martes, 11 de julio de 2017

El invitado tigre

El Tigre Amarillo gobierna a los otros 
y es el centro del mundo

I de II
Traducidos del inglés, los 16 cuentos del chino P’u Sung-Ling antologados en L’ospite tigre, aparecieron en italiano, en 1979, editados por Franco Maria Ricci con el número 17 de la serie La Biblioteca di Babele; y con el título El invitado tigre en enero de 1985 se imprimieron en español, en Madrid, con el número 12 de La Biblioteca de Babel, colección de lecturas fantásticas dirigida por Jorge Luis Borges, editada por Jacobo Siruela, en cuya segunda de forros se lee:  
La Biblioteca de Babel núm. 12
Ediciones Siruela
Madrid, enero de 1985
   “Después de algunos días pasados con Borges en Buenos Aires, el editor Franco Maria Ricci concibió la idea de una colección de literatura fantástica única en el panorama editorial contemporáneo. 
   “Cada volumen, dedicado a la obra de un escritor, sería seleccionado y prologado por el gran escritor argentino.
   “A lo largo de sus treinta títulos, el lector seguramente se verá sorprendido por una coherente reunión de textos insólitos, donde junto a las generosas fuentes orientales hallará algunos escritores secretos de Occidente y otros muy famosos que serán redescubiertos por el saber y la sensibilidad borgianos.
  “Para esta edición se ha querido respetar el diseño gráfico original, haciendo honor a la colección ideada por Ricci, así como recopilar todas las traducciones existentes de Borges para su Biblioteca personal, que será, sin duda, una apreciada rareza bibliográfica para los años futuros.”
Contraportada
  Al final, fueron 33 los títulos de La Biblioteca de Babel y no 30. Y la Biblioteca personal de Jorge Luis Borges —menos elitista por su menor costo y más popular por su distribución en estanquillos y puestos de periódicos— fue una colección de libros que la editorial argentina Hyspamérica comenzó a editar en 1984, en Buenos Aires y en Madrid, interrumpida por la muerte de Borges el 14 de junio de 1986, y que publicó 75 libros, los tres últimos sin prólogo de Borges, quien para tal colección fue asistido por María Kodama, su viuda y heredera universal de sus derechos de autor, quien colaboró con él en Breve antología anglosajona (La Ciudad, Santiago de Chile, 1978) y con fotografías en Atlas (Sudamericana, Buenos Aires, 1984). Mientras que María Esther Vázquez —amiga y amanuense de Borges, su lazarilla y ordenanza en varios viajes y colaboradora de él en Introducción a la literatura inglesa (Columba, Buenos Aires, 1965) y en Literaturas germánicas medievales (Falbo, Buenos Aires, 1965)— dice, en la “Cronología” de su libro de entrevistas Borges, sus días y su tiempo (Punto de lectura, Madrid, 2001), que también colaboró con él en La Biblioteca di Babele. Y según apunta allí, también figura en un lujoso volumen (un lujo para bibliófilos que pujarían en Sotheby’s); según reseña: “En mayo [de 1974] aparece en Milán la más lujosa edición que se haya hecho hasta el presente de una obra de Borges. Se trata del cuento El congreso, editado por Franco Maria Ricci, en la colección I segni dell’uomo. Es un volumen encuadernado en seda (35 por 24), con letras de oro, ilustrado con casi medio centenar de miniaturas de la cosmología Tantra a todo color y pegadas. Se imprimió en caracteres bodonianos sobre papel Fabriano, hecho a mano. Fueron tirados tres mil ejemplares numerados y firmados. El volumen tiene 141 páginas y se completa con una entrevista, una cronología y una bibliografía realizadas por la autora de este libro, especialmente para esa edición.”

Jorge Luis Borges y María Esther Vázquez en Villa Silvina
Mar del Plata, febrero de 1964
Foto: Adolfo Bioy Casares
  Ante tal rareza para adinerados, quizá valga citar dos onerosos y singulares reconocimientos de entre los muchos que Borges recibió en Europa y en el continente americano. En la misma “Cronología”, María  Esther Vázquez anota que “el 21 de marzo [de 1984, Borges] parte para un viaje de cuatro meses que inicia en Palermo (Sicilia), donde lo hacen doctor honoris causa de la Universidad y recibe una rosa de oro como homenaje a la sabiduría, que pesa medio kilo”, nada menos. 

   
Borges recibe una rosa de oro en 1984
como homenaje a la sabiduría
Universidad de Palermo, Sicilia.

Foto en Album Borges (Gallimard, París, 1999),
Iconografía comentada y anotada por
Jean Pierre Bernés.
         Y “a fines de julio [del mismo año] viaja a los Estados Unidos. Allí recibe otro doctorado honoris causa y el editor italiano Franco Maria Ricci ofrece una comida en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional de Nueva York para 450 personas y en su transcurso entrega a Borges 84 libras esterlinas de oro, la primera de 1899, año del nacimiento de Borges y así sucesivamente las 83 restantes de cada uno de los años que le tocó vivir.” ¡Órale! ¡Qué paquete! Episodio del que Borges habla al término de la XVII entrevista reunida por María Esther Vázquez en su libro Borges, sus días y su tiempo, fechada en 1984:

(Punto de lectura, Madrid, 2001)
  “—Hablemos del premio que te han dado hace unas semanas en los Estados Unidos.

“—La invención es realmente extraña. Resulta que desde que yo nací, sin saberlo, sin que nadie lo supiera tampoco, he ganado una libra esterlina por año. Eso no parece excesivo, pero cuando al cabo de ochenta y cuatro años uno recibe un cofre con ochenta y cuatro monedas de oro donde de un lado está san Jorge...
“—Ahora el ex san Jorge, lo han defenestrado, lo han echado del Santoral.
“—Sí, pobre. De un lado, está el pobre ex san Jorge con su dragón; del otro efigies de Victoria, de Eduardo VII, de Jorge V, de Isabel II. Además, el oro tiene un valor mítico; ochenta y cuatro monedas de oro dan la sensación de un capital infinito.
“—Sobre todo por el valor de su antigüedad. ¿Quién, si no es un coleccionista o una señora casi centenaria, que haya conocido de niñita a la reina Victoria, puede conservar una moneda del año en que ella murió, en 1901?
“—¡Caramba! Uno piensa en la reina Victoria y la ve tan lejana en el tiempo y yo nací dos años antes de que ella muriera.
“—Bueno, pero pareces mucho más moderno que la reina Victoria.
“—¡Eso espero!
  “—¿Quién juntó esas libras esterlinas?
“—El editor italiano Franco Maria Ricci, quien dirige la revista de arte y literatura FMR, cuyo nombre corresponde a las iniciales de Ricci. A él se le ocurrió que la revista me diera ese premio rarísimo. Ahora bien, él inició la campaña de FMR, que ahora se venderá en los Estados Unidos, con una comida rarísima en la Biblioteca Nacional de Nueva York.
“—¿Tiene comedor la Biblioteca Nacional?
“No. Se habilitó en la sala de lectura. Había cuatrocientos cincuenta invitados. Él importó, conociendo lo que es la comida americana, cuatro cocineros de Parma y se comieron unos tortellinis no inferiores a los que nos había ofrecido en Italia. Hablaron muchas personas, me entregaron el premio y yo pensé: ‘Recibo un premio de Italia, un país que quiero tanto; me lo dan en Nueva York, una ciudad que quiero tanto, y me lo entrega Ricci, un viejo amigo y mecenas’. Todo parecía un sueño. Agradecí, al final de esa comida espléndida, desde una alta tarima, que me hacía recordar al patíbulo. Me sentí agradecido por lo singular de ese regalo. El cofre es muy lindo, del tamaño de un infolio y cada moneda tiene un nicho circular y las han puesto de tal manera que a veces se ve el santo y el dragón, o mejor dicho, el ex santo y el ex dragón. Pero el dragón da lástima porque san Jorge parece tan grande, tan poderoso con una gran lanza matando a un gusanito; no me parece equitativa esa lucha.” 
Jorge Luis Borges y Franco Maria Ricci
París, 1977

Foto en Un ensayo autobiográfico (E/GG/CL, Barcelona, 1999)
  Además del reconocimiento a Borges y de la sonora publicidad para la revista FMR en Estados Unidos, quizá el tributo de libras esterlinas: una rutilante y progresiva colección de 84 monedas de oro, propia de un curioso numismático y de un anticuario, haya obedecido al remanente autobiográfico implícito en “El oro de los tigres” (poema que cierra su poemario homónimo editado por Emecé en 1972 con ilustraciones de Raúl Russo) y al no siempre recordado hecho de que el niño Georgie coleccionaba libras esterlinas, según dijo en una entrevista que las jóvenes Patricia Somoza y Anna Lisa Marjak le hicieron en el departamento B del sexto piso de Maipú 994 en “marzo de 1985”, ex profesa para el número 1 de Diagonales, revista editada en México bajo la dirección de Juan García Ponce, autor del libro La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski (Anagrama, Barcelona, 1981), que obtuvo el IX Premio Anagrama de Ensayo:



Borges charla con Juan García Ponce y Michelle Alban
México, diciembre de 1973
“—[...] El primer número de la revista está dedicado al oro.
“—¿El oro? Recuerdo que cuando era chico yo coleccionaba libras esterlinas. Claro, estaba el fulgor del oro. Además ese dragón. Y había una moneda argentina del mismo valor, pero,... era argentina. Claro, estaba simplemente el busto de la libertad con gorro frigio, y eso para un chico es menos interesante que un caballero y su dragón, ¿no? De modo que coleccionaba libras esterlinas. La libra esterlina se conseguía fácilmente en Buenos Aires. Valía —creo que el precio ha subido desde entonces— 12.50 pesos, y el dólar valía 2.50 —creo que ha subido también el precio desde entonces—. Increíblemente era un país muy barato éste [...]”
Moneda de 2 pesos conmemorativa del centenario de Borges
        Las entrevistadoras, sorteando cierto malhumor de Borges y su espontánea vena crítica, corrosiva y caprichosa ante el tópico que oiga, se le ocurra o evoque, les dice sin que le pregunten:

“[...] todo el mundo me hace preguntas de tipo político, y yo tengo que decir que no entiendo absolutamente nada de política, que no estoy afiliado a ningún partido, y no conozco a nadie en el gobierno, y que no me afilié nunca a ningún partido, ya que si pienso, en fin si trato de pensar, trato de hacerlo por mi cuenta propia y no por cuenta de... Además, desconfío de los políticos, ¡sobre todo en un régimen democrático! Imagínense: personas que se han dedicado a... bueno, a estar de acuerdo con el interlocutor, a hacer promesas, a entusiasmarse con todos los lugares que visitan, ¡a conseguir votos! ¡Muy triste conseguir votos! [...]”
 
Borges observa tigres en su laberinto
Ilustración de Olvaldo
        No obstante, ellas, que no son muy duchas en la obra, en el pensamiento y en la vida de Borges, encaminan su objetivo: 

Libro de sueños, antología de narrativa breve
seleccionada por  Jorge Luis Borges
(Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1976)
Contraportada
        “—Uno de los libros de poemas suyos se llama ‘El Oro de los Tigres’.

“—Es cierto. Pero ahí ‘el oro de los tigres’... No. Le voy a referir la anécdota de ese título. Yo perdí mi vista como lector en el año 55, después me puse a estudiar inglés antiguo, para distraerme de ser ciego. Luego fui perdiendo los colores. Lo primero que perdí fue el negro, así que no estoy nunca en la oscuridad, porque estar en la oscuridad sería estar cercado de negrura, de tiniebla. Yo no puedo estar porque yo no veo el negro... Luego perdí el rojo. Y vi el negro y el rojo como si fueran pardos. Luego me quedaron el azul, el verde y el amarillo. Pero el azul y el verde se hicieron grisáceos. Y luego me quedó el amarillo. Y yo recordé que cuando era chico, yo me demoraba horas y horas ante la jaula del tigre [de Bengala], en el Jardín Zoológico [de Palermo]. Y luego pensé ¡qué raro!, el primer color que realmente vi, el amarillo, el pelaje del tigre, es el último que veo, es el único color que me queda. [Según María Esther Vázquez, el amarillo era su color favorito y le gustaban las corbatas amarillas.] Pero ahora ha desaparecido también. Y ahora vivo en el centro de una neblina, tenuemente luminosa, pero sin formas; veo movimientos, veo luces... Pero cuando yo escribí ese libro yo pensé, el oro de los tigres, es decir, el amarillo, el primer color que yo vi realmente, —ya que me impresionó mucho el pelaje amarillo del tigre, y el último que veo—, porque seguí viendo amarillo durante un tiempo. Y luego lo perdí también. Ya no veo colores. En este momento yo no sabría decirle si la neblina que me rodea es... puede ser azulada, puede ser grisácea, puede ser verdosa. Yo no sé. Es tan vaga que admite cualquier color. ‘Admite’, para usar…


Norah y Georgie en el Jardín Zoológico
Tigre dibujado por el niño Georgie
        “—La misma palabra que Quevedo.

“—A la que se resignó Quevedo. Bueno, ¿a ver?
“—¿El ‘oro’ de los tigres hace referencia al color entonces?
“—Sí, exactamente, porque ¡me llamaron tanto la atención los tigres! Vuelvo a citar a Chesterton. Chesterton habla del tigre. Dice: ‘Un símbolo de terrible elegancia’. ¡Qué lindo el tigre! ¿No? Porque el tigre es elegante; cadencioso, ¿no? También el jaguar, pero el tigre, el tigre de Bengala, es elegante. Bueno, los felinos son elegantes en general; los gatos también. Yo tenía un gato que quería tanto y ha muerto hace 15 días. Pero parece que adolecía de extrema vejez. Había cumplido 12 años.” 
 
Borges y Beppo
       Felina alusión que evoca a Beppo, el célebre gato albino con “ojos de oro”, cuyo homónimo poema Borges publicó en La Nación el 5 de noviembre de 1978, luego compilado en su libro La cifra (Emecé, Buenos Aires, 1981), el cual reza a la letra:

    El gato blanco y célibe se mira
        en la lúcida luna del espejo
y no puede saber que esa blancura
y esos ojos de oro que no ha visto
nunca en la casa son su propia imagen.
¿Quién le dirá que el otro que lo observa
es apenas un sueño del espejo?
Me digo que esos gatos armoniosos,
el de cristal y el de caliente sangre,
son simulacros que concede al tiempo
un arquetipo eterno. Así lo afirma, 
sombra también, Plotino en las Ennéadas.
¿De qué Adán anterior al paraíso,
de qué divinidad indescifrable
somos los hombres un espejo roto?

     
(Emecé, Buenos Aires, 1981)
       Buscando alguna concreción sobre el oro o algo más amplio, las jóvenes le preguntan a Borges:

“—¿Y qué importancia tiene el oro en su obra, si es que la tiene?
“—...Yo creo que sin duda he usado muchas veces la palabra ‘oro’; es una palabra antigua, que no llama demasiado la atención. Sin duda la habré usado. Yo me había olvidado de ese libro El oro de los Tigres. Recuerdo que hay un poema mío en que yo agradezco muchas cosas, y entre ellas agradezco el oro y agrego ‘que resplandece en el verso’, es decir, el oro más bien como elemento poético, que como metal [...]”
Ilustración de Raúl Russo en
El oro de los tigres (Emecé, Buenos Aires, 1972),
poemario de Jorge Luis Borges
  Vale apuntar que Borges se refiere al verso que reza: “por el oro, que relumbra en los versos”, del “Otro poema de los dones”, reunido en su libro El otro, el mismo (Emecé, Buenos Aires, 1964). Mientras que datado en “East Lansing, 1972”, su  poema “El oro de los tigres” canta a la letra:


Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro,
sin sospechar que eran su cárcel.
Después vendrían otros tigres,
        el tigre de fuego de Blake;
después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y de la épica,
oh un oro más preciso, tu cabello
que ansían estas manos.
 
(Emecé, Buenos Aires, 1972)

II de II
En el prólogo de El invitado tigre, Borges dice que “de P’u Sung-Ling se sabe muy poco, salvo que fue aplazado en el examen de doctorado de letras hacia 1651”; que sus apodos literarios eran Último inmortal y Fuente de los sauces; que la mayoría de los cuentos de El invitado tigre pertenecen al Liao-Chai (que para los chinos es lo que para los occidentales son Las mil y una noches); que se tradujeron de la versión inglesa que Herbert Allen Giles publicó en Londres, en 1880: Strange Stories from a Chinese Studio; y que además de los catorce cuentos de P’u Sung-Ling, traducidos de tal libro por Isabel Cardona, se incluyeron “El espejo de viento-luna” y “Sueño de Pao-Yu”, que son dos minucias de la inmensa novela Sueño del Aposento Rojo, de Tsao-Hsueh-Chin, previamente traducidos por Borges para la citada Antología de la literatura fantástica  de 1940, elaborada por él, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, donde abundan los datos lúdicos, jocosos y apócrifos, cuyo caso más notable, para el caso, es el cuento “Historia de los dos que soñaron”, dizque traducido “De la Geschichte des Abbassidenchalifats in Aegypten (1860-62) de Gustav Weil”; un —se dice— “orientalista alemán, nacido en Sulzburg, en 1808; muerto en Friburgo, en 1889”, quien —se dice— “Tradujo al alemán los Collares de Oro, de Samachari, y Las 1001 Noches”, y quezque “Publicó una biografía de Mahoma, una introducción al Corán y una historia de los pueblos islámicos.” 
     
Colección Laberinto núm. 1
Editorial Sudamericana
Buenos Aires, diciembre 24 de 1940
       Vale decir que Gustav Weil sí existió —su versión de Las mil y una noches, con una traducción sin crédito, fue editada en España, en 2003, por Edicomunicación, en un estuche con cinco tomos amarillos y “Con más de 1450
 “Ilustraciones Originales”— y Borges lo menciona en “Los traductores de las 1001 Noches”, célebre ensayo compilado en su libro Historia de la eternidad (Viau y Zona, Buenos Aires, 1936), y que “Historia de los dos que soñaron” es un cuento de Borges que había aparecido en su libro Historia universal de la infamia (Tor, Buenos Aires, 1935) —del que en un año sólo se habían vendido 37 ejemplares, Borges dixit—, atribuido o dizque transcrito de la “noche 351” “Del Libro de las 1001 Noches”, el cual revisó, corrigió y aumentó levemente en la edición impresa por Emecé en 1954 (en la Antología de 1940 el protagonista aún se llama Yacub El Magrebí). Y así corregido y dizque transcrito o perteneciente a “la noche 351” “Del Libro de las mil y una noches”, Borges lo recopiló en el Libro de sueños (Torres Agüero, Buenos Aires, 1976), antología de narrativa breve, con un “Prólogo” suyo datado en “Buenos Aires, 27 de octubre de 1975”, donde también figuran las traducciones del inglés que hizo del “Sueño infinito de Pao Yu” y de “El espejo de Viento-y-Luna”, leídos, anota, en el “Sueño del aposento rojo (c. 1754)” de “TSAO HSUE-KING”.
(Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1976)
  En la Antología de la literatura fantástica de 1940, los textos de Tsao-Hsueh-Kin figuran titulados “El espejo de viento-y-luna” y “Sueño infinito de Pao Yu” (vale observar que en la edición revisada y aumentada de 1965 su nombre aparece como Tsao Hsue-King); pero mientras que en el escueto pie de “El espejo de viento-y-luna” se dice que las fechas del nacimiento y muerte de Tsao-Hsueh-Kin son “1719-1763”, en la telegráfica y enciclopédica ficha que precede al “Sueño infinito de Pao Yu” se dice que “Tsao-Hsueh-Kin, novelista chino, nació en la provincia de Kiangsu, circa 1719; murió en 1764. Diez años antes de su muerte, empezó a escribir la vasta novela que ha determinado su gloria: El Sueño del Aposento Rojo. Como el Kin Ping Mei y otras novelas de la escuela realista, abunda en episodios oníricos y fantásticos. Hemos compulsado las versiones de Chi-Chen Wang y del doctor Franz Kuhn.” ¿Será cierto?

Pese al hermenéutico y demiúrgico preludio de Borges, resulta imposible eludir la incertidumbre de que En el invitado tigre se está accediendo a minúsculos recodos transfigurados no sólo por la investidura idiomática, estilística, cultural e idiosincrásica del orbe hispano y occidental, sino sobre todo porque se trata de versiones trasladadas del añejo inglés decimonónico, que en sus momentos fueron obtenidas de una remota y extraña lengua, ineludiblemente modificada por el paso del tiempo y por las variantes lingüísticas y dialectales. Esto se acentúa aún más porque Isabel Cardona asienta en una de sus postreras notas que los relatos del Liao-Chai provienen de una literatura oral que tradicionalmente se practicaba en los mercados y en los salones de té; y que el sello particular de P’u Sung-Ling son la sátira y la crítica; que todos sus cuentos llevan un comentario al final y que por razones que la traductora no apuntó, Herbert Allen Giles se los extirpó a los incluidos en El invitado tigre, menos a uno: “El riachuelo de dinero”, cuya brevedad reza a la letra: 
“El doméstico de cierto caballero estaba un día en el jardín de su señor, cuando descubrió un riachuelo de dinero de dos o tres pies de ancho y de aproximadamente la misma profundidad. Inmediatamente cogió dos puñados; después se abalanzó sobre el riachuelo para así intentar asegurarse el resto. Sin embargo cuando se levantó vio que todo se había deslizado bajo él, no quedando más que lo que tenía en sus manos.
“‘¡Ah!’, dice el comentarista, ‘el dinero es un medio idóneo para circular, y no está destinado a que un hombre repose sobre él y lo guarde todo para sí.’”
Jorge Luis Borges en su habitación monacal en el
departamento B del sexto piso de Maipú 994.

Foto en Album Borges (Gallimard, París, 1999)
  No pudiendo sortear los laberínticos ambages y las idiosincrásicas paradojas que implican la pátina del tiempo y el tamiz de las mil y una traducciones, el lector cuadernícola de ahora mira los caracteres impresos en las páginas: ¡qué distancia del grafismo de la antigua caligrafía china! (no obstante se puede atrapar el conjunto en un puño con un solo pase y meterlo en la diminuta faltriquera que normalmente se usa para guardar el polvo celeste). Hace tres inflexiones y continúa tras encender nueve pajuelas de incienso.

Tigre dibujado por el niño Georgie
 
Cuento del niño Jorge Luis Borges, publicado con el seudónimo Nemo, en 1913,
en la revista del Colegio Nacional Manuel Belgrano de Buenos Aires.
Georgie en 1911
  La principal maravilla de los cuentos reunidos en El invitado tigre es su mágico poder para convertir en niño (o niña) a quien se interna en ellos. El lector escucha a un eterno abuelo (que encarna el inmortal espíritu del tigre Borges) enriquecido con la milenaria sabiduría de los moralistas y filósofos chinos, quien le habla al pequeño nieto (o nieta) mientras el crepúsculo se desvanece en el amarillo horizonte de los sueños, allá, muy lejos, en la milenaria China del lejano Oriente, en el Pabellón de la Límpida Soledad, donde alguien, quizá un copista o un onírico simulacro de Ts'ui Pên (o el propio Ts'ui Pên), copia o compone 
“un volumen cíclico, circular”, laberíntico e infinito. En este sentido, oyendo y soñando lo oído podría ocurrirle exactamente lo que le sucedió a Chuang Tzu, según se lee en la Antología de 1940: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.” Breve cuento dizque tomado “Del libro de Chuang Tzu (300 A.C.)” Que también se lee en Cuentos breves y extraordinarios (Raigal, Buenos Aires, 1955), antología de Borges y Bioy, y en el susodicho Libro de sueños, pero de otra manera y con el rótulo: “El sueño de Chuang Tzu”, dizque traducido de “HERBERT ALLEN GILES, Chuang Tzu (1888)”: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.” Fórmula más sintética, más eufónica y más poética que la anterior, que Edmundo Valadés compiló (sin acreditar al traductor) en su antología El libro de la imaginación (FCE, México, 1976), y que resulta insuperable, incluso, ante la versión que Octavio Paz tradujo y publicó en Chuang-Tzu (Siruela, Madrid, 1997), breve libro con una nota preliminar suya datada en “México, abril de 1996”, donde la titula: “Sueño y realidad”, sin precisar de qué idioma lo tradujo (inglés o francés) ni de qué libro: “Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existencia de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que es Chuang-Tzu.”
   
(Siruela, Madrid, 1997)
        En El invitado tigre se pueden enumerar varios elementos fantásticos que una y otra vez se repiten: el deambular de los muertos como si fueran vivos; el tránsito de la vida, a través del sueño, a la región de los muertos y de ésta a la primera; las revelaciones y presagios que en los sueños se dan, a una persona o a varias, sobre un mismo hecho; la transformación de humanos en tigres; el arrancarle la cabeza o el corazón a alguien, volverle a pegar su miembro o el de otra persona y que vuelva a vivir; los poderes y los objetos mágicos de los sacerdotes (taoístas, budistas o confucianos), anacoretas y mendigos. Pero en tales vertientes se urde una crítica a la corrupta burocracia que opera en la administración del poder y en la impartición de la justicia, tanto en la tierra, como en el ámbito de los muertos.
Borges, Tigre
  Sin embargo, lo que descuella, cuando no sólo se trata de un malabar de la imaginación, es la moraleja (idealista, ingenua, maniquea) que su alegoría implica. Si los cuentos son una forma de sermón, de jalón de orejas o de recordatorio ético (teológico y gnoseológico) sobre las fuerzas del bien y del mal que se debaten a través de sus cohortes y manifestaciones, son también maneras de destacar los designios inamovibles e inescrutables de la voluntad divina, y la venturosa suerte de quienes en vida fueron buenos; es decir, de los que supieron vivir en la piedad filial y en el justo medio que cifran, por ejemplo, las doctrinas confucianas en torno al concepto de lo que tiene que ser el hombre superior: “será educado y justo, poseerá la virtud como algo imbricado en su naturaleza y permanecerá siempre en el Justo Medio. Esta idea del Justo Medio indica la necesidad de moderación en todo, hasta en lo bueno.” No sorprenda, entonces, que las conductas de los personajes sean definidas por emociones, pasiones o posturas que los tornan arquetipos de una sola pieza: la bondad, la maldad, la venganza, la envidia, los celos, la imprudencia, la abnegación.

Primera edición en Emecé
(Buenos Aires, 1954)
  La Biblioteca de Babel implica y expresa ciertos gustos literarios de Borges y al unísono desvela algunos abrevaderos de su escritura. Al observar los vaticinios y las confluencias oníricas que se suceden en los cuentos de El invitado tigre, es imposible no evocar, por ejemplo, la susodicha “Historia de los dos que soñaron”, que narra la suerte de Mohamed El Magrebí, un hombre “magnánimo y liberal” que despilfarró su rica herencia, a quien un hombre le revela la oscura ruta de su destino en medio de un sueño que lo induce a viajar desde El Cairo al lejano Isfaján, en Persia, donde inesperadamente, apaleado y en la cárcel, escucha el sueño del capitán de los serenos en cuyo meollo oye y observa el punto exacto de su casa paterna en El Cario en donde el problema de su vida y de su pobreza se resuelve. O el caso del “Sueño de Pao-Yu”, donde un hombre en un sueño se encuentra a otro que es él (un onírico espejo frente al onírico espejo condenado a repetirse ad infinitum); por ende, prefigura a “El otro”, cuento de Borges reunido en El libro de arena (Emecé, Buenos Aires, 1975), donde el personaje Borges, ciego y anciano, se encuentra y dialoga con otro —que es él de jovencito y con el don de la vista— en un sitio que es a la vez dos lugares y dos tiempos distintos: el viejo está en la onírica realidad (“frente al río Charles”, “al norte de Boston, en Cambridge”) y el joven en un sueño (frente al Ródano, en Ginebra, Suiza).



P’u Sung-Ling, El invitado tigre. Traducción del inglés al español de Isabel Cardona y Jorge Luis Borges. Dirección, antología y prólogo de Jorge Luis Borges. La Biblioteca de Babel núm. 12, Ediciones Siruela. Madrid, enero de 1985. 112 pp. 


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Enlace a "Borges y yo", poema en prosa recitado por él mismo.

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