hallaba situado en el extremo superior del mástil más alto de la terraza y que, en una ocasión al menos, uno de los habitantes de aquel otro mundo había visto el rostro del señor Cave cuando este último realizaba sus observaciones.”
     Esto implica o supone que “el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos distintos al mismo tiempo”; o “bien poseía alguna peculiar relación de simpatía con otro cristal, exactamente igual, en aquel otro mundo, de manera que lo que se veía en el interior de uno era, dadas las condiciones adecuadas, visible para un observador en el cristal correspondiente del otro mundo, y viceversa.” 
     El vínculo de amigos y las observaciones se sucedieron en noviembre. Y en diciembre se interrumpieron unos “diez u once días” por las “tareas docentes” que tuvo que confrontar el profesor Wace. El anticuario señor Cave se había llevado el huevo de cristal a su casa, “con la intención de que le sirviese de consuelo si surgían ocasiones durante el día o la noche, con lo que se había convertido ya en la realidad más importante de su existencia.” Pero cuando Wace lo busca en la tiendecilla para continuar con las observaciones y exploraciones científicas se entera que el anticuario murió, que ya está enterrado y vendido el huevo de cristal a un cliente desconocido. Es así que para el profesor Wace el postrero y ansioso rastreo de ese objeto oriundo de Marte se torna infausto, un enigma; con la probabilidad de que los marcianos, en una época remota, lo hayan enviado a la Tierra, junto con otros huevos de cristal semejantes, con el objetivo de observar y conocer la vida y los quehaceres de los hormigueantes terrícolas.
   
Ilustración de Clifford Webb
        La primera versión de “El país de los ciegos” (abril, 1904), el quinto y último cuento de la antología, fue recogido por H.G. Wells en su libro The Country of the Blind and Other Stories (London, Thomas Nelson and Sons, 1911). Y con los susodichos dos finales fue publicado y prologado por Wells en The Country of the Blind (London, The Golden Cockerel Pres, 1939), un preciosista y costoso libro de colección (más aún a estas alturas del siglo XXI) ilustrado con grabados de Clifford Webb, con una edición limitada de 280 ejemplares; los primeros 30 numerados y firmados por el escritor y por el artista. 
   
The Country of the Blind
(London, The Golden Cockerel Press, 1939)
       Alguna vez, en una época cercana a la conquista española, en un remoto y altísimo valle de los Andes del Ecuador vivía una comunidad de inmigrantes familias de mestizos oriundos del Perú. Por alguna desconocida causa (quizá alguna infección microbiana), los niños empezaron a perder la vista y otros nacieron ciegos. Fue por entonces cuando un hombre, que llegó allí de niño “atado al lomo de una llama, junto con un enorme fardo de bártulos”, bajó a la metrópoli en busca de un “hechizo o antídoto” contra ese extraño mal que se multiplicaba y que ellos creían un castigo por el pecado de no haber construido una capilla o una iglesia al Dios católico. Algún vival sacerdote, por baratijas dizque curativas y amuletos dizque milagrosos del credo, intercambió el “lingote de plata autóctona” que traía el mestizo. Pero éste no pudo regresar a su villorrio con los supuestos remedios para curar a los suyos, porque una extensa catástrofe de dimensiones apocalípticas le impidió el paso y aisló la zona. Desde entonces germinó la leyenda del País de los Ciegos.
    Catorce o quince generaciones después, cuando en el País de los Ciegos todos son invidentes (sin glóbulos oculares y con los párpados cerrados y hundidos) y han olvidado lo que significa tener ojos y ver, fue cuando un tal Núñez (uno de los guías de un grupo de montañistas ingleses presididos por Sir Charles Pointer) sufrió un accidente en su campamento montado “sobre un pequeño saliente de roca”: una nocturna y profunda caída y deslizamiento por la nieve que lo llevó, sin daños corporales, a las inmediaciones del País de los Ciegos, que él identifica por las oídas leyendas orales. Y aún viéndoles a cierta distancia y antes de tener contacto con ellos, le hace lúdicamente divagar para sí en los regocijantes beneficios que canturrea e implica el consabido y añejo refrán: En el país de los ciegos el tuerto es rey
   
Ilustración de Clifford Webb
        Sin embargo, lo que primero descubre Núñez es su desventaja ante las habilidades físicas y los agudos sentidos de los ciegos. Pero lo más relevante y trascendente de sus hallazgos es la atávica, prejuiciosa,  supersticiosa y cerrada organización tribal del País de los Ciegos y su inextricable, estrecha y dogmática etiología y nomenclatura cosmogónica; todo lo cual lo tipifica, limita y somete en calidad de un ser inferior, “a medio formar”, un deficiente mental quizá creado por las rocas aledañas o por la podredumbre.
    Según la rudimentaria cosmogonía y cosmovisión de esa etnia de diestros ciegos presidida por un consejo de ancianos (los poseedores orales de la memoria, de la sabiduría y del mito de la tribu), ellos son los únicos del limitado universo: una especie de cóncava “cacerola cósmica” “cubierta de roca” y rodeada de rocas. Es decir, al “explicarle la vida, la filosofía y la religión de los ciegos” (quienes ignoran que lo son y por qué lo son), el “más anciano” le dice “que el mundo (refiriéndose a su valle) había sido antes un hueco vacío en las rocas y que primero habían aparecido cosas inanimadas sin el don del tacto, de las que surgieron hierbas y arbustos y después llamas [cuyos rebaños deambulan en los peñascos rocosos tras el muro de rocas que rodea al valle donde se halla su aldea] y algunas otras criaturas con muchas limitaciones, luego los hombres y finalmente los ángeles, a los que se podía oír cantar y producir sonidos de aleteos, pero a los que nadie podía tocar, algo que desconcertó mucho a Núñez hasta que se acordó de los pájaros.” 
    Los ciegos no creen que existan las montañas que rodean el valle donde viven (donde con precisión geométrica han trazado sus cultivos y sus casas caprichosamente pintadas y enlucidas), ni tampoco creen que exista el cielo ni las nubes ni las estrellas de las que les parlotea Núñez, mucho menos que existan las ciudades, los pueblos y el mar detrás de los picachos. Para ellos, “más allá de las rocas donde pastaban las llamas se halla el fin del mundo; las rocas se empinaban cada vez más, se convertían en pilares y de ellos nacía el techo abovedado del universo, del que caían el rocío y las avalanchas”. Según la voz narrativa, “Por las descripciones que el recién llegado les hizo del cielo, de las nubes y de las estrellas, dedujeron que su mundo era un vacío espantoso, una terrible ausencia en el lugar del techo liso que cubría las cosas en las que crecían: tenían como artículo de fe que más allá de las rocas el techo abovedado era exquisitamente suave al tacto. Lo llamaban ‘la Sabiduría de las Alturas’.”
     Esa supuesta y dizque sabihonda Sabiduría de las Alturas es para los ciegos una especie de Dios tutelar (o de sagrada omnisciencia de Dios); y por ende la Sabiduría de las Alturas dizque “había dividido el tiempo en caliente y frío, que son los equivalentes ciegos del día y la noche”; y como según los ciegos “era conveniente dormir en el tiempo caliente y trabajar en el frío”, duermen durante el día y trabajan de noche. Por esa presunta sapiencia, el más anciano le dice a Núñez que “debía de haber sido creado de manera especial para aprender y para ponerse al servicio de la sabiduría adquirida por los ciegos, y que, pese a su incoherencia mental y su tendencia a tropezar, tenía que ser valiente y hacer todo lo que estuviera en su mano para aprender.” De modo que, semejante a un siervo o a un esclavo, a Núñez lo asignan bajo la responsabilidad y la custodia de un tal Yacob, “su amo”. 
    No sin episodios risibles, ríspidos y dramáticos, Núñez no fue tan dócil para aceptar y someterse a ese trato y echar en saco roto sus ciegas pretensiones de convertirse en rey en el País de los Ciegos. Hizo sus particulares esfuerzos para explicarles el sentido de la vista, la belleza que se observa con los ojos y su lugar de origen, y por ello —con burla, risas y sarcasmo— lo apodan y llaman “Bogotá”. Pese a su minusvalía, Núñez más o menos se integra a la tribu de ciegos. E ineludiblemente y sin buscarlo se enamora de Medina-saroté, la hija menor de Yacob, quien le corresponde, pese que lo consideran “a medio formar”, “un ser aparte, un idiota, una criatura incompetente, por debajo del nivel aceptable de un varón”. Medina-saroté, además, escucha y tolera sus narraciones y cuentos sobre la vista, que le parecen licencias poéticas. La petición de matrimonio alebresta a las hermanas de ella (y al conjunto de la obtusa, endogámica, ortodoxa y conservadora etnia): “se oponían con todas sus fuerzas, convencidas de que el enlace sería motivo de descrédito para toda la familia, y el viejo Yacob, aunque había llegado a sentir cierto afecto por aquel siervo suyo, torpe aunque obediente, meneó la cabeza y dijo que era imposible. Todos los jóvenes de la comunidad se indignaron ante la idea de que la raza se corrompiera, y uno de ellos llegó hasta el extremo de insultar y atacar al osado pretendiente, que le devolvió el golpe.” 
   
Ilustración de Clifford Webb
       Tal peliagudo dilema parece tener visos de enmendarse con el diagnóstico del médico, el “Gran sabio entre aquellas gentes”, quien estipula extirparle los glóbulos oculares al novio, implícitamente iluminado por la Sabiduría de las Alturas. Según el docto cirujano: “Los ojos, esas cosas extrañas cuya función es crear una agradable depresión blanda en el rostro, han enfermado en su caso, y lo han hecho de tal manera que le afecten al cerebro. Están muy hinchados, tienen pestañas, sus párpados se mueven y, en consecuencia, su cerebro se halla en un estado de irritación y distracción constantes.”
    Yacob, exultante, está de acuerdo. Y también Medina-saroté. Y con gran incertidumbre, angustia, inquietud, fobia y muchas dudas, Núñez acepta someterse a la operación que le extirpará los ojos, preámbulo de su casorio. Pero ese mismo día, meditabundo, cruza el muro de piedra y empieza a alejarse de la aldea subiendo por lo agreste y peligroso de las rocas. Revaloriza sus ojos y lo que con ellos ve y observa día a día, y lo que implican en su ser: su pensamiento, su individualidad, su vida, y su íntima memoria de Bogotá. 
    En el final de la segunda versión del cuento, Núñez no escapa ni se abandona, “tumbado en paz”, en un estado de felicidad ocular y sensitiva durante el primer crepúsculo y la primera noche ya distante de la pesadillesca aldea donde iba a perder sus ojos, sino que es expulsado por los intolerantes, fanáticos, crueles y odiosos ciegos, quienes no oyen (ni quieren oír) las advertencias que Núñez les hace sobre el inminente y catastrófico derrumbe de una cumbre aledaña, que con seguridad causará muertes y destrucción en la aldea. “La Sabiduría de las Alturas nos ama y nos protege de todo mal. Ninguna desgracia nos sucederá mientras la Sabiduría vele por nosotros. Expulsadlo. Arrojadlo de aquí. ¡Que cargue con sus pecados y que se vaya!” Vocifera uno. Y otro rebuzna el golpe de gracia cuando ya lo han echado tras el muro y arrojado “sobre una pendiente pedregosa”, “con una violencia deliberada que hizo huir en desbandada a un rebaño de llamas”: “Y ahora te quedarás ahí, y te morirás de hambre”, “Tú y tu vista”. Sin embargo, paralela y subrepticia a la cólera de la testaruda e intolerante tribu, su enamorada Medina-saroté lo busca en solitario, y lo que le dice refleja aún más la carencia de empatía, la inflexibilidad y brutalidad de la horda de ciegos, pero también que ella cree a pie juntillas en el ancestral e inamovible dogma sagrado de la Sabiduría de las Alturas y que lo qué él afirma y augura sobre la inminencia del cataclismo que observan sus ojos son inventos y quimeras: “Ahora tienes que quedarte aquí”, “Tienes que quedarte aquí algún tiempo. Hasta que te arrepientas. Hasta que aprendas a arrepentirte. ¿Por qué te has comportado de una manera tan absurda? ¿Por qué has dicho esas horribles blasfemias? Tú no te das cuenta de lo que dices, pero ¿cómo quieres que ellos lo entiendan? Si vuelves ahora seguro te matarán. Te traeré de comer. Quédate aquí.”
     Sin embargo, Medina-saroté ya no puede regresar a su villorrio. La estridente y estruendosa destrucción de la aldea se sucede en un santiamén. Y cuando él dice “mira”, el sonido de esa hueca y horrible palabra es para ella “prueba irrefutable de que seguía enajenado”.
   
Ilustración de Clifford Webb
            Un par de días después de la catástrofe que sepultó para siempre al País de los Ciegos, unos cazadores rescataron a Medina-saroté y a Núñez. Se instalaron en Quito, con la familia de él (pese a que en la aldea siempre evocaba a Bogotá y no a Quito). Según la voz narrativa, tienen cuatro hijos que pueden ver. “Núñez es un negociante próspero y, sin el menor género de dudas, un hombre honrado”. Y Medina-saroté “habla español con un acento antiguo muy agradable al oído”, hace maravillosos trabajos de bordados y cestería, y no puede ni quiere perder su arcaica fe en la supuesta Sabiduría de las Alturas de sus ciegos ancestros, y por ende resulta lógico que diga: “No sabría qué hacer con vuestros colores y vuestras estrellas”. Pero lo que resulta un tanto falaz es cuando Medina-saroté, haciendo breves migas y secretas confesiones con la mujer del supuesto personaje que articula la voz narrativa, “habló un poco de su infancia en el valle y de la fe sencilla y de la felicidad de sus años de formación. Habló de todo ello con nostalgia manifiesta. Había sido una vida de costumbres placenteras, libre de cualquier complicación.” Pues además del violento, condenatorio y revulsivo cisma que en su conservador, endogámico y puritano villorrio resultó su noviazgo y deseo de casarse con el “tontorrón” de “Bogotá” (un extraño réprobo dizque “a medio formar”, jijo de la podredumbre o de las tontorronas piedras del octavo día), a ella la tenían por fea (la patita fea o la muñeca fea) y por eso nadie la pretendía ni se le paraba ni una mojigata y lujuriosa mosca. Según la voz narrativa, Medina-saroté “no era muy valorada en su mundo porque tenía un rostro bien definido, y le faltaba la suavidad lustrosa y satisfactoria que es el ideal de belleza femenina para los ciegos”. “Sus párpados, aunque cerrados, no estaban hundidos ni enrojecidos como era normal en el valle, sino que daban la sensación de que podrían abrirse en cualquier momento; y además tenía pestañas lo que se consideraba un defecto grave. Su voz, por otra parte, era fuerte, y no satisfacía las exigencias del desarrollado oído de sus posibles cortejantes. Así que no tenía novio.” 


Herbert George Wells, Los ojos de Davidson. Traducción de José Luis López Muñoz. Prólogo de Alberto Manguel. Colección Ars brevis número 11, Ediciones Atalanta. Barcelona, noviembre de 2006. 182 pp.


sábado, 1 de julio de 2017

Orlando

Una voz tratando de contestar a otra voz

I de V
Según el colofón, en “junio de 1999” se terminó de imprimir, en Barcelona, por Editorial Sudamericana, con sede en Buenos Aires, la edición de cinco mil ejemplares de Orlando, novela de Virginia Woolf (1882-1941), traducida por Jorge Luis Borges (1899-1986). Esto se hizo ex profeso para la Colección Diamante, serie especial de 24 libros con no desdeñable sobrecubierta, atractivas pastas duras y listón separador (pero con papel de baja calidad en las hojas), concebida para celebrar con bombo y platillo el 60 aniversario de la editora. En la página legal se dice que la “Primera edición” data de “Noviembre de 1946” y la “Cuarta edición especial” de “Septiembre de 1999” (pese a que el colofón dice otra cosa). Sin embargo, no se acredita que la edición original en inglés data de 1928 (con el título Orlando. A Biography se publicó en Londres por The Hogarth Press) ni que la traducción de Borges originalmente fue editada por Sur, en Buenos Aires, en 1937.
(The Hogarth Press, London, 1928)
  Adolfo Bioy Casares (1914-1999), en sus Memorias (Tusquets, Barcelona, 1994) —urdidas con la colaboración de Marcelo Pichon Rivière y Cristina Castro Cranwell—, alude su desapego por la obra de Virginia Woolf y sugiere la posibilidad de que la traducción de Orlando se deba a doña Leonor Acevedo de Borges, la madre del escritor: “De Virginia Woolf, admirada por mi madre y por Silvina [Ocampo], que se guiaban por sus gustos y no por las modas del momento, nunca tuve la suerte de leer un libro que me interesara; ni siquiera me gustó Orlando, del que Borges, a pesar de haberlo traducido (tiene que ser muy bueno un texto para merecer la aprobación de su traductor) hablaba con elogio. Desde luego, sospecho a veces que lo tradujo vicariamente, como dicen los ingleses. Esto es, por interpósita persona, su madre.”  
(Sur, Buenos Aires, 1937)
  Borges mismo no era ajeno a tal conjetura y lúdico rumor, pues en Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, Barcelona, 1999) —cuya versión original en inglés fue escrita con la colaboración de Norman Thomas di Govanni para The Aleph and other stories (Dutton, Nueva York, 1970)— dice: “Después de la muerte de mi padre [Jorge Guillermo Borges murió a los 64 años el 24 de febrero de 1938], al ver que no podía fijar su mente en lo que leía, se dedicó a traducir La comedia humana [1943], de William Saroyan, para de ese modo verse forzada a concentrarse. La traducción fue llevada a la imprenta, y mi madre recibió por ella el homenaje de una sociedad de armenios de Buenos Aires. Después tradujo algunos cuentos de Hawthorne y uno de los libros de Herbert Read sobre temas de arte, y también hizo algunas de las traducciones de Melville, Virginia Woolf y Faulkner que se consideran mías.” Sin embargo, además de que su memoria no es muy precisa, páginas adelante, al hablar de su mísero empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané (donde trabajó entre 1937 y 1946), dice sobre su labor de traductor: “Los fines de semana traducía a Faulkner y a Virginia Woolf.” Vale comentar, entre paréntesis, que su traducción de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, publicada en Buenos Aires, en 1944, por Sudamericana, es tan legendaria y célebre como su traducción de Orlando y que sobre ambas se rumora y sospechan las manos de doña Leonor. Y que en una respuesta titulada “El oficio de traducir”, publicada en Buenos Aires, en La Opinión Cultural el “domingo 21 de septiembre de 1975” y luego en el número 338-339 de la revista Sur, correspondiente a “enero-diciembre de 1976” y compilada en Borges en Sur 1931-1980 (Emecé, Buenos Aires, 1999), el escritor menosprecia su trabajo: “¿Si me gustó más traducir poesía que a Kafka o a Faulkner? Sí, mucho más. Traduje a Kafka y a Faulkner porque me había comprometido a hacerlo, no por placer. Traducir un cuento de un idioma a otro no produce gran satisfacción.”  
(Sudamericana, Buenos Aires, 1945)
  Por su parte, varios biógrafos de Borges (Marcos-Ricardo Barnatán, James Woodall, Alejandro Vaccaro), palabras más, palabras menos, aluden la colaboración de doña Leonor en la traducción de Orlando. No obstante, es el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal el que brinda más visos y matices sobre tal meollo. En este sentido, junto con Enrique Sacerio-Garí, en su papel de antólogo y editor de los Textos cautivos. Ensayos y reseñas en “El Hogar” (1936-1939) (Tusquets, Barcelona, 1986), seleccionó la “Biografía sintética” sobre Virginia Woolf publicada el “30 de octubre de 1936” en la revista El Hogar, donde Borges anotó: “En Orlando (1928) también hay la preocupación del tiempo. El héroe de esa novela originalísima —sin duda la más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de nuestra época— vive trescientos años y es, a ratos, un símbolo de Inglaterra y de su poesía en particular. La magia, la amargura y la felicidad colaboran en ese libro. Es además, un libro musical, no solamente por las virtudes eufónicas de su prosa, sino por la estructura misma de su composición, hecha de un número limitado de temas que regresan y se combinan.” Tal es la laudatoria reseña y perspectiva, que Borges ilustró sus palabras con la traducción adjunta de un breve pasaje del capítulo primero de Orlando, el cual se puede leer en Borges en El Hogar 1935-1958 (Emecé, Buenos Aires, 2000), libro donde Mercedes Rubio de Zocchi y Sara Luisa del Carril —las compiladoras de Borges en Sur— exhumaron y reunieron los textos no antologados por Emir Rodríguez Monegal y Enrique Sacerio-Garí. 
En Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos, con “Edición, introducción, prólogos y notas” de Emir Rodríguez Monegal, cuyo tiraje de diez ejemplares, editado en México por el FCE, “se terminó de imprimir el 30 de agosto de 1985”, el antólogo incluyó la “Biografía sintética” sobre Virginia Woolf publicada en El Hogar el “30 de octubre de 1936”, en cuya nota 27 dice de ella: “Con la misma fórmula de la biografía de Spengler (JLB 25), Borges presenta a sus lectores la vida y la obra de una escritora entonces muy poco conocida fuera de Inglaterra. Un año más tarde publicaría en Ediciones Sur una traducción de uno de ensayos, Un cuarto propio (1937), y de una de sus novelas, la biografía imaginaria de Orlando (1937). Al comentar esta última obra en su ‘Autobiografía’ [el citado Ensayo autobiográfico, póstumamente traducido al español por Aníbal González], Borges habría de afirmar que era obra de su madre. Es difícil de creer que ésta, por sí sola, pudiera haber redactado una versión que iguala, si no supera, la felicidad estilística del original. Tal vez Borges quería reconocer, de esta manera modesta, la ayuda que recibió de su madre en esta tarea. La iniciativa de traducir al español la obra de Virginia Woolf no es de Borges y pertenece enteramente a Victoria Ocampo, amiga y admiradora de la gran escritora inglesa.”
Emir Rodríguez Monegal y Jorge Luis Borges
  Curiosamente, en Borges. Una biografía literaria (FCE, México, marzo 15 de 1987; cinco mil ejemplares) —cuya primera edición en inglés data de 1978 y cuya traducción al español de Homero Alsina Thevenet (con modificaciones ex profesas del biógrafo) Emir Rodríguez Monegal ya no vio porque a los 64 años falleció de cáncer “el 14 de noviembre de 1985”— dice haber sabido de Borges al leer esa “Biografía sintética” sobre Virginia Woolf: “Fue en esa época cuando encontré por primera vez el nombre de Borges. Estaba leyendo El Hogar (30 de octubre de 1936) y hallé en la sección ‘Libros y autores extranjeros’ una pequeña biografía de Virginia Woolf, más una página de su Orlando, algunas reseñas sueltas —un libro de canciones del Mississippi, una novela policíaca de Ellery Queen, otra novela de Henry de Montherlant, una reedición sobre un estudio de los escritores neuróticos de Arvède Barine— y también una nota encabezada como ‘Vida literaria’, que era dedicada a Joyce e incluía una anécdota de su encuentro con Yeats. (Se citaba a Joyce diciendo a Yeats que era una pena no haberse encontrado antes, porque ‘ahora van a decir que usted ha sido influido por mí’.) En aquel momento yo tenía sólo quince años y fui rápidamente seducido por el ingenio de Borges, por su impecable estilo, por la vasta gama de sus lecturas. Desde El Hogar ascendí a Sur y rápidamente hice el rastreo de las librerías de Montevideo, buscando los libros de Borges. Encontré uno de los muchos ejemplares sin vender que habían quedado de Historia universal de la infamia (1935) y un ejemplar de Inquisiciones (1925) de segunda mano. Durante 1936 o 1937 esos libros no eran aún la pieza para coleccionistas que son actualmente.”
Y unas páginas adelante, luego de bosquejar las reseñas de cine que hizo Borges en los años 30, dice de las traducciones que a éste le solicitó Victoria Ocampo (1890-1979), la dueña y directora de la revista Sur
Victoria Ocampo
(1890-1979)
  “Si Victoria Ocampo necesitó ser persuadida de admitir en Sur las reseñas cinematográficas de Borges, estaba resuelta en cambio a que él hiciera la traducción de algunos autores que ella prefería. Encargó tres traducciones: Persephone de André Gide (que se publicó inicialmente en Sur y luego como fascículo separado de la misma revista, 1936), A Room of One’s Own (libro conocido como Un cuarto propio y también como Una habitación propia) de Virginia Woolf (publicado como fascículo, 1937) y el Orlando de la misma autora (1937). La escritora inglesa ya había sido presentada por Borges a los lectores de El hogar, con una breve biografía a la que agregó un fragmento de Orlando (30 de octubre de 1936). Al juzgar la novela subrayó su originalidad —‘sin duda la más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de nuestra época’— agregando: ‘La magia, la amargura y la felicidad colaboran en ese libro. Es además, un libro musical, no solamente por las virtudes eufónicas de su prosa, sino por la estructura misma de su composición, hecha de un número limitado de temas que regresan y se combinan’. La traducción se convertiría pronto en un modelo. Borges había conseguido mantener en español la cualidad musical de la prosa de Mrs. Woolf.
“Posteriormente, Borges intentó declinar la responsabilidad de esa traducción. Al escribir sobre las traducciones de inglés que hacía Madre, aduce en su autobiografía que ella fue la verdadera autora de las que se atribuyen a él, y menciona específicamente las de Melville, de Virginia Woolf y de William Faulkner (‘Autob.’, 1970, 207) ¿Un error de la memoria, una broma amistosa, un elogio filial? Es difícil decirlo. Lo probable es que Madre le haya ayudado con esas traducciones. Puede haber hecho un primer borrador. Pero el estilo en español es tan inequívocamente borgiano que a Madre le habría llevado años de dura tarea el imitarlo. Lo que cabe presumir con fundamento es que al ayudar a su hijo, ella se integró con su ya distinguido equipo de colaboradores.”
Borges dictándole a su madre
(Sobre el escritorio, un retrato de su padre) 
  Vale añadir que el propio Borges da fe de esto al decir en su Ensayo autobiográfico: “Ella siempre ha sido mi compañera —especialmente en los últimos años, cuando quedé ciego [en 1955]—, así como una amiga comprensiva y generosa. Durante muchos años, hasta hace poco, ella se ocupaba de todo mi trabajo secretarial, contestando cartas, leyéndome cosas, escribiendo lo que yo le dictaba, y también viajando conmigo en muchas ocasiones, dentro y fuera del país. Aunque nunca se me ocurrió pensarlo entonces, fue ella quien callada y afectivamente alentó mi carrera literaria.”
Resulta consecuente, entonces, la afectuosa y agradecida dedicatoria que preludia el tomo de sus Obras completas editado en 1974, en Buenos Aires, por Emecé —“un grueso volumen único encuadernado y en papel biblia” que doña Leonor conservó a un lado de su cama hasta el día de su muerte, en su habitación del departamento B del sexto piso de Maipú 994, a los 99 años, el 8 de julio de 1975. Firmada por “J.L.B.”, tal dedicatoria reza a la letra:
Doña Leonor y su hijo
  “A Leonor Acevedo de Borges
“Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos. Yo recibía los regalos y yo pensaba que no era más que un chico y que no había hecho nada, absolutamente nada, para merecerlos. Por su puesto, nunca lo dije; la niñez es tímida. Desde entonces me has dado tantas cosas y son tantos los años y los recuerdos. Padre, Norah, los abuelos, tu memoria y en ella la memoria de los mayores —los patios, los esclavos, el aguatero, la carga de los húsares del Perú y el oprobio de Rosas—, tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos, las mañanas del Paso del Molino, de Ginebra y de Austin, las compartidas claridades y sombras, tu fresca ancianidad, tu amor a Dickens y a Eςa de Queiróz, Madre, vos misma.
“Aquí estamos hablando los dos, et tout le reste est littérature, como escribió, con excelente literatura, Verlaine.”


II de V
Pese a su celebridad y a la laudatoria ponderación de Borges y Emir Rodríguez Monegal, Orlando, si bien es una novela magnética, no es una de las grandes obras de Virginia Woolf, alguna vez adaptada al cine en una homónima película de 1992, guionizada y dirigida por Sally Potter. Dedicada a la poeta y jardinera inglesa Vita Sackville-West (1892-1962), miembro del liberal y promiscuo Grupo de Bloomsbury, con quien la autora tuvo sonoros y legendarios vínculos lésbicos, la novela, un divertimento fantástico, se divide en seis capítulos en los que abunda el humor, el sarcasmo, la sátira, la parodia, y las superfluas y caprichosas digresiones. El subtítulo “Una biografía” no es casual, pues la voz narrativa, que dice ser el biógrafo de Orlando, a lo largo de las páginas hace patente su presencia con reflexiones y comentarios al lector; incluso en el capítulo 2 anota la fecha del día en que escribe: “primero de noviembre de 1927”. Y en el capítulo 6, en medio de una de sus lúdicas intervenciones alude la venta del libro por The Hogarth Press —la citada editorial londinense fundada en 1917 por Virginia y su esposo Leonard Woolf—, donde en la vida real, recién concluido, se publicó el 11 de octubre de 1928, según se lee en la “Cronología” de Virginia Woolf (Lumen, Barcelona, 2003), biografía de Quentin Bell, sobrino de la escritora, cuya primera edición en inglés data de 1972. Pero además, el jueves 11 de octubre de 1928 es el día en que termina la novela y la matusalena vida de Orlando, quien vivió, no 300 años como apunta Borges en su “Biografía sintética”, sino alrededor de 400 años; mas no convertido en un viejecito senil y vegetativo, sino transformado en una vital y pensativa fémina de tan sólo 36 años de edad, quien se casó dos veces (la primera como hombre y la segunda como mujer), tuvo un hijo, y escribió un reconocido y premiado poema.
Editorial Sudamericana, Colección Diamante, 4ª edición especial
Barcelona, 1999
En la foto: Virginia Woolf
(Sobrecubierta)
  Con una orientación cronológica, pero sin rigurosidad lógica ni temporal, y arbitriamente tomando de la historia y de la vida real personajes, nombres, lugares, hechos, objetos, inventos, novedades, usos, costumbres, prejuicios, atavismos, idiosincrasia, la novela inicia cuando Orlando es un jovencito de 16 años y vive en una enorme casa en el campo con 365 habitaciones, un noble y fastuoso palacete cuyas feudales latitudes conforman un pueblo. Ese día llega hasta allí la Reina Isabel —quien reinó Inglaterra 44 años, entre el 17 de noviembre de 1558 y el 24 de marzo de 1603. Con “su firma y sello en el pergamino”, la anciana monarca le sede al padre de Orlando “la gran casa monástica que había sido del Arzobispo y luego del Rey”; lo cual implica que ha elegido a Orlando (por su belleza) como su protegido y por ende, ya con 17 años, llega el día en que tiene que abandonar su pueblerina casa y comparecer en Whitehall, en Londres. La vieja soberana, dado que está enamorada de Orlando (en la real cama requerirá sus favores), “En el acto se arrancó su anillo del dedo (la coyuntura estaba un poco hinchada) y, al ajustárselo, lo nombró su Tesorero y Mayordomo; después le colgó las cadenas de su cargo y haciéndole doblar la rodilla, le ató en la parte más fina la enjoyada orden de la Jarretera. Después de eso nada le fue negado. Cuando ella salía en coche, él cabalgaba junto a la portezuela. Lo mandó a Escocia con una triste embajada a la desdichada Reina [...]”  
La Reina Isabel (Quentin Crisp) y Orlando (Tilda Swinton)
Fotograma de Orlando (1992), película basada en la novela
homónima de Virginia Woolf, guionizada y dirigida por Sally Potter
  Pero entre lo relevante del capítulo 1 (el mejor y el más trascendente en el decurso de la vida de Orlando), descuella el hecho de que en secreto escribe de manera profusa y compulsiva (incluso dramas en verso) y de que caminando solitario por el campo aledaño a su casona paterna, sube hasta la cima de un cerro desde donde otea el entorno geográfico de la Gran Bretaña (y aún más) y en donde hay una enorme encina bajo cuya fronda descansa, observa, medita y fantasea:

     
Orlando (Tilda Swinton)
Fotograma de Orlando (1992)
      “Había caminado muy ligero, trepando entre helechos y matas espinosas, espantando ciervos y pájaros silvestres, hasta un lugar coronado por una sola encina. Estaba muy alto, tan alto que desde ahí se divisaban diecinueve condados ingleses: y en los días claros, treinta o quizá cuarenta, si el aire estaba muy despejado. A veces era posible ver el Canal de la Mancha, cada ola repitiendo la anterior. Se veían ríos y barcos de recreo que lo navegaban; y galeones saliendo al mar; y flotas con penachos de humo de las que venía el ruido sordo de cañonazos; y ciudadelas en la costa; y castillos entre los prados; y aquí una atalaya, y allí una fortaleza; y otra vez alguna vasta mansión como la del padre de Orlando, agrupada como un pueblo en el valle circundado de murallas. Al este estaban las agujas de Londres y el humo de la ciudad; y tal vez, justo en la línea del cielo, cuando el viento soplaba del buen lado, la rocosa cumbre y los mellados filos de la misma Snowdon se destacaban montañosos entre las nubes. Por un instante, Orlando se quedó contando, mirando, reconociendo. Ésa era la casa de su padre, ésa la de su tío. Su tía era la dueña de esos tres grandes torreones entre los árboles. La maleza era de ellos y la selva; el faisán y el ciervo, el zorro, el hurón y la mariposa.
“Suspiró profundamente, y se arrojó —había una pasión en sus movimientos que justifica la palabra— en la tierra, al pie de la encina. Le gustaba, bajo toda esta fugacidad del verano, sentir el espinazo de la tierra bajo su cuerpo; porque eso le parecía la dura raíz de la encina; o siguiendo el vaivén de las imágenes, era el lomo de un gran caballo que montaba; o la cubierta de un barco dando tumbos —era, de veras, cualquier cosa, con tal de que fuera dura, porque él sentía la necesidad de algo a que amarrar su corazón que le tironeaba de costado; [...]”
Virginia Woolf y Vita Sackville-West
  Vale adelantar y resumir que de entre los manuscritos de Orlando sólo se salva y perdura hasta el final La Encina, poema que alude a The Land (La Tierra), poema narrativo de Vita Sackville-West publicado en 1927 y ese año merecedor del reputado Premio Hawthornden; y por tal guiño, y otros, más o menos translúcidos o crípticos, Nigel Nicolson, hijo de Vita, dice que la novela es una “larga y encantadora carta de amor”. (Entre tales guiños descuella la aventurera liberalidad bisexual de Orlando cuando en el siglo XVIII es mujer; o su casona en el campo, cuyo modelo es Knole House, la enorme y aristocrática casona en Sevenoacks, en el condado de Kent, al sureste de Inglaterra, con cerca de 400 años de abolengo, donde Vita nació; o su estancia en Constantinopla y la bailaora gitana con quien se casa siendo hombre, pues Vita vivió en Constantinopla con su marido Harold Nicolson y era nieta de Josefa Durán, una bailaora gitana nacida en Málaga).

   
Sasha (Charlotte Valandrey) y Orlando (Tilda Swinton)
Fotograma de Orlando  (1992)
       Escritos con su “antigua letra de colegial”, los primeros versos de
La Encina fueron redactados por Orlando en 1586; y durante más de 300 años estuvo trabajando en su escritura. Ya desterrado de la Corona —por cortejar, estando comprometido, a la Princesa Marusha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovich (Sasha para él) durante la coronación del Rey Jaime— y de nuevo en su casa en el campo, Orlando invita una temporada a Mr. Nicholas Greene de Clifford’s Inn (Nick Greene), un célebre escritor londinense que él admira y que se codea con las luminarias de la época isabelina. Pero el tipo resulta lenguaraz, vulgar, pedante y poco accesible, y por ende no puede hablar con él de lo que ha escrito, pese a que le otorga “una pensión de trescientas libras al año pagada trimestralmente” para que se consagre a “la Glor”; y sólo a la hora de marcharse le entrega, para que le dé su opinión, “su drama La muerte de Hércules” (que nunca recibe). Proclive a la soledad y al pesimismo (la inesperada y furtiva partida de Sasha rumbo a Rusia lo tornó escéptico ante la mujer, más aún si es extranjera), la lectura de la Visita a un noble en el campo, un panfleto que con mala leche Greene escribió sobre él, lo induce a decirse con misantropía: “he acabado ya con los hombres”. Y por ende, más o menos a sus 30 años de edad, “La noche que siguió a la lectura de la Visita a un noble en el campo hizo una conflagración de cincuenta y siete obras poéticas, de la que sólo se salvó La Encina, que era su ensueño juvenil y muy breve.” 
Cartel de la película Orlando (1992)
  No obstante, después de alrededor de 300 años de haber hablado con Nick Greene en su casona, cuando corren los albores del siglo XX, Orlando, entonces una noble y elegante dama con su aventurero marido batiéndose sin cesar en Cabo Hornos (quizá con “las velas hechas jirones” o “único sobreviviente en una balsa, con una galleta”), viaja por primera vez en ferrocarril de su casa en el campo a Londres en busca de editor para La Encina (que nunca ha dejado de escribir ni de llevar consigo oculto entre los senos), y se da la cósmica casualidad (¡oh casualidad!) de que caminando solitaria en la calle se encuentra nada menos que con Nick Green (a quien siempre ha pagado su pensión), pero convertido en Sir Nicholas, de unos 70 años, ahora “el crítico más respetado de la época victoriana”, quien la invita a comer en un “espléndido restaurante”. En la conversación con Sir Nicholas, dice el biógrafo, “Orlando padeció un desencanto inexplicable. Todos esos años había imaginado que la literatura —sírvanle de disculpa su reclusión, su rango y su sexo— era algo libre como el viento, cálido como el fuego, veloz como el rayo: algo inestable, imprescindible y abrupto, y he aquí que la literatura era un señor de edad vestido de gris hablando de duquesas. La desilusión fue tan grande que uno de los botones o broches que sujetaba la parte superior de su traje reventó y dejó caer sobre la mesa ‘La Encina’, un poema.” Sir Nicholas se empeña en llevarse tal manuscrito para hacerlo editar publicitado por él mismo. Cosa que hace casi ipso facto y luego La Encina logra “siete ediciones” y el “premio de Burdett-Coutts”. 
Y ese fatídico jueves 11 de octubre de 1928, otra vez en su casa en el campo, sale y a las “seis menos veintitrés” de la tarde va por “El camino de helechos [que] conducía, con muchas vueltas y revueltas, a la encina, que se levantaba en la cumbre. El árbol era más grande, más recio y más nudoso que cuando ello lo conoció, alrededor del año 1588, pero estaba aún en la plenitud de la vida. Las hojitas agudamente plegadas seguían agrietándose en las ramas espesamente. Tirada en el suelo, sintió los huesos del árbol abriéndose como costillas a un lado y otro. Le gustaba pensar que cabalgaba sobre el lomo del mundo [donde ese día morirá con ‘la campanada duodécima de la medianoche’]. Le gustaba asirse a algo duro. Al echarse, cayó del fondo de su chaqueta de cuero un librito cuadrado de tela roja —su poema ‘La Encina’. Debí traer una pala, reflexionó. La tierra era tan playa sobre las raíces, que era harto discutible que pudiera cumplir su propósito y enterrar el libro en ese lugar. Además, lo desenterrarían los perros. Esos actos simbólicos nunca tienen suerte, pensó. Quizá lo más prudente sería omitirlos. Tenía un breve discurso en la punta de la lengua, que había pensado pronunciar al enterrar el libro. (Era un ejemplar de la primera edición firmado por el autor y el ilustrador.) ‘Lo sepulto como un tributo’, estaba por decir, ‘una devolución a la tierra, de lo que la tierra me dio’, pero, ¡Dios mío!, en cuanto uno se pone a declamar palabras ¡qué tontas parecen! Recordó al viejo Greene, subiendo a una tribuna, el otro día, para compararla con Milton (salvo por la ceguera) y entregarle un cheque de doscientas guineas. Había pensado, entonces, en el roble aquí en su colina, y, ¿qué tendrá eso que ver con esto?, se había preguntado. ¿Qué tendrán que ver siete ediciones? (Ya el libro las había alcanzado.) ¿Escribir versos, no era acaso un acto secreto, una voz tratando de contestar a otra voz? De modo que toda esta charla y censura y elogio y ver personas que la admiran a una y ver personas que no la admiran a una, nada tiene que ver con la cosa misma: una voz tratando de contestar a otra voz. ¿Qué cosa más secreta, pensó, más lenta y más parecida a un diálogo de amantes, que la balbuceada respuesta que ella había dado todos esos años al antiguo canturreo de los bosques, a las granjas, a los caballos zainos esperando en el portón, cuello contra cuello, a la herrería y la cocina y los campos que tan laboriosamente producen trigo, nabos, pasto y al jardín trémulo de iris y de fritilarias?
“Dejó insepulto y descompaginado su libro, y miró el vasto panorama, diverso entonces como el fondo del mar, iluminado por el sol y manchado de sombras. Había una aldea, con su campanario entre los álamos; una mansión abovedada y gris en un parque; una chispa de luz en un invernáculo; un corral con parvas amarillas [...]”


III de V
Uno de los episodios más lúdicos y divertidos de la novela ocurre cuando el protagonista conoce y galantea a Sasha. Es el tiempo de la Gran Helada y de la regia coronación del Rey Jaime. Orlando, quien bajo la monarquía y la anuencia de la Reina Isabel llevó una doble vida que le permitía, camuflado, incursionar entre la “gente baja” y conocer “hombres de letras” en tabernas y mujeres (incluso en la antesala de los aposentos reales), aún es un privilegiado en la Corte y con todas las reglas de la escriturada ley y de las escrituradas dotes está comprometido con Lady Margaret O’Brien O’Dare O’Reilly Tryconnel (Euphrosyna para él y en sus sonetos), quien “lucía en el segundo dedo de la mano izquierda el espléndido zafiro de Orlando”. Pero el arribo de la Princesa Sasha en el barco de la Embajada Moscovita, presente para las fiestas, el baile y la ceremonia de la coronación del Rey Jaime, da al traste con esos planes y a la postre lo convierte en un desterrado de la Corte. Sasha, con su belleza andrógina y puntillosa labia, ejerce en Orlando una fascinación que lo hechiza al verla por primera vez patinando sobre el hielo y cuyo enamoramiento parece recíproco, pues ella le corresponde yendo a pasear con él y con besos y apapachos. No obstante, sin creer lo que sus ojos ven, en la bodega del barco de la Embajada Moscovita, la descubre en las rodillas de un marinero, pese a que ella es una supuesta Romanovich de sangre azul: “la vio inclinarse hacia él; los vio abrazarse antes que se borrara la luz en la nube roja de su rabia”. Y es algo más que un “vulgar marinero”; se trata de un gigantesco leviatán: un “peludo monstruo marino. El hombre era descomunal; descalzo tenía más de seis pies de estatura; llevaba en las orejas aros ordinarios de alambre; y parecía un caballo de carro en el que se hubiera posado un gorrión.” Así que luego de un arranque de violencia y de un súbito desmayo por la impresión, Orlando se disculpa ante las explicaciones de ella y todo parece ir de nuevo sobre ruedas. De modo que acuerdan su huida: “A la medianoche se encontrarían en un mesón cerca de Blackfriars. Había caballos apostados. Todo estaba listo para la fuga. Así que se despidieron, ella a su tienda, él a la suya. Faltaba todavía una hora.”
Orlando (Tilda Swinton) y Sasha (Charlotte Valandrey)
Fotograma de Orlando (1992)
  Orlando, bajo la lluvia, espera allí “hasta que el reloj de San Pablo marcó la dos”; pues Sasha no llega y entonces parte “al galope sin saber adónde”. Y al amanecer, al unísono de los desastres que produce el deshielo de la Gran Helada, él va al galope por las orillas del Támesis hasta la dársena, donde, buscando el navío ruso entre las embarcaciones de las otras embajadas que asistieron a la ceremonia de la coronación del Rey Jaime, ve, con su telescópica mirada del halcón, que a la distancia “El barco de la Embajada moscovita salía mar afuera”, sin que él haya dilucidado si la Princesa Sasha era hija del embajador o su casquivana amante.
Si bien la desafortunada experiencia con Sasha marca el decurso inmediato y posterior de la vida de Orlando, vale el privilegio de transcribir y visualizar un pasaje que ilustra el deshielo de la Gran Helada —y el poder narrativo de Virginia Woolf (quien el 28 de marzo de 1941 se suicidaría ahogándose en el río Ouse)—, que es uno de los momentos más dramáticos y visuales de la novela:
Virginia Woolf
(1882-1941)
Foto incluida en Orlando (Sudamericana, 1999)
  “Algún instinto ciego, porque era ya incapaz de razonar, debió inducirlo a tomar la margen del río en dirección al mar. Porque al romper el alba, lo que sucedió con inusitada rapidez, cuando el cielo era de un amarillo pálido y casi había cesado la lluvia, se encontró en las orillas del Támesis más allá de Wapping. Un espectáculo extraordinario se ofreció a sus ojos. Ahí, donde por tres meses y más hubo hielo tan sólido y tan macizo que parecía permanente como piedra, y toda una alegre ciudad se edificó sobre él, corría ahora un turbulento torrente de aguas amarillas. Era como si una fuente de azufre (opinión que favorecieron muchos filósofos) hubiera reventado el hielo con tal vehemencia que barría y apartaba furiosamente los fragmentos enormes. Daba vértigo la sola vista del agua. Todo era caos y confusión. El río estaba sembrado de témpanos. Algunos eran amplios como una cancha y altos como una casa; otros no eran mayores que un sombrero de hombre, pero fantásticamente retorcidos. Ora descendía todo un convoy de bloques de hielo hundiendo cuanto le estorbaba el camino. Ora, arremolinándose y retorciéndose como una serpiente torturada, el río parecía lastimarse entre los fragmentos, y los empujaba de orilla a orilla, hasta deshacerlos contra los arcos y los pilares. Pero lo más horrendo era el espectáculo de los hombres atrapados de noche, que ahora recorrían sus islas zigzagueantes y precarias en la última angustia. Que se arrojaran al torrente o se quedaran en el hielo, su destino era inevitable. A veces un montón de esos pobres seres desfilaban juntos, algunos de rodillas, otros amamantando a sus hijos. Un anciano parecía leer en voz alta un libro sagrado. Otras veces, y su suerte quizás era la más terrible, un desdichado recorría su estrecho alojamiento sin compañero. Al ser barridos mar afuera, algunos vanamente pedían socorro, jurando locas promesas de enmienda, confesando sus pecados y ofreciendo altares y bienes si Dios oía sus ruegos. Oros estaban tan aterrados que permanecían quietos y mudos mirando fijamente ante sí. Una cuadrilla de aguateros o postillones, a juzgar por sus uniformes, vociferaban en coro los más obscenos cantos de taberna, como un desafío, y se estrellaron contra un árbol y se hundieron con blasfemias en los labios. Un viejo noble —como lo proclamaba su traje con pieles y su cadena de oro— se hundió no lejos del lugar donde estaba Orlando, invocando venganza sobre los rebeldes irlandeses, quienes, dijo con su último aliento, habían tramado esa satánica maldad. Muchos perecieron apretando un jarro de plata contra su pecho o algún otro tesoro; y no menos de una docena de pobres diablos se ahogaron por su propia codicia, arrojándose a la corriente para no perder una copa de oro o permitir la desaparición de un abrigo de pieles. Porque los témpanos arrastraban muebles, valores, objetos de todas clases. Entre esos espectáculos extraños se vio una gata amamantando su cría; una mesa puesta suntuosamente para veinte cubiertos; una pareja en cama; y una extraordinaria cantidad de utensilios de cocina.
“Aterrado y atónito, Orlando no pudo hacer otra cosa que mirar las aguas que se desencadenaban a sus pies. Al fin, como recobrándose, espoleó su caballo y corrió a lo largo del río en dirección al mar. Doblando una curva llegó al sitio donde hacía menos de dos días los buques de los Embajadores parecían anclados para siempre. Los contó con apuro: el francés, el español, el austríaco, el turco. Todos estaban a flote, aunque el navío francés había roto sus amarraras, y el turco tenía un gran rumbo en el costado y estaba llenándose de agua. Pero el buque ruso no se vía por ninguna parte. Por un instante Orlando creyó que había naufragado; pero elevándose en los estribos y sombreando sus ojos, que tenían la vista del halcón, alcanzó a distinguir en el horizonte la forma de un navío. Las águilas negras volaban en el palo mayor. El barco de la Embajada moscovita salía mar afuera.
“Se arrojó enfurecido del caballo, como para acometer el torrente. Con el agua hasta las rodillas, descargó contra la infiel todas las injurias que se han destinado siempre a su sexo. Perjura, voluble, inconstante, dijo; demonio, adúltera, felona; y el remolino recibió sus palabras y dejó a sus pies una vasija rota y una pajita.”


IV de V
Otro de los momentos más llamativos de la novela, tanto como la longevidad del protagonista, es su conversión en mujer. Desterrado de la Corte y refugiado en su casa en el campo, Orlando, cierto día que agrega algún verso a La Encina, ve que lo acecha una sombra, “una dama altísima con caperuza y manto”. Se trata de “la Archiduquesa Enriqueta Griselda de Finster-Aarhorn y Scandop-Boom en el territorio rumano”, quien para cortejarlo se hospeda cerca: “en casa del panadero”. Pero como él no tolera “el buitre Lujuria” encarnado en una mujer y mucho menos en una extranjera, le pide al Rey Carlos que lo nombre “Embajador extraordinario en Constantinopla”.
Editorial Sudamericana, Colección Diamante, 4ª edición especial
Barcelona, 1999
(Portada)
  En Constantinopla, según reporta el biógrafo con grandes lagunas, el desempeño de Orlando como Embajador al servicio de Su Majestad fue tal que en la Embajada británica, con solemne ceremonia presidida por “Sir Adrian Scrope, con uniforme de gala de Almirante Británico”, le impuso “el Collar de la Nobilísima Orden del Baño y prendió la Estrella en su pecho; y después otro caballero del cuerpo diplomático se adelantó con dignidad y echó sobre sus hombros el manto ducal, y le entregó, en un almohadón carmesí, la corona ducal”. Pero la celebración de su Ducado se transforma en una turbia y oscura francachela signada por el profundo sueño en que cae y por la rebelión de los turcos contra el Sultán, lo cual precede su temporal huida y exilio, en territorio turco, con una tribu de gitanos nómadas. Según el biógrafo:
“Al día siguiente los secretarios del Duque (como debemos llamarlo ahora) lo hallaron profundamente dormido y la ropa de cama toda revuelta. Se notaba cierto desorden: la corona tirada por el suelo, el Manto y la Liga en un montón sobre una silla. La mesa estaba llena de papeles. Nada sospecharon al comienzo, pues las fatigas de la noche habían sido grandes. Pero como al llegar la tarde seguía durmiendo, mandaron buscar un médico. Aplicó los remedios que se habían ensayado la otra vez —emplastos, ortigas, eméticos— pero sin éxito. Orlando seguía durmiendo. Los secretarios creyeron su deber examinar los papeles sobre la mesa. Muchos estaban borrados de versos, que aludían con frecuencia a una encina. Había también algunos documentos oficiales y otros de carácter particular sobre el manejo de sus propiedades en Inglaterra. Pero al fin dieron con un documento mucho más significativo. Era nada menos que un acta de matrimonio, asentada, firmada y autorizada por testigos entre su Señoría Orlando, Caballero de la Jarretera, etc., etc., etc., y Rosina Pepita, bailarina, hija de padre desconocido, pero que se supone gitano, y de madre también desconocida, pero que se supone vendedora de fierro viejo en el mercado frente al Puente de Gálata. Los secretarios se miraron consternados. Orlando seguía durmiendo. Día y noche lo velaron, pero sólo daban señales de vida su respiración regular y el profundo carmín de sus mejillas. Cuanto la ciencia o el ingenio pudieron idear para despertarlo, se hizo; pero seguía durmiendo. El séptimo día de su letargo (jueves, 10 de mayo) se disparó el primer tiro de esa terrible y sangrienta insurrección cuyos primeros síntomas recogió el Teniente Brigge. Los turcos se rebelaron contra el Sultán, prendieron fuego a la ciudad y degollaron o acabaron a azotes a cuanto extranjero encontraron. Algunos ingleses lograron escapar; pero, como era de esperarse, los caballeros de la Embajada Británica prefirieron morir en defensa de sus valijas coloradas, o en caso extremo, tragarse los manojos de llaves antes que dejarlos en manos del Infiel. Los revoltosos irrumpieron en el cuarto de Orlando, pero suponiéndolo muerto lo dejaron intacto y sólo le robaron su corona y las insignias de la Jarretera.”
“Angelica Garnett, sobrina de Virginia, caracterizada como
Orlando, para ilustrar la primera edición de la novela.

Foto en Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus, 2012),
biografía de Irene Chikiar Bauer.
  Así, a semejanza de un milenario cuento de hadas y de aventuras, pero sin mediar ningún brujeril encantamiento ni el beso de un príncipe enamorado de un bello durmiente, Orlando, tras ese tranquilo sueño de siete días se despertó convertido, no en cucaracha, sino en mujer. Para decirlo con el biógrafo: 
Bástenos formular el hecho directo: Orlando fue varón hasta los treinta años; entonces se volvió mujer” y siguió siéndolo hasta el fin de sus días terrenales.



V de V
Fotograma de Orlando (1992)
No pocas veces Virginia Woolf ha sido enarbolada como paladín de la causa feminista. A lo largo de la novela, sin que su objetivo implique una reivindicación a ultranza, se leen dispersas alusiones que refieren el lugar secundario y menoscabado que el ancestral, atávico e idiosincrásico entorno falocéntrico occidental suele endilgarle a la mujer en sus diversos roles domésticos y sociales, y no sólo en los relativos al intelecto y al arte. En este sentido, al bosquejar cierta sátira sobre el estereotipo de escritor consagrado en el siglo XVIII (“el genio, divino como es y adorable, suele alojarse en las envolturas más sórdidas”), con cuyas luminarias ella suele reunirse, el biógrafo saca a colación (y salpimenta con añadidos) el concepto de la mujer que Lord Chesterfield (un arquetipo de la época) le confía “a su hijo [quizá en una carta] bajo el más estricto secreto: ‘Las mujeres no son más que niños grandes... El hombre inteligente sólo se distrae con ellas, juega con ellas, procura no contradecirlas y las adula.’ Como los niños invariablemente oyen lo que no deben y a veces llegan a ser grandes [...] Una mujer sabe muy bien que por más que un escritor le envíe sus poemas, elogie su criterio, solicite su opinión y beba su té, eso no quiere absolutamente decir que respete sus juicios, admire su entendimiento, o dejará, aunque le esté negado el acero, de traspasarla con su pluma. Todo eso, por despacio que lo digamos, es cosa sabida”.
Fotograma de Orlando (1992)
  No obstante y por ello, con una íntima rebeldía y cierta iconoclasia, Orlando, que es mujer, durante el siglo XVIII lleva una subterránea vida licenciosa y aventurera, incluso con prostitutas, pues vestido de hombre o vestido de mujer goza del sexo femenino y del sexo masculino.
Fotograma de Orlando (1992)
  Pero el amor de su matusalena vida no fue la idealizada Sasha ni la efímera Rosina Pepita ni ninguno de esos amores nocturnos y clandestinos, sino el aristócrata y ricachón navegante Marmaduke Bonthrop Shelmerdine Esquire, con quien se casa y tiene un hijo. Quien pese a su ruinoso castillo en Las Hébridas, la mayor parte del tiempo se la pasa, aún después de casarse con ella (que se queda sola), aventurándose en “el Cabo de Hornos en pleno huracán. El barco solía quedar sin un mástil; las velas hechas jirones (tuvo que arrancarle esa confesión). A veces el buque se había hundido, y él había quedado como único sobreviviente en una balsa, con una galleta.” Pero hubo entre ambos tal rápida comprensión y empatía que en la conversación él le preguntaba a ella: “¿Estás segura de no ser un hombre?” Y ella a él: “¿Será posible que no seas una mujer?” De modo que la frase: “las galletas tocaban a su fin”, en su mutuo entendimiento significa la ambrosía: “besar una negra en el oscuro”. El biógrafo lo reporta así, luego de glosar la estrategia y el vaivén de la repetitiva e incesante aventura de Marmaduke en Cabo de Hornos: 
Orlando (Tilda Swinton) y Marmaduke (Billy Zane)
Fotograma de Orlando (1992)
  “‘Aquí está el norte’, le decía. ‘Ahí está el sur. El viento sopla más o menos de aquí. El bergantín navega hacia el oeste; acabamos de arriar la vela de mesana; y ya vez, aquí, donde está ese pastito, entra la corriente que encontrarás marcada. ¿Dónde están el mapa y la caja de compases, contramaestre? ¡Ah! gracias, ahí donde está el caracol. La corriente lo toma por estribor, de suerte que debemos aparejar el foque o nos arrastrará a babor, que es donde está esa hoja de haya, porque comprenderás, querida’, y de ese modo proseguía, y ella escuchaba cada palabra, interpretándola correctamente, hasta llegar a ver, sin que tuviera él que decírselo, la fosforescencia en las olas, el hielo crujiendo en los obenques; cómo subió a la punta del mástil, en un vendaval; cómo volvió a bajar, tomó un whisky con soda, bajó a tierra; fue atrapado por un negra, se arrepintió, discutió el asunto, leyó a Pascal, determinó escribir filosofía, se compró un mono, especuló sobre el verdadero fin de la vida, se resolvió a favor del Cabo de Hornos, etcétera, etcétera. Todas estas cosas y miles de otras ella las adivinó, y así, cuando ella contestaba: ‘Sí, las negras son de lo más atrayente, ¿no es verdad?’ a dato de que la provisión de galleta tocaba a su fin, Bonthrop se quedaba encantado y sorprendido de que ella lo interpretara tan bien.
“‘¿Estás segura de no ser un hombre?’, le preguntaba ansiosamente, y ella repetía como en un eco: 
“‘¿Será posible que no seas una mujer?’, y acto continuo hacían la prueba. Pues cada uno de los dos se asombraba tanto de la rápida simpatía del otro, y sentía como una revelación que una mujer pudiera ser tan tolerante y tan libre en su manera de hablar como un hombre, y un hombre tan extraño y tan sutil como una mujer, que en seguida tenían que hacer la prueba.
“Y así seguían conversando, o más bien comprendiendo; operación que constituye el arte principal del lenguaje en un tiempo cuyas palabras ralean diariamente de tal modo comparadas con las ideas, que la frase ‘las galletas tocaban a su fin’ suele significar: besar una negra en el oscuro, cuando uno acaba de leer por décima vez las obras filosóficas del Obispo Berkeley.”

Virginia Woolf, Orlando. Traducción del inglés al español de Jorge Luis Borges. Colección Diamante, Editorial Sudamericana. 4ª edición especial. Barcelona, 1999. 240 pp.  



*********
Enlace a un trailer de Orlando (1992), filme guionizado y dirigido por Sally Potter, basado en la novela homónima de Virginia Woolf.
Enlace a vídeo sobre Orlando (1992), película dirigida por Sally Potter, basada en la novela homónima de Virginia Woolf.