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jueves, 8 de marzo de 2018

Historias de mujeres




Entre evanescentes costillas

En Historias de mujeres, cuya primera edición en Alfaguara data de noviembre de 1995, la española Rosa Montero (Madrid, enero 5 de 1951), periodista y narradora, ha reunido una serie de esbozos biográficos o retratos de mujeres, previamente publicados por entregas en El País Semanal, revista de El País, periódico de España que circula en la Ciudad de México y en algunos puntos de la provincia mexicana, como es el caso de Xalapa, capital del estado de Veracruz. Si la revista limitó la extensión de sus escritos, en el libro fueron ampliados, pero la iconografía, rica y a color en las primeras versiones, se constriñó, en blanco y negro, a una página por texto. 
(Alfaguara, 5ª ed., Madrid, 1996)
Rosa Montero
      Enmarcados por un prólogo y un epílogo, Rosa Montero, con afán sintético, boceta en 15 ensayos la vida y obra de Agatha Christie, Mary Wollstonecraft, Zenobia Camprubí, Simone de Beauvoir, Lady Ottoline Morrell, Alma Mahler, María Lejárraga, Laura Riding, George Sand, Isabelle Eberhardt, Frida Kahlo, Aurora y Hildegart Rodríguez, Margaret Mead, Camille Claudel, y las hermanas Brontë. Si en todas estas historias se da por supuesto que hay un trasfondo de documentada investigación (de ahí la bibliografía al pie de cada texto, entre los párrafos e incluso al pie del prólogo), también es cierto que a través de los sesgos subjetivos de la autora sus bocetos se leen como cuentos, sin duda aderezados con buenas dosis de leyenda, chisme y mitificación, pero sobre todo por su amenidad para matizar y narrar. Por ejemplo, de Margaret Mead (1901-1978), controvertida antropóloga que revolucionó su especialidad, dice: “Desde que en 1960 se rompiera una pierna, Margaret llevaba siempre consigo una larga horquilla de castaño. Viéndola en las fotos de esa época, redonda y pigmea hasta lo inverosímil y blandiendo su primitiva vara, la antropóloga parece un personaje de cuento de hadas: un gnomo, una bruja gruñona pero bondadosa, una hechicera arcaica. Una criatura no del todo humana, en cualquier caso, a medio camino entre el chiste y la leyenda.” De María Lejárraga (1874-1974), otro ejemplo, que fue la fiel y cornuda esposa de un famoso dramaturgo español de principios del siglo XX y a quien ella le escribía los libretos, ensayos y artículos que él firmaba y explotaba, apunta: “A los veintitrés años se echó su primero y último novio: Gregorio Martínez Sierra, el hijo de un vecino, un renacuajo de diecisiete años raquítico y tuberculoso (cinco de sus hermanos murieron del bacilo), un chico feísimo, él sí, cabezón, sin barbilla, las orejas desparramadas y todo el aspecto de un ratón. Pero le gustaba el teatro, y escribir poemas, y la literatura.”
Margaret Mead
María Lejárraga
      Pero también Rosa Montero, de manera intextricable, vierte una serie de datos y reflexiones de índole feminista (antifalocéntricas, pero no androfóbicas), un conjunto de bosquejos históricos y reivindicatorios de la situación y del papel de la mujer a través del tiempo y de la historia, a lo que se añade una serie de personales puntualizaciones que dan indicios de sus perspectivas e idiosincrasia. Por ejemplo, en un momento dice: “¿Quién podría hoy creer, en su sano juicio, que la literatura sirva para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo?” O en otro: “el amor, en cualquier caso, consiste en cegarse ante el engaño y en ver al otro no como en realidad es, sino como dice ser, en su representación (igual que una actriz, igual que un actor) del papel que le adjudican nuestros deseos.” Esto ocurre en el prólogo y en el epílogo, en los textos donde habla de mujeres destacadas capaces de ser ellas mismas y contra viento y marea, como son los polémicos y legendarios casos de Agatha Christie, Simone de Beauvoir, George Sand, Margaret Mead, Frida Kahlo y Mary Wollstonecraft. 
Agatha Christie
Simone de Beauvoir
George Sand
Frida Kahlo
Foto: Manuel Álvarez Bravo
Mary Wollstonecraft
Isabelle Eberhardt
Zenobia Campubrí
Zenobia Campubrí y Juan Ramón Jiménez
Laura Riding
Camille Claudell
Lady Ottoline Morrell
Emily Brontë
Las hermanas Brontë
Alma Mahler
   Y desde luego, en los casos de las singulares mujeres cuyos destinos resultaron truncos, dolorosos y trágicos; tal es caso de la citada María Lejárraga; el de Isabelle Eberhardt (1877-1904), políglota de ascendencia rusa, incipiente escritora, musulmana conversa en busca de su fanático martirio, de equívocas y oscuras actividades en el norte de África, muerta en la miseria y con el cuerpo roído por la sífilis y el paludismo; el de Zenobia Camprubí (1887-1956), la mujer y musa de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), capaz de anularse a sí misma con tal de cumplir con las manías, caprichos y mezquindades de su dueño y señor; el de Frida Kahlo (1907-1954), sorprendida en 1918 por “un golpe en el pie derecho que le causa una atrofia ligera” y por la polio que la arroja a la cama durante nueve meses, y más tarde por el legendario accidente de 1925 y su larga, torturante y complicada secuela; el de Mary Wollstonecraft (1759-1797), narradora, demócrata, liberal y feminista enfrentada a las discriminaciones y miserias antepuestas por los atavismos sociales y machistas de su tiempo, quien antes de morir dio a luz a Mary Shelley (1797-1851), la famosa autora de Frankenstein (1816); el de Hidelgart Rodríguez (1915-1933), niña prodigio educada y asesinada de tres balazos por Aurora (1880-1955), su megalomaniaca y posesiva madre, cuyo patético declive, en la cárcel y en el manicomio (donde estuvo entre 1935 hasta su muerte), la autora también bosqueja; el de Laura Riding (1901-1991), cuyo delirio de bruja y sibila sedujo y arrastró a una cohorte de diocesillos bajunos (“escritores, pintores, fotógrafos”), entre ellos Robert Graves (1895-1985), quien le sirvió de perro y fiel lacayo en la legendaria casita de Deyá, en la isla de Mallorca (“le llevaba todos los días el desayuno a la cama, le liaba los cigarrillos, le hacía los recados, la inundaba de regalos”), pero a la que no obstante le dedicó La Diosa Blanca (1948), dizque inspirado en ella, diciendo en el epílogo: “Ningún poeta adquiere conciencia de la Musa sino por medio de su experiencia con una mujer en la que la Diosa reside hasta cierto punto”; el de Camille Claudel (1864-1943), hermana de Paul Claudel (1868-1955), siempre a la sombra de Auguste Rodin (1840-1917), confinada a la pobreza, a la pérdida y dispersión de su obra escultórica, a la falta de reconocimiento, al olvido y al manicomio durante 30 años, donde murió; el de Lady Ottoline Morrell (1873-1937), anacrónica y dieciochesca mecenas cercana no sólo al grupo de Bloomsbury, mal entendida y despreciada por sus agraciados y coterráneos, pese a la devoción de Bertrand Russell (“fue fundamental para la vida y obra del premio Nobel”), quien terminó solitaria, con su fortuna extinguida, y el rostro desfigurado tras una torpe operación de un cáncer en la cara que le descubrieron a los 55 años; el de Emily Brontë (1817-1848) y su novela Cumbres borrascosas (1847), destinada, por los siglos de los siglos, a atrer mil y un lectores de todos los calibres e idiomas, y por extensión a la lectura y relectura de la vida, obra y avatares de los miembros de su familia; el de Alma Mahler (1879-1964), que se negó por siempre jamás como pianista y compositora ante las obtusas exigencias de Gustav Mahler (1860-1911), su marido durante una década (de 1901 hasta la muerte de éste): “...¿Cómo te imaginas la vida matrimonial de un hombre y una mujer que son los dos compositores?”, le pregunta Gustav Mahler en el fragmentario fragmento de una carta de antología que contiene una serie de risibles y obsolescentes “razones” que Rosa Montero, con exultante espíritu crítico y deportivo, discute y combate una y otra vez a lo largo del libro: “¿Tienes alguna idea de lo ridícula y, con el tiempo, lo degradante que llegaría a ser inevitablemente para nosotros dos una relación tan competitiva como ésa? ¿Qué va a ocurrir si, justo cuando te llega la inspiración, te ves obligada a atender la casa o cualquier quehacer que se presentara, dado que, como tú has escrito, quisieras evitarme las menudencias de la vida cotidiana? ¿Significaría la destrucción de tu vida [...] si tuvieras que renunciar a tu música por completo a cambio de poseerme y de ser mía? [...] Tú no debes tener más que una sola profesión: la de hacerme feliz. Tienes que renunciar a todo eso que es superficial (todo lo que concierne a tu personalidad y tu trabajo). Debes entregarte a mí sin condiciones, debes someter tu vida futura en todos sus detalles a mis deseos y necesidades, y no debes desear nada más que mi amor.”
Rosa Montero


Rosa Montero, Historias de mujeres. Iconografía en blanco y negro. Extra Alfaguara. 5ª edición. Madrid, abril de 1996. 248 pp.


sábado, 1 de julio de 2017

Éramos unos niños




Tenía uno de los caballos ganadores

                                   
I de II
Nacida el 30 de diciembre de 1946 en el North Side de Chicago, Patti Smith, fuera de los Estados Unidos, es conocida sobre todo por su faceta de cantante de rock desde que empezó a hacer boom después de su primer elepé: Horses (1975). Pero también es poeta, compositora y artista gráfica. En su país, su libro de memorias en inglés Just Kids apareció el 19 de enero de 2010 editado por Ecco; y con traducción al español de Rosa Pérez y el título Éramos unos niños, Random House Mondadori lo publicó en España en junio de 2010 y en México en abril de 2012 con el sello de Lumen. En sus notas preliminares y en los postreros “Agradecimientos”, Patti Smith deja claro que sus memorias giran en torno a su entrañable vínculo con Robert Mapplethorpe, el controvertido fotógrafo nacido en Nueva York el 4 de noviembre de 1946, muerto por el SIDA, a los 42 años, el 9 de marzo de 1989, cuya biografía ha sido crítica y minuciosamente expuesta por Patricia Morrisroe en un volumen publicado en inglés en 1995 y en español en 1996 por Circe Ediciones, con traducción de Gian Castelli Gair.
Patti Smith y Robert Mapplethorpe en la portada de Just Kids
(Ecco, 2010)
  Ilustrado con 3 dibujos y 27 fotografías en blanco y negro (reproducidas con baja resolución), Éramos unos niños está dividido en cinco capítulos. Patti Smith alude un diario que dejó de llevar poco después de que a fines de septiembre de 1986 se enterara de que Robert Mapplethorpe padecía de SIDA; es posible que dicho diario haya incidido en el ejercicio mnemónico y cronológico que implicó hilar las anécdotas, los datos y fechas que conforman su libro. Pero inextricable a ello se advierte que no en vano pasó el tiempo: sus memorias, ineludiblemente parciales y no exhaustivas, están matizadas y maceradas por la perspectiva y el cedazo, no de una chavala roquera y lectora (con aspiraciones de poeta y artista gráfica) que en el entorno neoyorquino busca afirmase a sí misma entre 1967 y 1979, sino de una mujer culta, serena y creyente que, casi a cada paso de sus recuerdos y relatos, recurre a la cita de un libro, de una película, de un disco, de un músico, de un escritor, de un pintor, de una obra de arte, de una fecha, de un dato histórico, etcétera. De tal modo que tales cultivados condimentos son los que le dan sabor, contraste, sustancia y sustento.

Robert Mapplethorpe y Patti Smith en la portada de
Éramos unos niños (Lumen, 2012)
  Pese a que el punto gravitacional de Éramos unos niños es su relación con Robert Mapplethorpe, sus memorias, narradas en primera persona, mucho tienen de autobiografía y por ende ella es la protagonista. “Nacidos en lunes”, el título del primer capítulo alude la coincidencia de que ambos nacieron un lunes de 1946: Robert de principios de noviembre y Patti de fines de diciembre. Además de las anécdotas personales y sobre la infancia de ambos, tal capítulo casi concluye con el relato de su embarazo, no premeditado, a sus 19 años (fines del verano de 1966) y el hecho de que dio el bebé en adopción. Tal episodio, con su cariz traumático, a mediados de 1967 marca su ida (no huida) de su casa familiar en Nuera Jersey rumbo a Nueva York, donde busca empleo y ser autosuficiente, y donde en torno a la muerte de John Coltrane (murió el 17 de julio de 1967) y otros hechos, conoce a Robert. 

John Colttrane
   
Patti Smith de niña

      “Unos niños”, el segundo capítulo, se denomina así (y por ende el libro) por un incidente sucedido en el otoño de 1967 cuando ambos, ataviados con su “ropa preferida” (“yo con mis sandalias beatnik y mis pañuelos deshilachados, y Robert con sus collares de cuentas y su chaleco de piel de carnero”), pasaron la tarde vagando por Washington Square y la mujer de “un matrimonio maduro”, al ver su facha de “artistas”, le pidió a su marido que les tomara una foto, quien apostrofó: “Solo son unos niños.” Vale objetar que tal calificativo exagera, pues eran unos jóvenes de 20 años que eran pareja y vivían juntos y que Robert ya consumía LSD. Precisamente viajaba en ácido el día del verano de 1967 que se hicieron amigos cuando inesperadamente él la rescató de las garras de un galancete (dizque escritor) que la había invitado a cenar y al parque de Tompkins Square. Por esas coincidencias y premoniciones que signan su libro, Patti Smith, que era cajera de una librería Bretano’s, previamente lo había conocido cuando él compró “un modesto collar de Persia”, el favorito de ella, quien al dárselo le dijo: “No se lo regales a ninguna chica que no sea yo”. El día de tal rescate, luego de un largo paseo, cuando ya era de madrugada y se habían confesado que no tenían dónde dormir, se introdujeron en el departamento de un amigo de Robert donde éste le mostró unos dibujos suyos (signados por otras coincidencias). Al día siguiente ella supo que ya eran pareja. 

   
Robert y Patti en el departamento de Hall Street 160


         Luego de unas semanas en ese departamento en Waverly Avenue, que era  de Patrick y Margaret Kennedy, Patti y Robert se mudaron al número 160 de Hall Street, que fue el primer departamento que compartieron, hasta que las contrariedades los separaron sin que se perdiera su lazo amistoso (fue entonces cuando se desencadenó la homosexualidad de él y su proclividad a hacer collages con recortes de revistas gay). Vale observar que las anécdotas de la separación (y otras) difieren en rasgos y detalles de lo que bosqueja Patricia Morrisroe en su citada biografía de Robert Mapplethorpe. En este sentido, en “Unos niños” Patti dice que después de la Semana Santa de 1969 viajó a París con su hermana Linda (allí fueron músicas callejeras y ella vivió la muerte de Brian Jones, quien murió el 3 de julio de 1969, escribiendo una serie de poemas dedicados a éste donde por primera vez expresó en su obra su “pasión por el rock and roll”) y que al regresar a Nueva York el 21 de julio de 1969 buscó a Robert y lo halló en circunstancias lamentables: “Tenía una gingivitis ulcerosa y fiebre alta y había adelgazado.” Y así enfermo y exangüe, luego de un asesinato ocurrido frente a la puerta del piso donde subsistía, se fueron al astroso y sucio “hotel Allerton de la Quinta Avenida”, donde además de descubrir los “signos de gonorrea” que lo atosigaban, luego de casi una semana, al no tener con qué pagar, salieron huyendo en un taxi rumbo al Hotel Chelsea, prometiéndose no separarse hasta que pudieran valerse por sí mismos.  


Entrada del Hotel Chelsea 




II de II
“Hotel Chelsea”, el tercer capítulo de Éramos unos niños, es el más largo del libro. Según dice Patti Smith, “Cuando nos registramos yo no tenía idea de cómo sería vivir en el hotel Chelsea, pero me di cuenta de que terminar allí había sido un formidable golpe de suerte.” Y vaya que si lo fue, pues además de la legendaria fauna que lo habitaba o que pasó por allí y por su contiguo bar El Quixote y que incidió en su vida y aprendizaje, en ese entorno empezaron a forjar con mayor énfasis las habilidades artísticas que luego desarrollarían. En lo que concierne a Robert Mapplethorpe, obstinado en sus dibujos, en sus objetos y especies de intervenidos ready mades y en sus collages con recortes de revistas gay (ante los que Patti solía decirle que él debería hacer las fotos), y al no lograr que ninguna galería se interesa por exhibir su obra, fue allí, en la suite de Stanley Amos, donde el 4 de noviembre de 1970 montó su primera muestra individual de “collages centrados en fenómenos de feria”. Pero además fue con la Polaroid de Sandy Daley, inquilina del Chelsea y su principal entusiasta, con la que ejercitó sus primeras rudimentarias fotos con visos artísticos.   
Patti y Robert en la escalera de incendios del edificio de la Calle
Veintitrés Oeste donde compartieron un loft sin regadera ni retrete
  Pese a que a fines de mayo de 1970 dejaron el Hotel Chelsea, el período en torno a éste concluye el 20 de octubre de 1972, día que Patti y Robert se fueron del loft (sin regadera ni retrete) que habían rentado en la Calle Veintitrés Oeste. Robert, además de sus andanzas de prostituto y golfillo en bares sadomasoquistas, ya había sido pareja del modelo David Croland y oscuro objeto del deseo de John MacKendry, director de fotografía del Museo Metropolitano de Arte (quien le regaló una Polaroid y le suministró “todo el dinero que necesitaba” para las películas), y por entonces ya era pareja de Sam Wagstaff, riquísimo coleccionista, 25 años mayor que él, quien se convirtió en su principal mecenas por el resto de su vida y por ello le había comprado un loft ubicado “en el número 24 de Bond Street”, sitio al que se cambió. Patti, por su parte, se fue a la calle Diez Este donde Allen Lainer, teclista de un grupo de rock y su pareja, había rentado un departamento. 

Patti Smith en un balcón del Hotel Chelsea
  Abundan las anécdotas sobre cómo Patti Smith va conformando su ruta vinculada al rock and roll, ya como poeta interesada en fusionar la poesía con la música (desde que vio a Jim Morrison), ya como reseñista de discos en revistas de rock, e incluso como letrista y compositora, pues, por ejemplo, al etnomusicólogo Harry Smith, allí en el Hotel Chelsea, tras oír unas “grabaciones [que éste le puso] de los rituales del peyote de los indios kiowa y canciones populares del oeste de Virginia”, sintió una afinidad con tales voces que compuso una canción y se la cantó. Y a mediados de julio de 1970, luego de cubrir el último pago de su primera guitarra, comenzó a ejercitarse con un cancionero de Bob Dylan, hasta que compuso una canción y se la tocó y cantó a Sandy Daley y a Robert Mapplethorpe. Y en agosto de 1970, tras un concierto de Janis Joplin sucedido en Central Park alrededor de dos meses antes de su muerte, Patti Smith la acompañó a su suit en el Chelsea y le cantó una canción que le había hecho, cuya letra se lee en el libro (en inglés y en español).

Janis Joplin en la entrada del Hotel Chelsea
  Y además de que en una suite del Hotel Chelsea vio a un grupo de músicos componer, en torno y con Janis Joplin, las rolas de su último disco, luego, cuando ella inesperadamente murió en Los Ángeles el 4 de octubre de 1970, a sus 27 años, allí mismo en el Chelsea le tocó llorarla con el guitarrista Johnny Winter, con quien un día antes había llorado y recordado la muerte de Jimi Hendrix, muerto en Londres, a los 27 años, el 18 septiembre de 1970, en cuyo sepelio él tocó.

Jimi Hendrix y Janis Joplin
 
Janis Joplin y Johnny Winter
     
Johnny Winter y Janis Joplin
     
Jimi Hendrix y Johnny Winter
         
Cuando a mediados de agosto de 1970 en Nueva York se sucedía la multitudinaria ebullición del Festival de Woodstock, Patti Smith, sin conocerlos personalmente, en el bar El Quixote había visto, entre otros roqueros, a Janis Joplin y a Jimi Hendrix. El 28 de agosto de 1970, previo al vuelo de Hendrix a Londres “para tocar en el festival de la isla de Wight”, tuvo un sorpresivo y breve diálogo con él en las escaleras del Wartoke Concern; según dice, Jimi “Soñaba con reunir a músicos de todo el mundo en Woodstock”. Pero el caso es que en el capítulo cuarto: “Cada uno por su lado”, cuando ya Patti Smith había dado recitales en bares y lugares públicos en los que hacía coincidir la música del rock y la poesía (uno dedicado a Jim Morrison y varios a Arthur Rimbaud), en abril de 1974, cuando grabó su primer single (pagado por Robert Mapplethorpe) lo hizo en Electric Lady, “el estudio de Jimi Hendrix”, y para homenajearlo ella y sus músicos grabaron “Hey, Joe”. En este sentido, dice Patti: “Antes de empezar, susurré ‘Hola, Jimi’ al micrófono.”  
Portada del primer single de Patti Smith grabado
en los estudios de Electric Lady en abril de 1974
  Imposible resumir todas anécdotas, sesgos y detalles que Patti Smith evoca y narra en Éramos unos niños. Baste decir que cuando “el 2 de septiembre de 1975” abrió las puertas del estudio Electric Lady para iniciar la grabación de Horses, su susodicho primer elepé, no pudo “evitar recordar la vez en que Jimi Hendrix se había parado ha hablar con una tímida muchacha”. En el cuarto capítulo, además, narra una serie de minucias que giran y subyacen en torno al celebérrimo retrato que le tomó Robert Mapplethorpe para ilustrar la portada de Horses.

Portada de Horses (1975), primer elepé de Patti Smith
Foto: Robert Mapplethorpe
  Vale añadir, a modo de mínima alusión, que en “De la mano de Dios”, el quinto y último capítulo del libro inicia cuando a finales de septiembre de 1986, residente en Detroit desde 1979 y casada con el guitarrista Fred Sonic Smith, embarazada y con un pequeño hijo, luego de varios años de no ver a Robert Mapplethorpe, pretendía contactar con él por teléfono para que hiciera la foto de la portada de su elepé Dream of Life (1988). Además de los pormenores que narra relativos a la toma de la imagen que lo ilustra, fue entonces cuando supo que Robert “Había estado hospitalizado con una neumonía asociada al SIDA”.



Portada de Dream of Life (1988)
Foto: Robert Mapplethorpe




Patti Smith, Éramos unos niños. Traducción del inglés al español y notas de Rosa Pérez. Iconografía en blanco y negro. Lumen. México, 2012. 304 pp.




Robert Mapplethorpe




Los maricas se están muriendo


Nacido en Nueva York el 4 de noviembre de 1946, Robert Mapplethorpe fue uno de los fotógrafos más notables, snobs, narcisistas y controvertidos del hipócrita, petulante y especulativo mundillo artístico de la jet set neoyorquina de la década de los 80 del siglo XX, cuyo deterioro físico, creciente fama y muerte, a los 42 años (el 9 de marzo de 1989), estuvieron marcados por el SIDA. Esto explica, en primera instancia, por qué Patricia Morrisroe se abocó a investigar y narrar un sinnúmero de pormenores de la vida y obra del fotógrafo, célebre por sus imágenes homoeróticas y del sadomasoquismo gay, por sus fotos de flores y retratos de personajes famosos (Andy Warhol, Patti Smith, por ejemplo). La primera edición en inglés de la biografía Robert Mapplethorpe data de 1995 y de 1996 la traducción al español de Gian Castelli Gair editada por Circe en Barcelona. En el total de la portada se aprecia el autorretrato de 1980 (look de roquero o callejero rebelde de los años 50: chamarra de cuero, copete y cigarro en los labios), que es el que ilustra el total de la portada de su primer libro de retratos: Certain People (Twelvetrees Press, 1985), proyectado, a través de una diapositiva y de un modo monumental, en la fachada de la Galería Corcoran de Washington, como parte de la protesta póstuma, sucedida el 30 de junio de 1989, por la cancelación de la muestra “El Momento Perfecto”, título tomado de La chambre claire (1980), precisamente del pasaje donde Roland Barthes concluye su reflexión en torno a otro autorretrato de Robert Mapplethorpe (el “muchacho del brazo extendido y sonrisa radiante”, de 1975): “el fotógrafo ha hallado el momento perfecto, el kairos del deseo”. Vale observar que en el total de la contraportada de Certain People (Cierta gente) se aprecia otro autorretrato de Mapplethorpe, pero con look de fémina: torso desnudo y con peinado y maquillaje de mujer; y que Susan Sontag, sobre tal libro, escribió un prefacio publicado, en 1985, en el número 49 de la revista española Quimera, cuya portada reproduce un retrato frontal en gris platino, tomado en 1984 por Mapplethorpe, a su modelo de raza negra Ken Moddy, culturista que padecía alopecia, y a quien se le ve con el busto desnudo y los ojos cerrados, sin pelos en las cejas y en el cráneo.  
(Circe, Barcelona, 1996)
   
Fachada de la Galería Corcoran de Washington, D.C. en la que
se proyectaron diapositivas de las fotografía de Mapplethorpe 

como protesta por la cancelación de la exposición El Momento

Perfecto.” (Junio 30 de 1989).
     
Robert Mappplethorpe, Autorretrato (1975)
     
Contraportada y portada de Certain People (Twelvetrees Press, 1985)
     
Quimera 49 (Barcelona, 1985)
         Patricia Morrisroe fue adoptada por Mapplethorpe como su biógrafa oficial, por ello pudo entrevistarlo, ex profeso, 16 veces, “entre septiembre de 1988 y febrero de 1989”. Pero además entrevistó a “varios cientos de personas” que le “facilitaron información sobre su vida”. Consultó libros, revistas, periódicos, catálogos y fotos. Todo ello figura comprimido en su minuciosa, documentada y maniática biografía, implícito o citado. Sin embargo, si bien narra o bosqueja multitudes de entresijos y menudencias que inciden en la comprensión de la vida y obra de Robert Mapplethorpe y su contexto social e histórico, la obra, que es lo trascendente, sólo aparece aludida o descrita. Es decir, la parte iconográfica es mínima y pésima en su reproducción en blanco y negro. Baste recordar que en 1987, el SIDA (padecimiento que le fue confirmado a fines de septiembre de 1986), si bien incrementó su aura maldita (afanosamente cultivada y fermentada por él) y el vertiginoso precio y edición de sus fotos, “durante la última década su obra había aparecido en 61 exposiciones individuales, 5 libros y 15 catálogos”.

Andy Warhol, fotografía de Robert Mapplethorpe
   
Patti Smith, foto de Mapplethorpe para la portada de Horses (1975)
       La biografía urdida por Patricia Morrisroe denota que es una acuciosa investigadora con virtudes narrativas. De hecho, su protagonista parece un perverso y decadente personaje de novela. Es decir, la biografía es amena y riquísima en información, incluso colateral, pero el personaje es de lo más sórdido y repugnante, peor que el poeta maldito Jim Carroll (1949-2009), quien de adolescente se prostituía con hombres para pagarse su adicción a la heroína: drogo (surgido en la eclosión del LSD, de la psicodelia y del movimiento hippie), alimaña gay en los bares sadomasoquistas neoyorquinos, promiscuo en exceso (incluso se prostituyó), casi inculto (nunca fue un buen conversador y sus ponencias orales siempre denotaron sus grandes carencias), interesado, trepador, egocéntrico, racista obsesionado por los negros de baja estofa, mantenido (períodos por Patti Smith, quien incluso, para hacerlo, llegó a robar dinero de la caja de la librería Scribner’s donde era cajera; pero sobre todo mantenido por el coleccionista y curador Sam Wagstaff). Y al final, rico y enfermo, se comporta y exhibe como un dandy, un reyezuelo ególatra y egoísta que hace y deshace a su antojo con la complicidad y el sometimiento de sus colaboradores. 

Robert Mapplethorpe, Autorretrato (1988)

     
Ken y Robert (1984), foto de Mapplethorpe
   
Uno de los primeros collages de Robert Mapplethorpe
     
Brian Ridley y Lyle Heeter (1979)
Foto de Robert Mapplethorpe incluida en Certain People (1985)
          Imposible resumir en una reseña todas las anécdotas y las minucias que la biógrafa narra sobre el artista, ya sea lo que concierne a su sepelio y a su infancia en la modesta y católica casa familiar de Floral Park, Queens; a su paso por el Instituto Pratt (entre 1963 y 1969, donde perteneció a los Pershing Rifles, un grupo militarizado con tildes y poses fascistas, pero nunca obtuvo su licenciatura en diseño gráfico); a su relación con Patti Smith, entre 1967 y 1980, primero como pareja y luego, muy pronto, como amiguetes y compinches, lazo que se interrumpe cuando en 1980 ella se casa por la Iglesia con el guitarrista Fred Sonic Smith (vuelven a verse hasta 1986) y se retira a la vida doméstica después de un apoteósico concierto que en 1979, en Florencia, Italia, reunió a 80 mil fans en torno a ella y su grupo; a sus primeros dibujos; a sus primeros collages con recortes de revistas gay e influjo de Tom de Finlandia; a sus tanteos con la Polaroid cuando vivía con Patti Smith en un diminuto cuarto del legendario e histórico Hotel Chelsea —allí Andy Warhol y su codirector Paul Morrissey habían rodado escenas del filme Chelsea Girls (1966) y en torno al Festival de Woodstock (agosto de 1969) pasaron por allí y por su contiguo bar El Quixote: “Jimi Hendrix, Janis Joplin, los Allman Brothers y Jefferson Airplane” y otros—, donde en la “galería” de Stanley Amos celebra, “el 4 de noviembre de 1970”, su primera muestra individual con doce collages “monstruosos”; amén de que en la primavera de ese año, en la misma habitación de Stanley Amos, había participado en “una muestra colectiva titulada ‘La ropa como forma de arte’”. Y entre muchas otras cosas, lo relativo a su aprendizaje y desarrollo fotográfico vinculado a su drogadicción (con todo tipo de drogas) y a la subcultura de los bares del sadomasoquismo gay neoyorquino, cuyo punto culminante, después de haber deambulado por antros donde se practicaba la coprofagia y el más duro sadomasoquismo, lo representa el Keller’s, un bar al que acudían blancos en busca de aventuras sexuales con negros, que comenzó a frecuentar en 1980 cuando desencadenó su “fiebre negra”, su obsesión por acostarse con negros y fotografiarlos, a los que solía encandilar con dinero y cocaína. Entre ellos descuellan dos: Milton Moore, un desertor de la marina, ignorante, ingenuo, sin un clavo en el bolsillo, del que se enamoró y le sirvió de modelo para famosas fotos: Hombre con traje de poliéster (1980) y el retrato que le hizo en 1981 con vestuario de marino con saludo militar; quien resultó esquizofrénico y posteriormente asesino y confinado en una cárcel de Alabama. Y el otro: Jack Walls, ex pandillero de Chicago, drogo y cleptómano, quien hasta el último momento se dedicó a vivir a expensas del utilitarista de Robert Mapplethorpe, pese a los estragos del SIDA; cuyo Día Mundial de la lucha contra tal enfermedad, vale recordarlo, desde 1988 se conmemora cada 1 de diciembre.     

Milton Moore (1981), foto de Robert Mapplethorpe
  En el entorno neoyorquino, los homosexuales, muchos conocidos por él, caían como moscas, desde que el mal —antes de nombrarse SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) y de ser aislado el virus del VIH (esto ocurriría hasta 1984)— a principios de los 80 era conocido como GRID o Gay Related Inmune Deficiency (Inmunodeficiencia relacionada con la homosexualidad). Sólo el avance de su padecimiento interrumpió sus encuentros fortuitos y efímeros con los negros. Aparte de los que fueron su pareja, a quienes daba dinero y mantenía en un departamento, Robert Mapplethorpe solía cazar otros negros, usarlos en su estudio, fotografiarlos y desecharlos; es decir, a través de la cocaína y los dólares, conjuraba vínculos racistas, de poder y sometimiento con negros humildes o desempleados y con un nivel cultural mucho menor que el suyo, lo cual era signado con el epíteto nigger (palabra peyorativa), dicha y repetida como acicate en medio del fragor sexual.  
 
Jack Walls y Robert Mapplethorpe
    Robert Mapplethorpe casi siempre se comportó como un golfillo oportunista que supo utilizar a su favor a mucha gente, no pocos de la jet society neoyorquina y de Europa, lo cual incidía en su aprendizaje, desarrollo y éxito fotográfico. Sus principales mentores fueron: Sandy Daley, cineasta y fotógrafa que también vivía en el Hotel Chelsea, a quien conociera a mediados de 1969 y con cuya Polaroid comenzó a tomar una serie de rudimentarias fotos; amén de que fue ella quien tuteló su injerencia en el Max’s, el bar donde confluía el círculo de Andy Warhol, quien era su arquetipo. John MacKendry, conservador de grabado y foto del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, quien le fue presentado “el 3 de julio de 1971” por David Croland, un modelo blanco que entonces era amante de Mapplethorpe; a través de MacKendry conoció de cerca el acervo del museo y fue éste quien en la Navidad de ese año le regaló una Polaroid (la segunda cámara que tuvo, pues siendo un adolescente de Floral Park, en la Navidad de 1960, su rígido padre católico, quien tenía cuarto oscuro y hacía sus propios revelados, le regaló una cámara Brownie). Y el curador y coleccionista Sam Wagstaff, el más trascendente para Robert Mapplethorpe, a quien conoció en el verano de 1972, pues además de su amante, fue su mecenas de toda la vida: le daba dinero (con lo cual vivía y se drogaba), le compró dos departamentos, le montó un cuarto oscuro y, entre otras cosas, lo nombró su principal y más acaudalado heredero cuando el SIDA lo borró del mapa el 14 de enero de 1987, fortuna que luego fue integrada a la Fundación Mapplethorpe que el fotógrafo ideó, principalmente, para perpetuar su nombre y la especulación de su obra. 
"Apartamento de la calle Veintitrés Oeste que Wagstaff regaló a Mapplethorpe"
     
Sam Wagstaff y Robert Mapplethorpe "en el cenit de su romance"
(Foto tomada en 1974 por Francesco Scavullo)
       Un rasgo relevante es el hecho de que Robert Mapplethorpe nunca reveló sus fotos. Entre 1979 y 1989, el lapso de su creciente fama y bonanza, Tom Baril fue clave en el cuarto oscuro y, por ende, autor de la espléndida calidad de las impresiones en blanco y negro que definieron el estilo del fotógrafo. En 1984, cuando Mapplethorpe quiso experimentar con revelados a base de platino y dado que el laboratorio que utilizaba Tom Baril no poseía el equipo necesario, acudió a Martin Axon, quien elaboró las impresiones que serían exhibidas en mayo de 1985 en la Galería Miller, lo cual estimuló la preparación de 50 fotos “realizadas mediante 14 procesos de impresión distintos, entre ellos serigrafías, litografía y rotograbado”, expuestas, en septiembre de 1984, en la Galería Barbara Gladstone. La colaboración de Martin Axon vuelve a figurar en 1986 cuando Mapplethorpe busca experimentar con la técnica de platino sobre lienzo en grandes formatos. 

 
Foto de Robert Mapplethorpe incluida en su Black Blook
       
Foto de Robert Mapplethorpe
Modelo: Philip Prioleau, quien también murió de SIDA
     
Foto de Robert Mapplethorpe, Black Book
     Muchas veces “el arte va más allá de la estrechez de miras del artista”. Y en el caso de Robert Mapplethorpe, la depurada e impecable estética de sus fotos no sería la misma sin sus colaboradores. Incluso, al final de sus días, diezmado por la enfermedad, son sus colaboradores los que realizan las tomas. Su hermano menor Edward (Ed Maxey) y Brian English “fotografiaban la mayor parte de las naturalezas muertas. Durante años, había sido Dimitri Levas el responsable de seleccionar los jarrones y las flores, así como de organizar la disposición floral. El estilo de Mapplethorpe se había convertido hasta tal punto en un formulismo que al artista le bastaba con dar su aprobación a una prueba mediante Polaroid para delegar el proceso fotográfico en otra persona. ‘Al cabo de algún tiempo, se volvió todo tan esquematizado que era casi como trabajar en una fábrica’...”




Patricia Morrisroe, Robert Mapplethorpe. Traducción del inglés al español de Gian Castelli Gair. Iconografía en blanco y negro. Circe. Barcelona, 1996. 458 pp.